Capítulo 44
Aurora despierta con una sensación de vacío.
El sábado salieron del piso de Dimitri a las cinco de la mañana, anestesiados por el vodka .
Apuraron la botella mientras cada uno de ellos expiaba su culpa.
El Bú ho, por ser un cobarde: «Debí denunciar su desaparición», confesó.
Rodr igo, por vivir en la ignorancia: «Nunca le pregunté a mi padre sobre ella», se lamentó.
Y Auro ra, porque el mes de vacaciones se terminaba y no había conseguido encontrarla, aunque no lo verbalizó.
Los tres tenían motivos para dejarse seducir por la droga más antigua del mundo.
Al día siguiente, y sin haber conciliado ni tres horas de sueño, Aurora dedicó la mañana a ordenar la información que le facilitó Dimitri.
Navegó por las páginas de desaparecidos y buscó a esa chica rubia, de media melena, delgada y tatuaje en el hombro.
Cerró el portátil desilusionada, no halló a nadie con esa descripción.
Luego, comió con su familia. Su desgana provocó la discusión de siempre; el afán de protección de su madre.
Hastiada, ni siquiera tomó café, regresó al ático con el único deseo de dormir. Necesitaba dormir…
Se despereza con fuerza, alarga la mano hacia la mesilla, enciende la luz, coge el móvil y mira la pantalla con los ojos medio cerrados. Son las siete.
—¿He dormido catorce horas? —se pregunta a sí misma.
Sin embargo, sigue sintiéndose cansada. No le apetece levantarse de la cama. Se queda inmóvil con la mirada fija en el techo.
—¿Qué hago hoy? La búsqueda está en punto muerto… No hay nada que… Málaga…
De repente, una idea asoma en su cabeza. Se incorpora como un resorte.
—Tengo que hablar con Pepe.
Comprueba la hora, solo han pasado cinco minutos. Aun así, decide llamarlo.
—Buenos días, Enana, qué madrugadora. —Su voz suena adormilada.
—¿Te he despertado?
—No, tranquila. Estaba sirviéndome un café.
—¿Tienes algún colega de sucesos en Málaga?
—Sí, en El Diario Sur . ¿Por? —Aurora escucha el tintineo de la cucharilla.
—¿Podrías facilitarme su contacto?
—Claro, aunque espero que no lo levantes de la cama antes de que amanezca.
—Ahora te digo la frase tan manida de que la confianza da asco, me gusta abusar de la tuya.
—Abusadora. —Ambos ríen—. ¿Para qué lo necesitas?
—Estoy… —duda unos segundos—. Escribo un artículo sobre el turismo de los años noventa en la costa malagueña. Querría acceder a la hemeroteca de un periódico provincial para documentarme.
—Enana, mientes muy mal.
—Y tú me conoces demasiado bien. ¿Me lo pasarás?
—En cuanto cuelgues. Por cierto, ¿cuándo te incorporas?
—El nueve de noviembre, sábado y festivo, el día de la Almudena. Marisa no quiso darme el fin de semana, por el tema de la DANA.
—¿Esperabas que te concediera dos días más?
—Al menos lo intenté. No queda nada para que nos veamos.
—Aquí estaré, como siempre, aunque… —Aurora escucha como sorbe el café.
—¿Aunque?
—Nada, ya te enterarás cuando regreses. Estás de va-ca-cio-nes, ¿no?, pues disfruta de ellas. Olvídate del periódico y termina lo que quiera que estés haciendo.
—¿Me vas a dejar así?
—Igual que tú a mí, sigo sin saber en qué estás metida. Adiós, Enana.
Se corta la llamada. Aurora observa el móvil confundida.
—¿Qué ha querido decir?
Recibe el contacto que le ha pedido, de un tal Paco, acompañado de dos emojis: la carita que guiña sacando la lengua y a la que le cae una gota de sudor por la frente.
—Muy gracioso.
Guarda el número en la agenda y se levanta sin un resquicio de pereza. Le sirve una buena ración de copos a Ringo. Elige una lista de música para ponerse las pilas y entra en la ducha a grito limpio, entonando Walking on sunshine, de Katrina aunque te aviso, en aquellos años no existía un registro oficial especifico de violencia de género o una ley que la amparase, como ahora; por lo que muchas mujeres no denunciaban.
Lo sé porque estoy a punto de jubilarme.
—¡Vaya! ¡Qué bien! Lo estarás deseando.
—Si te soy sincero, no. Me apasiona mi trabajo.
—Te entiendo. ¿Qué necesitas para darme de alta?
—Tus datos personales y un correo, te pasaré el mío por WhatsApp para que me los mandes. En cuanto esté configurado el acceso, te lo confirmo. Y si precisas cualquier dato o aclaración, aquí estaré.
—Muchas gracias.
—Nada, dale un abrazo a Pepe de mi parte.
—Se lo daré.
—¡Bien! — Salta entusiasmada en cuanto cuelga—. Fabiola, te encontraré.
No le da tiempo a regocijarse de su buena suerte, cuando el móvil suena de nuevo. Es Pepe.
—Gracias, compañero. Paco ha sido muy amable y me ha dicho que te dé un abrazo.
—Es un tío excepcional, pero te llamaba por otro motivo. Inma no ha venido a trabajar. ¿Sabes si está enferma?
—No. He quedado con ella para comer, como todos los lunes.
—Pues hazme un favor, si no acude a la cita, acércate a su casa. Entre sus defectos no está la irresponsabilidad, puede que no se encuentre bien.
—Para tu tranquilidad, iré ahora mismo, no tengo nada que hacer.
—Gracias, Enana.