Capítulo 42
Dimitri, como cada noche, trabaja de portero en la discoteca más emblemática de Marbella; uniformado con un traje de chaqueta negro y camisa blanca.
Aunque lleva dos años en España, el castellano lo parlotea, habla ruso y domina el inglés.
Da gracias porque la mayoría de los clientes son extranjeros, de alto nivel adquisitivo, y celebridades que eligen la costa malagueña como su segunda residencia. El idioma no es un problema.
—Ahí viene tu shica , la rubia, menudo regalito de Reye —le dice el compañero, un sevillano extrovertido.
—Ja, ja , good one! —contesta a la broma con una risa forzada.
Sí, Dimitri reconoce que le gusta, aunque una mujer con clase, como ella, nunca se fijaría en él.
—Buenas noches —los saluda con una sonrisa—. ¿Hay ambiente?
—Mi arma , es temprano, los camareros están todavía fabricando el hielo.
—Ja, ja, qué gracioso eres.
—Eso decía mi madre y mira dónde he acabado.
—Y tú, ¿no saludas? —se dirige a Dimitri.
—Este pobre no habla ni papa de español, solo inglés y ruso.
— Would you like to hang out with me after work? —pregunta con una pronunciación impecable si le gustaría quedar con ella después del trabajo.
— Sorry, what? —Sus ojos grandes parpadean intentando procesar la proposición de Fabiola—. Yes, yes —decide aceptar.
—Estupendo, nos vemos luego dentro. —Se señala con el dedo—. Mi nombre es Fabiola.
—Dimitri —contesta escueto.
Los dos observan cómo la chica entra en la discoteca, es menuda, pero con curvas bien definidas.
— Quillo , la tienes en el bote —dice el sevillano dándole una palmada en la espalda.
—Shut up!
Son las once de la noche, Dimitri no termina su turno hasta la una de la madrugada. Las horas se eternizan, mira su reloj suizo ansioso para ir a buscarla. Su inquietud no pasa desapercibida para el sevillano.
—¿Y decías que no te gustaba?, miras más las agujas que Doc en Regreso al futuro.
En cuanto llega su sustituto, se adentra en la discoteca. La localiza en la barra. Está sentada en un taburete, sigue con la mirada a alguien en la pista de baile.
— Hello! —le dice colocándose a su lado.
— Hello! — continúa la conversación en inglés—. Has terminado pronto.
—Sí, mañana tendré que quedarme hasta el cierre.
—Te preguntarás por qué quería hablar contigo. Tranquilo, no soy una ligona de discoteca. —Dimitri disimula su decepción al escucharla—. Vayámonos a un sitio tranquilo. ¿Tienes coche?
—No.
—Yo tampoco, le pediré al camarero que llame a un taxi.
Fabiola decide dar un paseo por Puerto Banús, es un sitio concurrido, lleno de turistas y pasarán desapercibidos.
—¿Has trabajado para Lyov Popov? —pregunta sin andarse con rodeos.
—Sí, el primer año de mi llegada a España. ¿Cómo lo sabes?
—Eso es lo de menos. Quiero hacerte una proposición, antes, te contaré mi historia.
Fabiola comienza a relatarle lo sucedido: su matrimonio con Roberto Sanz, el accidente de sus padres, la llamada que escuchó de Antón Esparza y sus sospechas.
—¿Qué relación tiene lo que me has contado con Lyov Popov?
—¿Sabes que su negocio principal es la trata de blancas?
—Sí, fue uno de los motivos por los que decidí alejarme de él.
—Desde que dejé Madrid, en octubre, he estado ingresada en un centro para cambiar mi imagen y poder indagar sobre la relación de los tres.
Antón Esparza dirigió un despacho de abogados especializado en aduanas, comercio exterior, fiscalidad y control de exportaciones. Ahora está jubilado, a medias —aclara.
—No entiendo a dónde quieres llegar.
—Roberto posee la naviera, Antón le facilita la documentación y Lyov Popov los utiliza para el tráfico de mujeres. ¿Lo ves ahora?
—¿Y qué relación hay con la muerte de tus padres?
—Supongo que ninguna, si no puedo demostrar que el accidente fue provocado, lo inculparé por sus negocios sucios. Quiero recuperar a mis hijos.
—Lyov Popov es un mafioso sin escrúpulos, si llega a sus oídos que lo estás investigando…
—Lo sé —lo interrumpe—, por ese motivo te necesito. Quiero que vigiles al abogado, Antón Esparza, reside aquí e intuyo que elegir Málaga para disfrutar de su jubilación no es casual. En cuanto tengamos pruebas, mi abogado se ocupará de ellos.
—¿Y mi trabajo?
—Despídete. Te pagaré bien, ¿tienes cuenta abierta en un banco español?
—Sí, conseguí la tarjeta de residencia cuando comencé a trabajar como portero de discoteca.
—Perfecto, quedaremos cada día en la entrada al puerto a las seis de la tarde. —Fabiola abre el bolso y le entrega un sobre—. Aquí está la dirección de Antón Esparza, una fotografía y efectivo para los primeros gastos.
Dimitri le echa un vistazo al contenido del sobre y a la foto.
—Este es el hombre al que observabas en la discoteca.
—Así es, yo no puedo acercarme a él. He cambiado mi aspecto físico, pero podría reconocerme. Como te he comentado, era el abogado de la familia.
—Haré lo que pueda. —Dimitri guarda el sobre en la chaqueta.
—Gracias por ayudarme.
—Gracias a ti, por confiar en mí.
Fabiola le ofrece la mano, él se la estrecha. Sabe que será el único contacto físico que tendrá con ella.