Capítulo 47
Contarle la verdad a Pepe fue liberador, aunque para él no.
Sabía que aquello era peligroso, una auténtica locura, y le reprochó a Rodrigo haberla metido en ese lío.
Ella, sin embargo, respondió con firmeza que había sido su decisión y que no pensaba detenerse hasta encontrar a Fabiola, con o sin su ayuda.
Pepe no quedó muy convencido, pero aun así se ofreció a ayudarlos en todo lo que necesitaran.
Son las dos de la tarde, antes de continuar con el mes de febrero, hace un descanso y se dirige a la cocina.
Abre el frigorífico. Echa un vistazo, está casi vacío: dos yogures, una manzana, un par de huevos y medio limón reseco.
Apura las provisiones, solo le quedan tres días para volver al trabajo.
—Menú del día: huevos revueltos, una manzana y un yogur —dice convencida.
Alcanza un cuenco del escurreplatos, casca los huevos y bate con la varilla, ausente y con desgana. Odia cocinar.
—A ella le gustaba —recuerda a Inma con nostalgia, probaba las recetas antes de publicarlas.
Aún desconoce cuándo será el entierro. Su cuerpo fue trasladado al Instituto de Medicina Legal para realizarle la autopsia y no podrá descansar en paz hasta que lo autorice el Juzgado, una vez finalizadas las diligencias.
Sus padres han muerto y, que ella sepa, no tiene hermanos.
—No estarás sola.
La culpabilidad sigue alojada en su interior, pero es incapaz de exteriorizar la tristeza por la pérdida de la que fue su amiga. El único sentimiento que la corroe es la rabia.
—Daré contigo, Francisco —dice mientras su brazo se mueve con ímpetu.
—¿Quieres ponerlos a punto de nieve o estás pensando en mí? —pregunta Rodrigo.
—¡Hola! No te he escuchado entrar —deja sobre la mesa el cuenco.
—No me extraña, ¿siempre los bates así?, menuda tortura para esos huevos.
—Pensaba en… da igual.
—¿Cómo has pasado la noche? —Rodrigo entiende ese «da igual».
—Me tomé una pastilla para dormir. —Se atusa el pelo, en realidad fueron dos—.¿Alguna novedad? —pregunta con una sonrisa forzada.
—Te traigo un regalo.
Rodrigo mete la mano en el bolsillo del abrigo y saca una cajita. Al verla, Aurora arruga la nariz.
—No uso pendientes, ni anillos, ni joyas en general.
—No es nada de eso. Ábrela, te gustará —insiste.
Aurora se muestra remolona.
—Está bien, siento curiosidad. —Acepta el presente y lo abre. Es una chapa con el título de una canción de The Beattles: « All you need is love ».
—Venga ya, ¿en serio? ¿es una indirecta?
—Oye, que es de colección. La compré en el Rastro para que la lleves siempre en la mochila. Así te acordarás de mí cuando… —Se rasca la nuca, no sabe muy bien como terminar la frase.
—¿Cuándo qué? —exige Aurora.
—Cuando encontremos a Fabiola y tú termines el trabajo.
—¿Estás convencido de que lo conseguiremos?
—Por supuesto, tengo a la mejor sabuesa del periódico Enhora.es. ¿Dónde está tu mochila?
—Tranquilo, no hay prisa, luego la pondré. —La guarda en el bolsillo trasero del pantalón—. Ahora tengo hambre. ¿Has comido?
—No, ¿me invitas?
—Me temo que solo hay para uno.
—Pediré algo.
Rodrigo se dispone a marcar el teléfono cuando le entra una llamada.
—Es Dimitri, pondré el altavoz. —Aurora asiente.
—Buenas tardes —saluda con su acento particular.
—¿Qué has averiguado?
—He conseguido hablar con la mujer que vive en la dirección de Francisco Bataller; me ofrecí voluntario para adecentar el bajo del bloque —aclara—. Se cruzó conmigo en varias ocasiones, también ayudaba a los vecinos llevándoles comida. Es rusa, fue fácil ganarme su confianza.
—¿Rusa? —repite Aurora. Rodrigo sonríe.
—Sí, y hay más, no está casada.
—Lo sabía, te lo dije —apostilla Aurora.
—Eres buena observadora. ¿A qué se dedica? —pregunta Rodrigo.
—Es prostituta.
—¿Te lo ha dicho ella? —interviene Aurora.
—No, la vecina del bajo. Aunque es una buena mujer, no se mete con nadie y no recibe a los clientes en el piso.
—Entonces, ¿qué relación tiene con Francisco?
—Ninguna, supongo que utiliza la dirección de Paiporta como su domicilio legal y la compensará económicamente.
—¿Dónde está él? —pregunta Rodrigo.
—Desaparecido.
—¿Qué quieres decir?
—Está en la lista facilitada por las autoridades como desaparecido, yo mismo lo he comprobado.
—Es mentira, estoy segura. Ha utilizado la desgracia de los verdaderos damnificados de la DANA para ocultar su rastro —conjetura Aurora—. Es un ser despreciable.
—Dimitri, regresa a Madrid. Te necesitamos.
—Me quedaré lo que resta del día, esta gente también me necesita. No os podéis ni imaginar el estado de las viviendas, esto es un caos.
—Sin problema, lo entiendo, gracias.
—Tened cuidado.
La llamada se corta.
—Ahora me alegro de no haber revelado su nombre a la policía, me hubiera inculpado aún más al señalarlo como el asesino de Inma. Está aquí, en Madrid, estoy segura. ¿Dónde se habrá escondido?
—Puede que tenga un cómplice.
—¿Lyov Popov? ¿Estaba en la partida del viernes? —indaga Aurora.
—No.
—Pensemos. El objetivo de Francisco es hacerse con el diario y disuadirnos de seguir con la búsqueda de Fabiola. ¿Por qué?
—¿Para qué no descubramos que es un asesino? —Rodrigo contesta con otra pregunta.
—El diario no hace referencia a su implicación en el accidente del helicóptero o si manipuló el coche del abogado de Fabiola —razona Aurora.
—Sí, pero él lo desconoce.
—Está encubriendo a alguien; la persona de la que recibe las órdenes, la persona que hizo desaparecer a Fabiola, la persona que… —Aurora se muerde el labio—. ¿Quién perdería más en caso de que todo saliera a la luz?
—¿Francisco?
—Aparte de él, por supuesto. Necesito ordenar las ideas. Ve pidiendo la comida.
Aurora deja a Rodrigo en la cocina antes de que pueda abrir la boca.
Se dirige a la habitación, se coloca los cascos y busca una canción, en el móvil, de The Who, Baba O’Riley.
Con los primeros compases de la música, simula que tiene una guitarra eléctrica entre sus manos y puntea cada nota, luego se sienta en la cama y toca la batería hasta que el vocalista del grupo, Roger Daltrey, comienza a cantar.
Alcanza el bote de copos del escritorio, lo usa como un micrófono y entona a grito limpio la letra.
No advierte que Rodrigo la observa apoyado en la puerta.
Este no interrumpe el espectáculo. Lo último que ve es a Aurora girar, con los brazos extendidos y los ojos cerrados, acelerando el ritmo hasta que cae en la cama exhausta. Se quita los cascos.
—¿El sirtaki te ayuda a concentrarte?
—¿Qué hacías espiándome? —pregunta incorporándose, aunque en esta ocasión no expresa incomodidad por la presencia de Rodrigo. Sonríe.
—Pensé que me necesitabas, te escuché gritar —miente, la siguió.
—No estaba gritando, solo cantaba, y no bailaba el sirtaki.
—Pues lo parecía. ¿Has ordenado las ideas?
—Más o menos. —Se sienta frente al portátil y revisa el Keep—.
Tú padre murió, Antón Esparza también. Lyov Popov parece ser que ha legalizado sus actividades y no pueden acusarlo de un delito de hace treinta años del que salió indemne.
¿A quién le afectaría un escándalo como este? ¿Quién es el cuarto cómplice?
—Por una vez, tengo la respuesta y hoy mismo hablaré con él. Me largo, como en casa. Luego te llamo. —Hace el amago de salir—. ¡Ah! Coloca la chapa en la mochila. —Entonces sí, Rodrigo desaparece.
Aurora mete la mano en el bolsillo, la saca, lee la frase de nuevo y sonríe.
—Un detalle adorable —dice con ironía—. Justo lo que necesitaba para completar mi colección de objetos inútiles que jamás verán la luz del día.
No heriré sus sentimientos, así que irás en el interior de la mochila, oculta entre las gafas de sol, que nunca utilizo, y el paquete de pañuelos reciclado del chino.