La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 39
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Capítulo 39

Aurora nunca visita el cementerio, ni siquiera hoy.

Adoraba a su abuela y el Día de Todos los Santos siempre lo dedica a recordarla.

Conserva fotos y vídeos familiares en el ordenador, y cada año los visualiza como si fuera un ritual, una forma de mantener viva su presencia.

En especial, la última Nochevieja, donde Irene, disfrazada de Jeanette, cantaba la canción preferida de Elvira: ¿Por qué te vas?

Ahora comprende su mirada nostálgica al escucharla. Siempre pensaba en Fabiola.

—Debió ser duro para ti callar todo este tiempo y no saber dónde estaba.

Es inevitable que la tristeza inunde sus ojos, no quiere llorar. Decide cerrar el ordenador, son casi las seis de la tarde. Se levanta y pasea por la habitación en círculos, hasta que escucha el sonido de las llaves sobre la mesa del salón. Rodrigo no tarda en golpear la puerta.

—¿Puedo pasar?

—Sí. —No espera a que dé ni un paso tras entrar—. ¡¿Qué entiendes por urgente?! —grita cruzándose de brazos.

—Lo siento. —Levanta las manos a modo de disculpa—. Hoy…

—Hoy, ayer, no me digas que estabas ocupado.

Rodrigo se toma su tiempo, se quita la chaqueta y la deja sobre la cama.

—Por si no lo recuerdas, mi padre murió hace menos de un mes. Victoria, mi hermano y yo lo hemos visitado esta mañana, y esta tarde, después de comer, hemos escuchado una misa en su nombre. Así que sí, estaba ocupado.

Aurora se atusa el pelo, está arrepentida de sus palabras.

—Perdóname, recibí el correo de TouristicTour y quería…

—Yo también tengo una información reveladora, pero empieza tú.

—Francisco Bataller no ejercía como chófer, sino como piloto —suelta sin preámbulos.

—¿Cómo? —A Rodrigo le cuesta asimilarlo.

—Sí, es cierto. Trabajó en la empresa como piloto de helicópteros, aunque su carrera profesional duró poco, parece ser que cometió una falta muy grave durante un viaje y perdió la licencia.

Lo despidieron unos meses antes de ser contratado por la familia Mariscal.

Estoy segura de que él provocó el accidente.

—Es imposible, los detalles del plan de vuelo se notifican previamente a las autoridades aeronáuticas; se identifica la matrícula de la aeronave, la ruta prevista e incluso el nombre del piloto; en caso de que no hubiera dispuesto de licencia oficial, ese helicóptero nunca hubiera despegado.

—Entonces… —Camina inquieta hasta que parece haber encontrado una solución—. Se deshizo del piloto y lo sustituyó, recuerda que nunca apareció.

—Es una teoría enrevesada —dice rascándose la nuca.

—Solo él puede corroborarla. ¿Has conseguido localizarlo?

—No, he contactado con el psiquiatra del centro y tampoco sabe nada de él.

—Aún no hay lista oficial de desaparecidos por la DANA. Pepe me la mandará en cuanto se haga con ella. Si ha muerto, estaremos como al principio —dice negando con la cabeza. Para sorpresa de Aurora, Rodrigo sonríe—. ¿Te da igual?

Rebusca en su chaqueta, saca unos folios doblados y se sienta en la cama.

—Ayer estuve en el banco, comprobaron que el poder era válido y esta mañana pude acceder a la cuenta.

Mi madre realizó varias inversiones en bolsa que, por cierto, no van nada mal.

—Sonríe—. Solicité un extracto de los últimos diez años, estos tardarán al menos una semana.

No obstante, me facilitaron los movimientos desde octubre de 2023 hasta la fecha.

—¿Y? —pregunta sentándose a su lado.

Rodrigo extiende el papel sobre el edredón.

—Fíjate —le señala una cantidad—, realiza una transferencia periódica mensual por este importe. ¿Sabes quién es el beneficiario?

—Francisco Bataller.

—Frío, frío. —Le muestra otro documento—. Lee.

Aurora lo toma en sus manos.

—¡Dimitri Sokolov! ¡Joder! Eso quiere decir…

—Que conoció a Fabiola antes de su desaparición —termina la frase de Aurora.

—¿Por qué le pagaría esa suma de dinero?

—Eso es lo que quiero averiguar. Esta noche salimos, sé cómo encontrarlo.

—¿Salimos?

—He quedado con Fredi en Opium Madrid. Los viernes es día de partida y la localización del garito es secreta. Suelen pasar la ubicación sobre medianoche a los de confianza, y Fredi es uno de ellos.

—Entrarás solo, yo te esperaré fuera. —Aurora no está preparada para enfrentarse a uno de sus miedos, que la observen.

—Ni hablar, vienes conmigo. Buscaremos ropa adecuada. Soy cliente asiduo, pero con esa camiseta negra y los vaqueros rotos, no podrás pasar.

Aurora se levanta de la cama y lo enfrenta.

—No voy a embutirme en un top con lentejuelas y una minifalda.

Los de tu clase sois todos iguales, solo os importan las apariencias.

¡Jamás! ¿Me oyes? ¡Jamás cambiaré mi forma de vestir o de comportarme ante los demás!

Soy Aurora Durán, la rara, y me gusta. No deseo el sueño de convertirme en Cenicienta por una noche.

Tardé mucho tiempo en aceptarme como soy.

Nosotros dos —señala con el dedo índice a ambos— no somos los protagonistas de una peli romántica.

Tú no tienes que rescatarme. Si quieres que te acompañe a cómo se llame, iré con mi camiseta negra y mis pantalones rotos —sentencia.

—¿Has terminado? —Aurora asiente—. Me has convencido. ¿Puedo hacerte una sugerencia?

—¿Sobre mi vestuario?

—Más o menos, ¿te importaría llevar un abrigo largo? Negro, por supuesto.

—No tengo.

—La innombrable se dejó uno. Creo que no me he desecho de él.

—Ella me saca una cabeza.

—Aún es temprano, ¿sabes coser?

—¿Coser?