La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 37
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Capítulo 37

Rodrigo camina en círculos por el salón del ático, nervioso. Echa un vistazo al móvil de vez en cuando, espera una llamada que no llega. Ha amanecido.

La noche anterior cenó solo. Intentó contactar con Aurora, el mensaje que escuchaba era siempre el mismo: «El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura».

Se maldijo a sí mismo; debía haberla acompañado.

Concilió el sueño de madrugada, en un duermevela que lo hacía despertar angustiado.

Temía que el anónimo fuera una trampa, ideada por el autor de la amenaza para seguirla y deshacerse de ella.

—Si no aparece en una hora, llamaré a la policía —se convence de que la investigación ha tomado un cariz demasiado peligroso.

El móvil suena.

—¿Dónde coño te has metido? —contesta sin prestar atención a la pantalla.

—Creo que me ha confundido con otra persona. Soy Arturo García, psiquiatra del centro La Torreta. He visto varias perdidas de su número.

—Perdón, lo siento. Soy Rodrigo Mariscal, el sobrino nieto de Constanza. Llamé para informarme si la DANA les había afectado y si ella se encontraba bien.

—¡Ah, sí, lo recuerdo! Tranquilo, sufrimos una inundación, pero el Ayuntamiento habilitó el polideportivo y envió un autobús para recoger a los residentes; solo hay que lamentar daños materiales.

—Me alegro, porque las imágenes que nos llegan son devastadoras.

—Y aún se desconoce el número de fallecidos y de personas desaparecidas. —Escucha que alguien llama al doctor—. Lo dejo, los enfermos están alterados y me necesitan. Lo mantendré informado del estado de salud de Constanza.

—Gracias.

Cuelga y camina hacia el ventanal del salón.

Una llovizna suaviza los contornos de los edificios mimetizados con el tono grisáceo del cielo.

A lo lejos, en la Torre Picasso, poco a poco se encienden las luces de las oficinas; la masa de hormigón y cristal comienza a despertar.

Sigue absorto en el trasiego de la ciudad hasta que, detrás de él, escucha el sonido metálico de la puerta del ascensor.

—Por fin, ¿dónde está…? —no termina la pregunta—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has subido? —Rodrigo se queda paralizado al descubrir que es la innombrable.

—El portero me conoce, de las otras veces —puntualiza con un gesto sugerente—. Le he dicho que había perdido la llave y ha accedido a utilizar la suya —contesta desabotonándose un abrigo gris marengo. Es rubia, con una melena de ondas perfectas y ojos azules acentuados por el maquillaje.

—¡Largo! —Le indica la salida con un movimiento del brazo—. Te dejé claro que no daría marcha atrás. Lo nuestro, si alguna vez lo hubo, se terminó.

—¿Por qué?, ¿hay otra mujer en tu cama?

—Estoy solo, y quiero seguir solo. ¡Lárgate! —insiste.

—Mejor —dice mordiéndose el labio inferior.

Camina hacia él de forma seductora, ignorando las palabras de Rodrigo.

—No te acerques, no vas a conseguir nada.

—¿Seguro? —pregunta mientras estrecha la distancia que los separa.

—Siempre has creído que follando se arreglaba todo, ¿verdad?

—Sí, y las reconciliaciones eran apoteósicas. —Levanta una mano, la introduce por la abertura de la camisa y acaricia su pecho; con la otra roza sus genitales—. Todavía te pongo, lo noto.

Rodrigo le sujeta las muñecas y la separa de su cuerpo.

—Como cualquier puta —suelta asqueado.

—Puta en la cama, señora en la mesa. Sabes que conmigo puedes tenerlo todo.

El ascensor abre sus puertas de nuevo. Es Aurora.

La innombrable se suelta del agarre de Rodrigo y se gira.

—¿Quién es esta?, ¿la de la limpieza? Ja, ja, ja, menudas pintas.

—No, solo traigo el pedido de la cafetería. —Aurora no quiere problemas, reacciona antes que Rodrigo. Levanta una bolsa de papel opaca y se la muestra.

—Sí, perdona; con la visita sorpresa —recalca esta última palabra—, lo había olvidado. Ahora mismo te pago, cuando la señorita se vaya. Desayuno y me voy al trabajo.

—Muy bien, terminaremos la «conversación» en otro momento.

Con un movimiento de la melena pasa por delante de Aurora dedicándole una mirada despectiva. Entra en el ascensor y lanza un beso al aire.

—¿Dónde te has metido? ¿No has visto mis llamadas? —inquiere enfadado.

Aurora entra en el salón, deja el abrigo y la mochila tirados en el sofá.

—Hola, buenos días, o un gracias por haberme librado de…

—La innombrable.

—¿Era ella? Muy guapa. —«Le gustan las rubias», piensa.

—El portero se llevará la bronca, le ordené que no dejase subir a nadie.

—Siento haberte fastidiado la escenita —dice burlona.

—No estoy para bromas, menuda noche.

—¿Por qué?

—¿Y tú lo preguntas? ¡Joder! Pensé que te habían secuestrado. ¿Para qué quieres el teléfono?

—Murió la batería. Mi hermana, fiel a la fruta prohibida, tiene un cable exclusivo. El mío, chino y obstinado, no habla el mismo idioma. He dormido en su sofá porque su marido estaba de guardia. No podía dejarla sola.

—¿En el sofá?

—Sí, estoy molida. Ha desmantelado la habitación de invitados para decorarla con motivos infantiles, espera un bebé.

—Enhorabuena, tita.

—Gracias, aún no me hago a la idea.

—¿Qué hay en la bolsa?

—El sobre con el anónimo.

—¿Puedo verlo?

—Mi hermana no utiliza bolsas de congelar, solo táperes, ya está bastante manoseada y no encontré otra forma de protegerla. No quiero que se borren las huellas que haya podido dejar Francisco Bataller.

Un gesto de sorpresa se refleja en el rostro de Rodrigo.

—¿Cómo puedes afirmar que ha sido él?

—Mi olfato no me falla. Cuando pegó los recortes, intuyo que le llevaría un tiempo, fumó varios cigarrillos.

También he detectado otro olor dulzón de colonia barata mezclado con el del tabaco.

El mismo que percibí en el piso del chófer y que coincide con el primer anónimo.

Abrí la bolsa para comprobarlo —concluye, sin dejar un resquicio a la duda.

—Increíble, tienes un don.

—No, solo un sentido más desarrollado de lo común. A veces es un incordio.

—Estoy valorando la posibilidad de denunciar los anónimos a la policía. No quiero que tú ni tu familia corráis ningún riesgo.

—Yo también lo pensé, aunque por mi hermana no debes preocuparte. Esta mañana la he convencido para que pida la baja en el trabajo y viva con mis padres hasta que se normalice la situación. Ella está encantada, adora la comida de mi madre.

—¿Y su marido?

—Pasa más tiempo en el trabajo que en casa, se las arreglarán.

—Entonces, solucionado, por ahora. ¡Ah! Me ha llamado el psiquiatra del centro, Constanza está bien.

—Me alegro. ¿No te ibas al trabajo?

—¿Otra vez me echas de mi propia casa?

—¿Otra vez? —Ambos sonríen—. Solo espero que la innombrable no se presente en tu ausencia.

—No volverá, me aseguraré de ello.