La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 46
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Capítulo 46

Aurora aguarda sentada en una sala de las dependencias de la comisaría.

El mobiliario es escaso: una mesa central metálica con dos sillas enfrentadas y un reloj digital junto a la ventana, sobre la pared blanca.

Son las doce. Dirige la mirada a una cámara discreta situada en la esquina superior.

Esta encendida; lo deduce por el piloto rojo que parpadea cada dos segundos.

Los ha contado. Intuye que la han dejado a solas durante este tiempo para ponerla nerviosa, y lo está.

La puerta acristalada se abre de repente.

Escucha las persianas chocar, y se gira.

Entra un policía vestido de paisano con una chaqueta de panilla marrón, de unos cuarenta años, pelo oscuro y bigote perfilado.

Le sigue una mujer de uniforme, algo más joven, peinada con una coleta, corpulenta y alta.

Esta cierra la puerta con suavidad. Él deja caer una carpeta color sepia sobre la mesa, la abre y la hojea.

No dice nada. Se sienta frente a ella, sin prisa. Su mirada es directa, pero no agresiva.

—Buenos días —saluda con voz grave, pausada—.

Soy el inspector Elías Gómez y ella es la agente Vellido.

—Esta inclina la cabeza—. Su presencia garantiza la legalidad del procedimiento —aclara—.

Me imagino que le habrán tomado los datos, de igual modo, para que quede constancia, díganos su nombre completo.

—Aurora Durán Márquez.

—Le advierto que puede negarse a responder a mis preguntas, pero le aconsejo que colabore. —Se reclina hacia atrás en la silla.

—No tengo nada que ocultar. —Se atusa el pelo.

—De acuerdo. ¿Cuál era su relación con la víctima?

—Trabajábamos juntas en el periódico Enhora.es .

—¿En sucesos?

—No, ella en salud y belleza, y yo en sociedad, aunque compartíamos el mismo espacio.

—¿Por qué fue al piso?

—Recibí la llamada de un compañero, Pepe Flores, diciéndome que Inma no había llegado.

Ella es… era puntual y le extrañó. Habíamos quedado para comer, como todos los lunes, pero decidí ir a verla por si se encontraba enferma y necesitaba ayuda —explica manteniendo la calma, no quiere cometer ningún error en su declaración.

—¿Cómo entró? ¿Ella le abrió la puerta? —Cambia de postura y se inclina hacia delante, dirigiéndole una mirada inquisidora.

—No, no, utilicé la llave que me había dado.

—Los vecinos dicen que nadie entró o salió del piso, excepto usted, y tampoco escucharon ruidos extraños o voces. Está metida en un buen lío. Además, he leído su declaración y la de los agentes que se personaron cuando se recibió la llamada anónima…

—¿Quién fue? —lo interrumpe.

El inspector levanta la mano, apenas unos centímetros de la mesa.

—Señorita, yo hago las preguntas. ¿Por qué no llamó a emergencias inmediatamente?

—Me bloqueé.

—Se bloqueó y, sin embargo, tuvo tiempo para colocarse unos guantes y ocultar pruebas —afirma y cierra la carpeta con energía.

—No fue mi intención. No toqué nada, solo busqué el móvil.

—¿Y encontró algo que le pareciera relevante?

—No, nada —miente en lo concerniente al olor.

—¿Sabe si tenía enemigos, conflictos o antecedentes por violencia de género?

—No, que yo sepa, solo desengaños amorosos.

—¿Puede darnos el nombre de su última pareja?

—No lo conocí, ni siquiera sé su nombre —miente de nuevo.

—Extraño… —dice arrugando el entrecejo y cambia de postura, apoya los codos sobre la mesa y cruza los dedos—. ¿Por dónde se movían cuando salían de fiesta?

—Yo no salgo de fiesta, nuestra relación se limitaba al trabajo y a la comida de los lunes.

—¿La consideraba su amiga?

—Sí.

—¿Sentía celos o envidia? Era una mujer muy atractiva…

—No, nunca —contesta antes de que el inspector termine la frase—. Me gusta como soy y nos respetábamos.

—¿Por qué no estaba en el periódico esta mañana?

—Estoy de vacaciones.

—¿Dónde estaba usted ayer entre las diez de la noche y las dos de la madrugada de hoy?

—En casa, sola, dormida, no tengo cómo demostrarlo —se anticipa a la pregunta.

—¿Cuál fue la última vez que habló con ella?

—El jueves, en el periódico.

—Me acaba de decir que está de vacaciones.

—Sí, así es, solo pasé a saludar —omite su conversación con Pepe.

El agente se levanta y camina hacia la ventana, pensativo.

—No se ha encontrado el objeto con el que golpearon a la víctima y el piso se limpió a conciencia —afirma dirigiéndose de nuevo a ella.

—Sí, detecté el olor a lejía.

—Señorita, creo que usted sabe más de lo que cuenta. ¿Lamenta la muerte de su amiga?

—Por supuesto, aún tengo su imagen grabada en la cabeza. —Aurora agradece al destino que el cuerpo de Inma estuviera bocabajo, prefiere recordar su sonrisa y sus ojos llenos de vida.

—Sin embargo, ha contestado sin titubear, sin emoción y midiendo sus palabras. No es lo normal.

—Soy inocente.

—Las personas inocentes suelen ponerse nerviosas, se contradicen o lloran.

Unos golpes en la puerta interrumpen el interrogatorio, alguien la abre sin esperar autorización.

—Hay novedades —anuncia otro compañero.

El inspector camina hacia él. Intercambian unas palabras ininteligibles para Aurora.

—Señorita, hemos terminado, la esperan. No puede abandonar la ciudad y estará localizable por si necesitamos su testimonio para continuar con la investigación. Bajo ningún concepto puede publicar en su periódico nada de lo que ha visto. ¿Está claro? —acentúa la pregunta.

—Sí, lo he entendido.

—La agente la acompañará a la salida.

El inspector recoge la carpeta y, sin despedirse, sale sin mirar atrás.

En ese momento, Aurora libera la tensión, baja la cabeza y cierra los ojos, consciente de que puede ser la única sospechosa de la muerte de Inma.

—¿Te encuentras bien? —pregunta la agente, quien ha permanecido en silencio durante el interrogatorio, como simple observadora.

—Sí, solo que…

—Aún estás en shock , tardarás en asimilar lo que ha ocurrido. Si necesitas ayuda, hay apoyo psicológico disponible.

—Estoy bien, gracias. ¿Puedo irme? —«Más terapias no», piensa.

—Sí, te acompaño.

Salen de la sala, la guía por el pasillo y llegan a la zona de atención al público. Enseguida distingue a Rodrigo y a Pepe, hablan entre sí, ni siquiera se dan cuenta de que Aurora recoge sus pertenencias. Camina decidida hacia ellos.

—¿Qué hacéis aquí? ¿De qué os conocéis? —inquiere sorprendida.

—¿Cómo estás? —Pepe ignora sus preguntas.

—No lo sé —niega con la cabeza y aprieta los labios—. No me habéis contestado.

—Ha sido casualidad, nos hemos encontrado en el mostrador —responde Rodrigo—. Cuando he llegado, él estaba preguntando por ti. Me he imaginado que también lo habrías llamado.

—Sí, me permitían contactar con un abogado y un familiar, como comprenderéis, no quería llamar a mis padres.

—Pobre Inma, ¿quién habrá sido el hijo de puta…? —protesta Pepe enrabietado.

—Será mejor que salgamos de aquí —sugiere Aurora—. Te lo contaré, si tú estás de acuerdo —dice dirigiéndose a Rodrigo.

—¿Confías en él?

—Tanto como en ti.