La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 41
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Capítulo 41

—Siempre he sentido curiosidad por entrar en un sitio de estos —comenta Aurora, abotonándose el abrigo.

—No está prohibido el paso a las chicas, pero tú te quedas aquí. —Rodrigo no sugiere, ordena.

—Soy adulta y tú no tienes ningún derecho a decirme…

—Aurora, te quedas aquí —insiste—. Los tipos que organizan las partidas son peligrosos y no quiero que corras un riesgo innecesario. Por una vez, te pido, por favor, que obedezcas y te quedes en el coche. Dejaré el motor en marcha, activa el cierre centralizado.

—De acuerdo —acepta ante su explicación. No deja lugar a dudas de que sabe de lo que habla—. Ten cuidado —le dice antes de que abra la puerta.

—Lo tendré.

Aurora observa cómo se sube el cuello del abrigo y camina hacia la entrada hasta que desaparece.

Durante la siguiente media hora permanece agazapada en el asiento, atenta al tránsito de los clientes por si Dimitri Sokolov hace acto de presencia.

Tiene la descripción, tan característica, del Búho tatuada en su memoria.

Los hombres que acuden al club son variopintos y de distintas edades, desde ancianos a jóvenes.

—¿De verdad es necesario? —se pregunta.

Están los que dudan si entrar o no y se quedan durante unos minutos dentro de los coches; los que deciden que no es una buena idea se dan la vuelta.

También entran algunas parejas, las menos.

Otros llegan en taxi, en grupos y borrachos.

Aurora siente asco, le repugna la idea de que esas mujeres tengan que ejercer la prostitución para ganarse la vida.

La música la acompaña en la espera, sube el volumen al escuchar Roxanne, de Sting.

—Al menos tú no idealizas la explotación sexual como en Pretty Woman — comenta como si Sting estuviera a su lado.

Consulta la hora en el salpicadero, es cerca de la una.

Aburrida, desbloquea el móvil y abre la página de Enhora.es.

Las noticias siguen centradas en la DANA, con fotografías y entrevistas a los damnificados, así como las críticas a la reacción tardía de los gobiernos tanto autonómico como central.

Lee hasta que unos gritos en el exterior la distraen.

Rodrigo discute con dos hombres. Uno de ellos lo inmoviliza agarrándole los brazos en la espalda, y cuando el otro se dispone a golpearlo, un tercero se interpone.

Aurora, con el móvil aún en la mano, conecta la cámara e inicia la grabación, amplía y, ¡bingo!

, es Dimitri Sokolov. Este se deshace de los atacantes antes de que puedan defenderse, y huyen hacia el local.

Una vez solos, Rodrigo habla con él, cruzan unas palabras y después de estrecharse las manos, se dirigen al coche.

Rodrigo golpea la ventanilla y le indica a Aurora que desbloquee el cierre centralizado. Entran, él se sienta frente al volante y el Búho en la parte de atrás.

—Dimitri, ella es Aurora, vendrá con nosotros.

—Sé quién es —dice con deje extranjero y tono grave.

—Entonces, indícame la dirección.

—¿Adónde vamos? —pregunta Aurora.

—A su casa, está dispuesto a contarnos cómo conoció a Fabiola.

Durante el trayecto, un silencio tenso se instala entre los tres. Aurora desconfía de Dimitri; ha sido demasiado fácil convencerlo.

—Aparca por aquí —le indica cuando están a una manzana de la calle—. Seguiremos a pie.

Dimitri va unos pasos por delante. Aurora no puede obviar la forma en la que camina, lleno de seguridad y que impone respeto, típica de un cuerpo esculpido en el gimnasio: espalda recta, hombros anchos, cintura estrecha y un cuello grueso a prueba de lesiones.

Al llegar al portal, Dimitri mira hacia los lados.

Cuando se cerciora de que nadie los sigue, abre la puerta y los invita a pasar.

Vive en el bajo de un edificio antiguo del barrio de Atocha.

Al entrar, Aurora percibe el olor a rancio y humedad, aunque la temperatura es agradable.

El salón es austero, sin muebles de relleno, ordenado e impersonal; no hay fotos o recuerdos.

—¿Queréis tomar algo? —pregunta bajándose la cremallera del anorak.

—No, gracias —contestan al unísono.

—¿Nos sentamos?

—Sí, claro —contesta Rodrigo.

Aurora y él se acomodan en el sofá. Dimitri acerca una silla, la coloca al revés y se sienta con los brazos apoyados en el respaldo.

—Sabía que este momento llegaría tarde o temprano —dice dirigiéndose a Rodrigo.

—Pudiste contármelo, tuviste más de una oportunidad. ¿Por qué no lo hiciste?

—Ella así me lo pidió.

—¿Cuándo la conociste?

—En 1996.

—¿Puedo enseñarte una foto? —Rodrigo necesita asegurarse de que fue Fabiola quien contactó con él. Saca el móvil del bolsillo y le muestra la captura.

Dimitri la amplía con los dedos, entrecierra los ojos. La imagen está tomada en verano, Fabiola luce un bikini palabra de honor negro.

—Es ella, pero…

—¿Pero?

—La he reconocido por los ojos. En aquel año tenía otra apariencia.

—¿Otra apariencia? —repite Aurora.

—Sí, era delgada, diría que incluso con una o dos tallas menos de pecho, rubia, media melena lisa, y tenía un tatuaje en el hombro derecho.

—¿Podrías describirlo?

—Dos líneas verticales paralelas unidas por dos líneas curvas horizontales, una arriba y otra abajo.

—Es el símbolo de géminis, alude a gemelos o a los nacidos en ese horóscopo, como ella —explica Aurora.

—¿Dónde la viste por primera vez? —continúa Rodrigo con el interrogatorio.

—En Málaga.