Capítulo 40
Aurora siente que está fuera de lugar. Rodrigo camina unos pasos delante de ella.
Al entrar, intentó guiarla cogiéndola de la mano, no se sorprendió cuando Aurora rechazó su ayuda.
Está decidido a encontrar a Dimitri Sokolov, necesita respuestas.
La música, ensordecedora y lejos del gusto de Aurora, inunda el ambiente de la primera sala que atraviesan.
Huele a perfume caro mezclado con sudor y adrenalina.
Las chicas bailan poseídas por el ritmo del reguetón.
Ellos, algunos con más acierto que otros, las imitan.
Sus cuerpos, acompasados, se mueven rozándose de forma descarada.
La imagen le provoca rechazo y claustrofobia.
Sortea, con las manos metidas en los bolsillos y la mirada fija en el suelo, a los que entorpecen su avance.
Rodrigo, de vez en cuando, se gira para cerciorarse de que aún lo sigue.
Consiguen llegar a una mesa VIP, encuentran a un grupo de ocho personas; tres hombres y cinco mujeres.
Aurora se queda rezagada y observa sin llamar la atención.
Rodrigo saluda a uno de ellos, supone que es Fredi.
Viste camisa blanca y chaqueta abierta, aunque no es muy agraciado físicamente: delgado, grandes entradas, ojos pequeños y nariz aguileña.
Mientras hablan, el susodicho dirige su mirada hacia ella y asiente.
Intenta leer sus labios, pero entre el efecto entrecortado de las luces y el retumbar de los bajos, le es imposible descifrar lo que dice.
De repente, siente que alguien la empuja para entrar en el reservado. A Aurora no le queda otra opción que apoyarse en la pared.
—¡Imbécil! —grita.
Para su sorpresa, la escucha y se gira.
—¡Perdón! ¡No te había visto! ¿Estás bien?
«Mierda, es Alexandro», piensa. Lo ha reconocido, en la cercanía, es asombroso el parecido con Fabiola.
—Sí, tranquilo, estaba en el medio —dice atusándose el pelo.
—Para compensar, ¿quieres una copa? Estoy con unos…
—Hola, hermanito —lo interrumpe Rodrigo.
—Pensé que este ambiente te aburría, ¿qué haces aquí?
—¿Y tú? —evita responderle—. En la comida estabas tristón, incluso creo recordar que dijiste que no te apetecía salir esta noche.
—He cambiado de opinión, las penas son menos penas si se ahogan en alcohol. Además, le debo una disculpa y una copa a esta chica… ¿Cómo te llamas?
—Aurora, y viene conmigo —contesta antes de que Aurora abra la boca. La agarra del brazo, posesivo. Ella no lo rechaza, entiende la situación.
—Toda tuya. —Se acerca al oído de Rodrigo—. No es mi tipo.
—¡Larguémonos de aquí! —Tira de Aurora con ímpetu, cruzan la pista de baile y alcanzan la salida.
—¡Suéltame! Por poco me arrancas el brazo —dice mientras se lo frota—. ¿Qué te ha dicho?
—Nada que quieras saber. —Echa un vistazo a su alrededor—. Por aquí no hay ningún bar abierto, esperaremos en el coche. Fredi me mandará la ubicación de la partida sobre las doce.
—Estoy de acuerdo contigo, necesito descansar los oídos de esa música infernal.
Localizan el Mercedes, suben, Rodrigo arranca el motor y conecta la calefacción, a pesar de que la noche no es la típica de otoño. El aire caliente intensifica el perfume amaderado de él.
—¿Por qué usáis la misma colonia? —pregunta Aurora. No le pasó desapercibido ese detalle.
—¿Mi querido hermano y yo? —ironiza—. Si bien somos mellizos, es en lo único que coincidimos. Bueno, en eso, y en la innombrable.
—¿Cómo es Alexandro? —Siente curiosidad.
—Un imitador malo de mi padre. Es ambicioso, irritante, casi siempre, y controlador, o al menos lo intenta, y envidioso.
—Tendrá alguna virtud, supongo.
—Trabajador, constante, perfeccionista, organizado y buen amigo.
Ahora me toca a mí. Por primera vez, desde que te conozco, he visto la ansiedad reflejada en tus ojos al entrar en la sala.
¿Cuál es tu historia? —pregunta mirándola de forma directa.
Aurora se resiste a responder, baja la cabeza y juega con los botones del abrigo—. ¿Aún no confías en mí?
—No lo entenderías, tu vida ha sido fácil.
Rodrigo lleva su mano a la barbilla de Aurora y la obliga con ternura a levantar la cabeza.
—Mírame, no sé cómo acabará esto, pero estaré siempre para cuando me necesites y nada de lo que puedas contarme hoy saldrá de aquí.
Aurora siente una extraña sequedad en sus labios, los humedece con la lengua y desvía la mirada hacia la ventanilla. Si tiene que hablar y confiarle sus vulnerabilidades, no puede enfrentarse a sus ojos.
—En el colegio… —titubea antes de continuar— yo era una chica normal, disfrutaba con mis amigos y participaba en las actividades.
Todo cambió cuando comencé el instituto.
Al alcanzar la pubertad, mi cuerpo cambió, llegué a tener sobrepeso; ni siquiera podía hacer los ejercicios de educación física.
Al principio, ignoraba las risas de los compañeros, hasta que las bromas se convirtieron en acoso escolar con insultos, burlas y amenazas.
—¿Los profesores no te ayudaron?
—No conté nada, supuse que, si lo hacía, los abusadores tomarían represalias.
Me encerré en mi mundo. Entraba la primera en clase, me sentaba en un rincón, y salía la última.
Logré acabar el instituto a duras penas, porque mi rendimiento escolar se resintió.
Durante aquel verano, navegué por páginas de internet buscando dietas milagrosas, con la idea de entrar en la universidad hecha una sílfide.
Creí que así cambiaría mi vida. Me equivoqué.
En el primer año de periodismo, conocí a un par de chicas con las que había contactado en un blog llamado: «¿Quieres ser perfecta? ».
—Toda una declaración de intenciones, no te imagino relacionándote con ellas. Tú no eres…
—¿Perfecta?
—No me has dejado terminar la frase. Tú no eres esa clase de chica, tienes personalidad.
—Fui una ilusa, lo reconozco. Aunque estudié en la Complutense, gracias a la beca, convencí a mis padres para vivir con ellas, con el pretexto de ahorrarme los viajes en metro y estar más centrada.
—Viviendo en Madrid, no entiendo que aceptaran tu decisión —razona Rodrigo.
—Ellos solo querían que fuera feliz. Conseguí mi objetivo, adelgacé, pero en exceso. Mis amigas eran bulímicas y yo… las imitaba. Nos dábamos atracones seguidos de vómitos autoinducidos, tomábamos laxantes, ayunábamos y nos imponíamos tablas de ejercicios extremos.
—¿Tus padres no se dieron cuenta?
—Los domingos, cuando iba a casa a comer con ellos, me vestía con ropa amplia, hasta que un día mi hermana me pilló en el baño vomitando la paella.
Me puse perdida la sudadera y ella, con toda su buena intención, me la quitó.
Descubrió mi delgadez; los huesos pegados a la piel sin un gramo de grasa.
Te puedes imaginar la reacción de mis padres.
—Tomaron medidas, supongo.
—Sí, y tengo que darles las gracias por ello, aunque en su momento me revelé.
Estuve ingresada en el hospital durante tres meses, asistí a terapia con apoyo nutricional y psicológico.
Fue duro y me juré a mí misma no volver a confiar en nadie, y a no cuestionarme mi físico.
Prefiero ser «la rara» a recaer. La bulimia es una enfermedad compleja, puede reactivarse ante situaciones emocionales difíciles, por ese motivo huyo de…
—¿La amistad? ¿El amor?
—Sí, intento cuidar mi salud mental, sin decepciones, traiciones o sentirme culpable por no ser perfecta para los demás.
—¿Has recaído alguna vez?
—No —miente.
—Gracias por contármelo, ¿puedo hacerte una última pregunta?
—No quiero hablar más de este tema.
—Está en parte relacionado, solo contesta si te apetece. ¿Has tenido pareja alguna vez?
—No me apetece, y sé por dónde vas. No soy lesbiana y, para tu tranquilidad, no me siento atraída por ti. ¿Conoces el término demisexual?
—Ni idea —confiesa rascándose la nuca.
—Significa que únicamente siento deseo sexual por alguien tras establecer un vínculo emocional profundo, sea chico o chica.
—¡Eres rara de cojones! ¿No te gusto ni un poquito? —bromea para aligerar la confesión de Aurora.
—Nada de nada. —Ambos ríen.
Ella liberada.
Él con una sonrisa fingida.
Aurora ignora que su respuesta ha dañado el ego de Rodrigo.