Capítulo 45
El piso donde vive Inma está justo al lado de la estación de metro de Hortaleza.
Aurora alza la vista hacia la fachada del bloque, con revestimiento de revoco, sin grandes pretensiones estéticas.
Advierte que las persianas del tercero están bajadas.
Pulsa el telefonillo en un par de ocasiones.
No recibe respuesta. Decide utilizar la llave que su amiga le dio para casos de emergencia.
El portal está recién reformado. Al entrar, hay un olor penetrante a pintura fresca que lacera el olfato de Aurora.
Prefiere subir por las escaleras antes que morir asfixiada en el ascensor.
Cuando llega a la tercera planta, tiene que tomar aire.
—Estoy oxidada, tendré que ponerme en forma —dice antes de tocar con insistencia el timbre. Nadie abre. Apoya la oreja en la puerta, no escucha el taconeo característico de Inma. Decide aporrearla—. ¡Abre! ¡Soy Aurora! —grita.
Una vecina sale del piso contiguo con un Yorkshire Terrier cogido en brazos. La mira de arriba abajo. No dice nada. Aurora espera a que entre en el ascensor e insiste. Al no obtener respuesta, claudica e introduce la llave.
—¡Inma! ¡Inma! ¿Dónde estás?
Cierra la puerta tras de sí y camina por el pasillo. Las paredes están decoradas con papel en tonos rosados y fotografías de Inma en todas las posiciones posibles, típico de una mujer segura de su belleza.
Nunca le ha gustado la distribución del piso.
Revisa el baño, las dos habitaciones y la cocina hasta llegar a la última estancia, el salón.
Aunque está casi en penumbra, de inmediato descubre el paradero de Inma.
Está tumbada en el sofá, arropada con una manta hasta la cabeza.
Aurora se dirige al ventanal y sube la persiana de un tirón.
—¡Levanta, dormilona! Eres una mujer adulta, no una cría. Me da igual que hayas sufrido otro desengaño amoroso, te esperan en el periódico —dice destapándola sin ninguna delicadeza—. ¿Te hago un café…?
En ese instante quiere gritar, pero se queda paralizada durante unos segundos.
Inma está bocabajo, desnuda, con el pelo apelmazado por la sangre que también mancha el sofá alrededor de su cabeza.
Los brazos están colocados de una forma antinatural; el derecho parece dislocado, doblado sobre la espalda, y el izquierdo, bajo su cuerpo.
—Inma… Inma… —balbuce , incapaz de reaccionar.
Se acerca con pasos medidos, despacio, como aquella que teme despertarla. Rodea el sofá y, desde la parte de atrás, consigue colocar los dedos índice y corazón en su muñeca. Su piel está gélida. Aguarda unos segundos con la esperanza de notar su pulso.
—¡Joder! ¡Está muerta!
Se lleva las manos a la cara y ahoga las ganas de llorar.
—¿Quién coño te ha hecho esto?
Con manos temblorosas, abre la mochila, busca el móvil y comienza a marcar el 091. Cuando está a punto de pulsar la pantalla, desiste.
—Piensa, Aurora, piensa. Mantén la calma. Pruebas, necesitas pruebas antes de llamar a la policía.
Recorre el salón con la mirada.
—No tocar nada —se ordena en voz baja.
Recuerda que Inma cuida sus uñas de gel cuando limpia.
Aún no ha asimilado que su cuerpo yace inerte a su lado, piensa en ella como si estuviera viva.
Camina atenta mirando al suelo, llega al pasillo y entra en la cocina.
No hay rastro de platos o vasos en el fregadero.
Percibe un fuerte olor a lejía. No lo distinguió al entrar en la vivienda debido a que su olfato estaba anestesiado.
No hay restos de basura en la papelera, solo la bolsa.
Abre el armario de los productos de limpieza cubriendo su mano con la manga del abrigo.
Localiza una caja de guantes de látex, coge un par y se los pone con cuidado.
Se asegura de que están bien ajustados cerrando los puños con determinación.
Vuelve sobre sus pasos y busca el móvil de Inma.
Advierte que hay un cargador enchufado oculto tras la televisión, tira del cable y encuentra el aparato.
Desliza su dedo por la pantalla, está bloqueado.
—¡Mierda! ¿Cuál es la contraseña? —Desvía su mirada hacia Inma, como si pudiera contestarle—. ¿Tu año de nacimiento? ¿Dónde está tu bolso?
Desconecta el teléfono y se dirige a la habitación. La encuentra en perfecto orden.
—Estás desnuda, ¿dónde está tu ropa?
Hay un perchero detrás de la puerta con varios bolsos colgados. Los abre uno a uno hasta que encuentra un tarjetero de piel de Bimba y Lola. No tarda en localizar el carné de identidad. Mira la fecha de nacimiento.
—¿Del 75? Creía que eras más joven. —Teclea el año, no funciona—. Me quedan dos intentos. Eres muy básica, no te molestarías en poner una contraseña complicada. —Teclea 1111 y lo consigue. Revisa los contactos, las últimas llamadas, el álbum de fotos y sus redes sociales—. ¿Solo tienes Facebook?
Decide guardar el móvil de Inma en la mochila, aunque sabe que ocultar pruebas es un delito.
En última instancia, puede enviarlo en un sobre anónimo a la policía cuando se haya descargado su contenido en el ordenador.
Observa la habitación, la cama está hecha, pero el edredón ha sido extendido al revés; con los botones de la funda en la parte superior. Se acerca a la cabecera y la destapa.
—¿Y las sábanas? —se pregunta, está sin vestir—. Te has desecho de ellas —se contesta a sí misma.
Se inclina sobre la almohada y, al olerla, reconoce un perfume dulzón a colonia barata. Siente asco y ganas de vomitar.
Cierra los ojos, aterrada, conteniendo la respiración para evitar las arcadas.
—¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¡Maldito cabrón! ¡¿Por qué ella?! —grita desconsolada y, en ese instante, se derrumba, aunque es incapaz de llorar—. Tendrías que haber venido a por mí, primero atacas por la espalda a Pepe; luego, amenazas a mi hermana, y ahora…
Interrumpe su monólogo lleno de culpabilidad cuando escucha unos golpes firmes en la puerta.
—¡Policía Nacional! ¡Abra la puerta!
Aurora, nerviosa, se quita los guantes con dificultad, y los guarda en el bolsillo del abrigo.
—¡Abra la puerta! — insisten .
Sale al pasillo, y antes de que vuelvan a pedírselo, abre con cautela. Hay dos agentes, uno de mediana edad y una chica joven.
—Buenos días, hemos recibido una llamada anónima alertando de una posible situación irregular en este domicilio. ¿Puede identificarse? —solicita el policía con tono serio, sin levantar la voz.
—Antes, quiero ver sus placas. —Aurora no titubea.
Las muestran. No tiene ni idea si son auténticas.
Las examina durante unos segundos y contesta—: Mi nombre es Aurora Durán, esta es la vivienda de una compañera.
La he encontrado muerta hace unos minutos.
Me disponía a marcar el 091 cuando he escuchado la puerta —explica serena.
—¿Hay alguien más en el piso? —pregunta la chica, parece empática.
—No, estamos… estoy sola.
Los agentes siguen a Aurora hasta el salón.
—Está ahí —dice señalándola con el dedo.
—Quédese en el pasillo —le ordena el agente. Inspeccionan la escena del crimen a distan cia— . Hay que avisar al inspector, al juez de guardia y al forense —comenta a la compañera. —¿Ha tocado o movido el cuerpo? —dirige una mirada reprobatoria a Aurora.
—Creí que estaba dormida, subí la persiana y le quité la manta. Solo comprobé que no tenía pulso.
Entonces, el policía cambia la expresión de su rostro, camina hasta ella y señala su abrigo.
—¿Puede explicarnos por qué lleva esos guantes de látex en el bolsillo?
—Yo… —«Mierda, la he cagado», piensa. Dirige la mirada al bolsillo y descubre que sobresale el dedo de uno de los guantes—. Me asusté, quería entender lo que había pasado…
—Aurora Durán, por el momento está usted en calidad de investigada. Su presencia en la escena, el uso de guantes y el hecho de no haber avisado de inmediato a emergencias nos obliga a tomar medidas.
—¿Investigada?
—Sí, permanecerá aquí hasta que llegue el forense.
Luego, nos acompañará a comisaría para prestar declaración formal.
Le informamos que tiene derecho a no declarar, a contar con asistencia letrada y a que se informe a un familiar.
Le pedimos que coopere, cualquier intento de obstrucción podría tener consecuencias legales.
—Tengo que darle esto. —Mete la mano en su mochila y le entrega el móvil de Inma. Sabe que la registrarán antes de interrogarla y que podría agravar su situación.
—La ocultación de pruebas es un delito, ¿cuál era su intención?
—No lo sé, actúe sin pensar —se muestra sumisa—. Ella es… era mi amiga —confiesa y enmudece sumida en sus pensamientos.
Hasta este momento no se ha dado cuenta de que la echará de menos.
Intuye que el vacío con el que se levantó era el presagio de lo que ya es un hecho.
Inma ha sido asesinada a sangre fría a causa de la búsqueda de Fabiola.
La culpabilidad se instala no solo en su mente, sino también en su corazón.
Duda de si dar el nombre de Francisco Bataller, la única pista es ese olor nauseabundo que le revuelve las tripas. «No me creerán», piensa.
—¿Te encuentras bien? —pregunta la agente tuteándola.
—¿Estoy detenida?
—Eso lo determinará la investigación.