La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 38
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Capítulo 38

A Aurora no le queda otra alternativa que volver al periódico. Necesita abrir el ordenador antes que la becaria.

Adrián, el comercial que les atendió en TouristicTour, le ha notificado el envío del correo con la información que le solicitó, así como una disculpa por el retraso.

Debido a la DANA, la empresa ha puesto a disposición de las autoridades la flota de helicópteros para ayudar en el rescate de personas aisladas por las inundaciones.

Además, Paiporta, donde reside Francisco Bataller, ha sido una de las localidades de la zona cero más afectadas.

Ayer, Rodrigo intentó localizarlo, sin éxito.

Ambos llegaron a la conclusión de que pudo dejar el anónimo en el buzón de Irene y regresar por la tarde.

Todas las secciones del periódico están volcadas en Valencia.

Ni siquiera la visita de Aurora llama la atención de Inma.

Está colgada al teléfono fijo. Echa un vistazo a la mesa de Pepe, quien aprieta la pelota antiestrés mientras habla por el móvil.

Pasa por delante del despacho de su jefa, Marisa, que está reunida con la becaria.

Es su oportunidad. Sin perder tiempo, camina hacia su puesto de trabajo.

Inma alza la mirada y tapa el auricular.

—¿Qué haces aquí?

Aurora le hace un gesto con la mano, acompañado de un: «Luego te lo cuento», que articula sin emitir ningún sonido.

El ordenador está encendido; busca en la carpeta de correo, aparece como no leído. Sin abrirlo, lo reenvía al suyo personal y lo elimina, tanto de la bandeja de entrada como de la papelera. Luego, deja la pantalla de inicio tal y como la ha encontrado, y la bloquea.

Inma termina la conversación.

—¿Has vuelto por lo de la DANA?

—No, quizá te haga caso y me vaya unos días a una playa exótica. Vi una oferta de una agencia de viajes, les di este correo para que me mandaran la información.

—Me parece muy bien, te lo mereces. No has podido elegir mejor momento para irte de vacaciones. Esto es un caos, incluso yo estoy dedicada a lo de Valencia. Es que es muy fuerte.

—Sí. Por cierto, ¿se sabe algo de la lista de desaparecidos?

—No, aún no, aunque ese tema lo lleva Pepe.

—Voy a hablar con él, ¿comemos el lunes?

—Por supuesto, tengo algo que contarte.

—Mientras no sea un melodrama…

—Esta vez no, te lo aseguro… —El sonido del teléfono la interrumpe—. Nos vemos el lunes.

Aurora sortea las mesas de los compañeros hasta que llega a la de Pepe. Escribe sin apartar la mirada de la pantalla.

—Buenos días —lo saluda sentándose en el pico de la mesa.

—¡Hola, Enana! —sonríe.

—¿Cómo estáis?

Pepe deja de teclear y se sienta, como siempre, recostado en la silla.

—Bien, dentro de lo que cabe. Los médicos dicen que lo han cogido a tiempo, está pendiente de unas pruebas para decidir si la operan o comienza con la quimio.

—¿Y tú? —pregunta al advertir el rostro demacrado de su amigo.

—Regular, no te miento. Sigo con las terapias, pero cuando estoy de bajón, solo pienso en la maldita botella —reconoce.

—Saldréis de esta.

—Eso espero. ¿Y qué te trae por aquí?

—¿Es que no puedo hacer una visita de cortesía en mis vacaciones?

—Enana, te conozco. Suéltalo.

—¿Tienes la lista de los desaparecidos en la DANA?

—Las autoridades no han emitido el comunicado oficial, aunque se habla de cientos. El aviso de Protección Civil llegó demasiado tarde.

—Lo sé, es increíble. ¿Has visto las imágenes de los voluntarios?

—La gente se ha volcado con los damnificados. Esto traerá cola, solo acaba de empezar. Pasará un tiempo hasta que el lodo desaparezca, no solo de sus casas, sino de la memoria colectiva.

—¿Podrías hacerme un favor?

—Claro.

—En cuanto tengas esa lista, pásamela.

—Eso está hecho —dice incorporándose.

—Me largo de aquí, no quiero que me enganche Marisa.

—Apuesto a que lo haría —sonríe por un instante—. Me imagino que sigues con ese asunto —apunta frunciendo el ceño.

—Sí —afirma.

—Ten mucho cuidado.

—Lo tendré.

Sale del periódico y se dirige al coche.

La lluvia de los últimos días ha dado un respiro a la capital, no así las nubes.

Abre la puerta del Peugeot, saca el móvil de la mochila y la tira en el asiento trasero.

Luego, se acomoda y, antes de meter la llave en el contacto, abre su correo personal.

Lee por lo alto las estadísticas y un párrafo añadido ensalzando los servicios de TouristicTour.

Al final del texto aparece una posdata que la deja estupefacta.

—¡Claro! ¡Cómo no lo imaginé! —exclama para sí.

Escribe un mensaje a Rodrigo.

—Tenemos que hablar.

—Mañana por la tarde —responde.

—Es urgente —insiste.

—Estoy ocupado.

Aurora lanza el móvil al asiento del copiloto, como si fuera el culpable de la contestación de Rodrigo.

—Estoy ocupado, estoy ocupado —repite con retintín—. Esto es importante, ¡joder!

Introduce la llave y, como siempre, la reliquia no arranca.

—¡Grrr! ¡Lo que me faltaba! Te haré caso, papá, como tú dices: «Es cosa de los calentadores».

Gira la llave a la posición de contacto dos o tres veces antes de intentarlo de nuevo. Cierra los ojos y reza para que no la deje tirada. Escucha el motor y acelera.

—Papá, te quiero.