Capítulo 35
Aurora contempla ensimismada la fachada de la casa principal.
Supone que cuando se construyó sería moderna.
Ahora, la estructura se ve anticuada. A un lado se ubica otra vivienda.
Recuerda el pasaje del diario donde Fabiola indica que estaba destinada a los empleados.
También hay una piscina, vacía. El jardín parece cuidado, aunque los charcos que salpican algunas zonas dan sensación de abandono.
—¿Entramos? —pregunta Rodrigo, sigue enfadado. Desde que coincidieron en el desayuno se han dirigido las palabras justas.
—Sí, claro.
La puerta se abre sin dificultad; un ambiente denso los recibe.
—Huele a cerrado —apunta Aurora.
—Lógico, aunque la empresa de mantenimiento la airee de vez en cuando, hace treinta años que nadie vive aquí. —Pulsa el interruptor más cercano—. No hay luz, buscaré el cuadro eléctrico.
A pesar de que son casi las diez de la mañana, parece que no ha amanecido.
Tal como esperaban, las previsiones de tormenta y tiempo desapacible no han fallado.
Aurora abre la puerta de par en par, no se atreve a caminar en penumbra por la casa.
Una foto en el recibidor llama su atención.
Coge el portarretratos y lo acerca a la claridad.
Vicente, Carmen y Fabiola posan juntos, sonríen.
Aurora pasa los dedos por el cristal, como si ese acto la acercase más a ella.
En ese instante, se enciende la luz. El sobresalto es inevitable, de inmediato, coloca la estampa familiar en la misma posición en que la había encontrado.
—¿Es una señal? —Sonríe por la estupidez que acaba de verbalizar.
Dirige la mirada hacia la escalera de mármol y observa que el blanco natural ha mutado a un tono amarillento.
A su derecha hay un gran salón. Los muebles están preservados del polvo por sábanas envejecidas.
Aun así, reconoce por la silueta el conjunto de sofás donde Fabiola recibió la noticia de su matrimonio.
Por un momento, el tiempo se detiene en esa escena.
Aurora la recrea mentalmente. Primero, la celebración de la vuelta a casa y el cumpleaños.
Imagina a los asistentes vestidos con sus mejores galas, al servicio con las bandejas, y a ella con su vestido negro lencero y el pelo rizado azabache.
Luego, a Roberto sentado junto a Vicente, mientras Fabiola escucha con incredulidad sus planes de futuro.
Puede verla huyendo hacia las escaleras, presa de la impotencia.
Sigue sus pasos hasta la habitación. La puerta está entreabierta, la empuja despacio y enciende la luz.
El color rosa combinado en distintos tonos predomina en la decoración.
Siente curiosidad, camina hacia la cama.
Al levantar la almohada, encuentra doblado el pijama de lunares. Lo coge y se lo acerca a la nariz.
—Así hueles… —habla para sí. El olor es casi imperceptible, aunque no para su olfato—. Es fresco, mezcla de perfume de bebé con cítrico.
—¿Qué haces? —Rodrigo la interrumpe.
—Nada —reacciona avergonzada guardando con rapidez el pijama bajo la almohada. Se atusa el pelo.
—Tú sigue buscando en esta habitación, echaré un vistazo en el despacho.
Rodrigo hace el amago de salir.
—¿No sientes nada? —le pregunta.
—¿A qué te refieres? —dice girándose, extrañado.
—Es la casa de tus abuelos, de tu madre, no sé, pensé que…
—Nunca estuve aquí, ni los conocí, no hay recuerdos personales que despierten en mí nostalgia o apego. Solo es una casa más. Solo eso —razona Rodrigo, aunque ella intuye que no es cierto.
La deja a solas.
Aurora recorre con la mirada la habitación.
—¿Por dónde empiezo?
Decide abrir el armario empotrado. Las prendas están colocadas en perfecto orden y por tonos, así como los estantes de camisetas y jerséis.
En los tres cajones centrales no encuentra nada de interés, salvo la ropa interior.
Luego curiosea en el tocador. Conoce tan bien la personalidad de Fabiola que no le extraña la poca variedad de productos de maquillaje; unos coloretes y dos barras de labios, por supuesto, rosas.
Justo al lado hay una librería, a diferencia de la armonía de la habitación, parece colocada sin un orden lógico.
Aurora pasa el dedo índice por cada lomo, casi todos son en lengua inglesa.
Entonces, uno de ellos llama su atención.
—American psycho — lee en voz alta el título.
Con un movimiento pausado, lo extrae de la hilera de libros.
Lo abre y, en su primera página, hay una dedicatoria: «To my dearest friend.
This story is precisely the one I hope you never live.
May your days be brighter, your choices freer, and your heart untouched by the shadows these pages hold. With all my love, always 1 . Arthur».
—¿Quién es Arthur?
Hojea las páginas con rapidez, aunque no se le escapa que alguna de ellas tiene el pico superior doblado. En la solapa de la contraportada encuentra una tarjeta. Es de un abogado, solo aparece el nombre y el contacto de un teléfono fijo.
Se sienta en la cama, busca el móvil en la mochila y anota las palabras subrayadas de las hojas marcadas.
Las transcribe al español: asesinados, New York, viajar, padres, niños, sospecha y miedo.
Aurora no necesita ordenarlas para entender el mensaje de Fabiola.
Cierra el libro, apaga la luz y sale de la habitación.
—¡Rodrigo! ¿Dónde estás? —grita desde lo alto de la escalera.
—¡Aquí abajo, sigo en el despacho! —Asoma la cabeza desde la puerta.
—¡Lo tengo! —Alza el libro sonriendo. La emoción de haber encontrado una pista le hace olvidar las últimas horas de distanciamiento con Rodrigo.
—¿Un libro?
—No es solo un libro —dice mientras baja las escaleras.
Los dos se reúnen en el vestíbulo.
—Es la prueba de que Fabiola preparaba su viaje a América y, no solo eso, está dedicado por un tal Arthur. Además —le muestra la tarjeta—, creo que es del abogado que contrató en Valencia, tanto para solventar los asuntos pendientes de la herencia como el trámite de la tutoría de Constanza.
—¿Cómo estás tan segura?
—El diario es la clave; recuerda que mencionaba este libro. Al principio creí que era una cita sin importancia, pero al verlo en su estantería tuve una intuición. Ella estuvo aquí antes de desaparecer y dejó la tarjeta del abogado a propósito.
—¿Y el tema de la huida?
—Subrayó una serie de palabras, léelas tú mismo.
Rodrigo coge el libro, se toma unos segundos.
—¡Joder! Dime el número del abogado, lo llamaré ahora mismo. Antes de regresar a Madrid, le haremos una visita.
Aurora le dicta los números, Rodrigo conecta el manos libres.
—Buenos días, despacho de abogados Llanos. ¿En qué puedo ayudarle? —contesta de forma mecánica la voz de una mujer
—Buenos días, soy Rodrigo Mariscal. ¿Podría pasarme con… —Aurora le muestra la tarjeta— Ismael Llanos?, si es tan amable.
—Veré si no está ocupado. Un momento, por favor. —Se escucha música clásica durante unos segundos—. Le paso.
—Gracias —suenan dos pitidos.
—Sí, ¿dígame?
—Buenos días, me gustaría concertar una cita con usted esta mañana —contesta acelerado.
—Buenos días, me temo que es imposible, tengo la agenda completa, pero si me adelanta el asunto sobre el que quiere que hablemos, puedo escucharlo ahora. Tengo unos minutos libres —contesta amable.
—¿Recuerda a Fabiola Mariscal? Hace treinta años, ella lo contrató.
—En esa fecha, yo aún no ejercía, sería mi padre.
—Entonces, ¿podría hablar con él?
—Lo siento, murió en un accidente de tráfico.
Aurora mueve los labios: «¿Cuándo?».
—Lo lamento, ¿cuándo fue?
—En enero de 1996, a causa de un fallo mecánico en su coche, tuvo mala suerte.
Ambos se miran, no necesitan palabras.
—¿Sabe si existe documentación de Fabiola Mariscal?
—Solo la guardamos en el caso de que el cliente así lo exprese. Le pediré a mi secretaria que lo consulte en nuestro archivo. ¿Le urge?
—La verdad es que sí, debo volver a Madrid en una hora.
—De acuerdo, yo no podré atenderle. ¿Tiene alguna identificación de su parentesco?
—¿Le bastaría el libro de familia y mi DNI?
—Sí, es suficiente. En caso de que haya algo, mi secretaria se lo entregará.
—Muchas gracias. —Cuelga—. Los padres de Fabiola mueren en un accidente aéreo, su abogado en uno de tráfico, justo cuando el chófer consigue la tutoría de Constanza. ¿Casualidad? —argumenta Rodrigo.
—Ya no sé qué pensar, aunque la lógica me dice que no. Francisco Bataller debe de tener conocimientos de mecánica, y si…
Escuchan un trueno que retumba en las paredes de la vivienda.
—Será mejor que nos demos prisa, espérame en el coche, está abierto. Apagaré la corriente eléctrica.
—De acuerdo.
Una vez entregadas las llaves en la empresa de mantenimiento, Rodrigo conduce en dirección a Valencia mientras la radio sigue emitiendo noticias sobre la DANA.
—A las ocho y cuatro minutos de esta mañana, el aviso rojo se ha extendido al litoral sur de Valencia, incluyendo la ciudad y su área metropolitana.
Según los meteorólogos, las lluvias podrían superar los noventa litros por metro cuadrado en tan solo una hora, un volumen capaz de provocar crecidas e inundaciones repentinas.
La Agencia Estatal de Meteorología, AEMET, ha publicado en sus redes sociales una advertencia urgente, alertando de un peligro extremo y solicitando a la ciudadanía que extreme las precauciones.
Se recomienda evitar desplazamientos innecesarios y mantenerse informado a través de los canales oficiales.
—Esto no me gusta —dice Aurora.
—Tranquila, en quince minutos estaremos en Valencia.
—No corras —le advierte.
—A sus órdenes. —Rodrigo levanta el pie del acelerador.
Aurora cierra los ojos, respira hondo y ruega porque lleguen sanos y salvos a su destino.