La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 43
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Capítulo 43

—¿Qué pasó después de vuestro primer encuentro? —indaga Aurora.

—Cada día la informaba de las salidas y entradas del abogado; quién acudía a su casa, con quién comía, incluso con quién se acostaba, hasta que conseguí unas fotos con Lyov Popov en un hotel a las afueras de Málaga.

—Es decir, mi madre estaba en lo cierto.

—Sí, pero esas pruebas no demostraban nada. Ella necesitaba una confesión de Antón Esparza. Decidió confrontarlo y… —Dimitri pierde la rigidez de su rostro por un instante, y baja la cabeza.

—¿Y? —pregunta impaciente Rodrigo.

—Se lo advertí, le dije que hablase con la policía y no me hizo caso.

Aquella tarde la recuerdo bien, quedamos en el sitio de siempre y me contó su plan.

Había comprado una grabadora con la intención de presentarse en la residencia del abogado, revelarle su identidad y hacerlo hablar mostrándole las fotos con Lyov Popov.

En caso de que su plan fallase, me dijo que aguardara un par de días y si no acudía a la cita, cogiera el primer vuelo a Madrid y cuidase de sus hijos.

—A ver si lo he entendido, ¿la dejaste sola?

—No, claro que no. Ella nunca me había dado su domicilio o un número de teléfono donde localizarla, así que seguí sus pasos.

Se alojaba en un hostal modesto, muy por debajo de lo que su situación económica le permitía.

Había alquilado un coche para poder controlar al abogado, así que aguardé aparcado hasta que la vi salir sobre las nueve de la noche.

Se montó en un taxi y enseguida reconocí el trayecto. Se dirigía a la villa de Antón Esparza.

—Directa a la boca del lobo —comenta Aurora.

—Así fue, bajó del taxi, tocó el telefonillo, y le abrieron.

Todavía no entiendo cómo lo consiguió. Aparqué a unos metros de distancia de la entrada principal.

Durante toda la noche, nadie salió o entró, hasta las nueve de la mañana, cuando una furgoneta negra accedió a la finca.

Media hora después, el mismo vehículo aparecía de nuevo. Por supuesto, lo seguí.

—¿Por qué? Fabiola podría haber estado retenida dentro —objeta Aurora.

—Trabajé con Lyov Popov, esa furgoneta era similar a las que utilizaba para transportar a las mujeres que trabajaban para él. No lo dudé, si Fabiola entraba en su red de trata de blancas, nunca podría encontrarla.

—¡Maldito cabrón! —Rodrigo se levanta airado del sofá—. ¿Crees que su hijo sabe quién soy?

—No lo puedo asegurar, pero es probable. Si estoy en lo cierto, a Antón Esparza no le quedó otra que quitarse a Fabiola de en medio. Estaba en riesgo no solo su reputación o sus beneficios, sino su vida. Lyov no lo hubiera perdonado.

—¿Dónde la llevaron? —pregunta Aurora.

—No lo sé, los perdí.

—¡Joder! ¿Por qué coño no denunciaste su desaparición? —inquiere Rodrigo con voz amenazante.

—Yo era un inmigrante ruso, supuse que nadie me creería.

Juro que intenté localizarla, la busqué en todas las salas de Málaga, pregunté a las prostitutas, a los porteros, a antiguos colegas, incluso hablé con la dueña del hostal, no conseguí nada.

Se había esfumado. Después de una semana, cogí un avión a Madrid y cumplí con la promesa que le hice, protegeros.

—¿De quién? Mi padre, según la teoría de Fabiola, era socio de Lyov Popov, estábamos a salvo —cuestiona el cometido de Dimitri.

—Erais un blanco fácil para mantener a tu padre a raya, por si decidía no seguir en tratos con él y utilizar el secuestro como chantaje —aclara—. Cuando alguien entra en una organización criminal, solo sale con un tiro en la frente. Sobre todo, si afecta a sus negocios.

—¿En qué fecha aproximada desapareció? —pregunta Aurora.

—A finales de enero, el día veintinueve. Esa fecha nunca la olvidaré.

—En el coche, me dijiste que sabías quien era yo.

—Durante estos años llegué a conocerte bien, Rodrigo.

Tu hermano era un chico sensato, nunca se metía en problemas, no como tú.

Supuse que en algún momento necesitarías mi ayuda, y no me equivoqué.

Seguí tus pasos en el instituto, cuando faltabas a clase —sus palabras suenan a regañina—, en la universidad, en tu año como mochilero y este último mes, incluso en vuestro viaje a Valencia.

Indagué sobre ti en el periódico, quise asegurarme de que no eras una amenaza para él.

—¿Por qué nunca me contaste tu relación con mi madre?

—Porque nunca preguntaste y… ¿me hubieras creído?

—No, supongo que no —dice rascándose la nuca.

—Entonces, ¿nos observaste cuando hablamos con Francisco Bataller? —interviene Aurora.

—¿Te refieres al hombre que visitasteis en Paiporta?

—Sí.

—¿Lo conocías?

—No, nunca lo había visto. A propósito, a mi llegada a Madrid, denuncié a Lyov Popov, mandé un anónimo con la esperanza de que hicieran redadas en los locales, y Fabiola fuese liberada.

Recibió un soplo y no pudieron demostrar su vinculación con la trata de blancas.

Tenía sobornado a un pez gordo de la policía de Málaga.

—A partir de la acusación, Lyov Popov limpió su imagen y no necesitaba ni a la naviera ni al abogado Esparza. Transformó los locales de alterne en salas de fiestas y adquirió centros privados de salud para albergar turistas —concluye Aurora, gracias a la información que le pasó Pepe.

—Dudo que desistiera de mantener la mayor fuente de sus ingresos. Esos locales legales le permitían manejar grandes cantidades de efectivo y utilizarlos para el blanqueo.

—¿Crees que aún sigue explotando a mujeres? —pregunta Aurora.

—Ni idea.

—Está bien, pensemos —interviene Rodrigo—.

Nuestro principal objetivo es encontrar a Fabiola, si sigue viva, y la única persona a la que podemos recurrir es a Francisco Bataller, al que no he conseguido localizar.

Dimitri, ahora trabajarás para mí, quiero que te desplaces a Paiporta e indagues sobre su paradero.

—Será difícil acceder a la zona cero —objeta Aurora.

—No, si se hace pasar por un voluntario. Por otro lado, también coincide la fecha en la que secuestraron a Fabiola con la muerte accidental de su abogado… Lo que me lleva a pensar que es el brazo ejecutor de Lyov Popov —deduce Rodrigo.

—Algo no me cuadra, hay una pieza de este puzle que se nos escapa. —Aurora revisa las notas en su móvil—. Sigo sin comprender el porqué del accidente de helicóptero. Roberto Sanz ya controlaba la naviera.

—¿Y si mi abuelo le insinuó que estaba al tanto de sus negocios con Lyov Popov?

—No lo creo, la última vez que estuvieron juntos, su trato fue cordial. Así lo describe Fabiola en el diario. ¿Lo recuerdas?

—¡Joder! Esto es una puta pesadilla. —Rodrigo se peina con los dedos, nervioso.

—Os ayudaré a encontrarla, se lo debo. Le fallé una vez, no volverá a pasar —interviene Dimitri, quien se levanta de la silla. Se dirige a un mueble y saca una botella de vodka—. ¿Queréis?

—Sí —contestan los dos.

Aunque Aurora no bebe, ahora sí lo necesita.