La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 32
50%

Capítulo 32

Pepe está tumbado en el sofá, en la misma postura de ayer, encogido en posición fetal y con la manta enredada entre las piernas. Duerme con la boca abierta, su respiración es profunda, aunque, a veces, emite un ronquido corto. El salón huele a resaca; un cóctel insoportable de alcohol y tabaco.

Aurora lo observa apoyada en la puerta.

No se explica cómo pudo mandarle la ubicación en el estado de embriaguez en que lo encontró.

Lo recogió en un tugurio de mala muerte en el barrio de Lavapiés, incluso tuvo que pedir ayuda al camarero para meterlo en el coche, y bajarlo fue una odisea.

Ni siquiera pudo desvestirlo, solo logró quitarle los zapatos y el abrigo.

Rodrigo había insistido en acompañarla, sin embargo, ella lo rechazó.

La reputación de su amigo estaba en juego, y aunque no desconfiaba de su silencio, no le pareció oportuno que lo conociera en ese momento de flaqueza.

Además, los borrachos siempre dicen la verdad y podría haber hablado más de la cuenta sobre su trabajo real en el periódico.

Ha amanecido, Aurora camina hacia la ventana del salón, la abre para airear y descorre la cortina.

—Otro día nublado —murmura.

La poca luz que se cuela no es suficiente para iluminar el salón, y la oscuridad de los muebles tampoco ayuda. Pepe ni se inmuta.

—De acuerdo, tendré que poner en práctica el plan B —dice para sí.

Deja al bello durmiente y entra en la cocina. No recuerda dónde guardó las cápsulas de café tras el caos del robo. Abre uno a uno los armarios y cajones hasta que las encuentra.

—¡¿Puedes hacer más ruido?! —grita Pepe desde el salón.

—¡Lo siento! ¡Mi idea era despertarte con una buena taza de café! —contesta, aguanta la risa como puede.

Unos minutos después, Pepe está sentado en el sofá, con la vista fija en el suelo.

—Toma, te sentará bien —Aurora le ofrece la taza humeante.

Él la alcanza sin dirigirle la mirada. Ella se sienta a su lado.

—¿Cómo estás? —se atreve a preguntar.

—¿Tú que crees? —acierta a decir.

—Avergonzado, resacoso, con dolor de cabeza y entumecido por dormir en el sofá. ¿Olvido algo?

—Sí, arrepentido y culpable —confiesa.

—¿Te apetece hablar de lo que pasó anoche? —Se merece una regañina, no obstante, cree que no es el momento.

Pepe suspira, bebe un sorbo del café y deja la taza sobre la mesa.

—¿Por dónde quieres que empiece?

—¿Por el principio?

—Hasta ayer, no pude localizar a mi contacto de la policía. Le pasé los nombres y quedamos en el mismo bar donde me recogiste.

—Un lugar extraño, ¿no te parece?

—Tal vez, pero no le di importancia, tiene su lógica.

Recuerda que era para darme información confidencial —aclara—.

Llegó sobre las seis de la tarde, nos saludamos y pidió dos quintos.

Colocó la botella delante de mis narices, el muy capullo sabía mi marca favorita.

Aparté a un lado la tentación y saqué la agenda.

¿Dónde está mi abrigo? —Echa un vistazo a su alrededor.

—Voy yo, lo dejé en el tendedero interior, olía al antro donde estuviste.

—Tú y tu olfato, podrías haber sido una buena sumiller —bromea, a pesar de su estado de ánimo.

Aurora sonríe, se levanta y localiza la agenda en el bolsillo. Vuelve al salón y se sienta.

—Aquí la tienes.

Pepe la abre, pasa las hojas hasta encontrar las anotaciones.

—Lyov Popov, setenta y cinco años…

—Espera, pensaba que era más joven.

—Quizá sea el padre, como me comentaste, está afincado en Málaga desde los años noventa, no creo que haya vuelto a Rusia desde entonces. Fue acusado de trata de blancas, estuvo en prisión preventiva, pero no hallaron pruebas suficientes contra él y tuvieron que soltarlo.

—¿En qué año?

—En el noventa y seis, después legalizó los garitos de alterne en salas de fiestas o discotecas. También tiene centros de bienestar y salud para turistas.

—Lo sé, indagué sobre ellos. ¿Del hijo no hay nada?

—Nada. En cuanto a Francisco Bataller; un par de multas de tráfico.

—¿Y el Búho?

—Aquí viene lo mejor, es confidente de la policía. —Pepe cierra la agenda, alcanza la taza, bebe y la deja sobre la mesa.

—¿Cómo? —pregunta, incrédula.

—Sí, lo arrestaron en varias ocasiones por delitos menores; peleas y altercados.

Su trabajo habitual —dibuja unas comillas con los dedos— es portero de discoteca.

Está al día de cómo y quién mueve la droga en Madrid.

Le propusieron un trato para librarlo de prisión y él aceptó.

Su nombre real es Dimitri Sokolov. Su llegada a España se vincula a la mafia rusa, aunque en la actualidad no mantiene ningún tipo de relación con ella. Es independiente, soltero y sin hijos.

—¿Dónde puedo localizarlo?

—No me facilitó su dirección, recuerda que es un confidente y, si la supiera, no te la daría.

—¿Por qué?

—Aurora, es un tipo peligroso. Déjalo pasar, olvida el tema y vuelve a la redacción. Te lo advertí tras el robo.

—No puedo… —Aurora se levanta, camina hacia la ventana. Ha comenzado a llover. Solo una idea está anclada en su cabeza: tiene que encontrarla, desea encontrarla.

—¡Claro que puedes, joder! —Pepe alza la voz.

—¡¿Igual que tú puedes dejar de beber?! —contesta, airada, girándose hacia él—. Has dicho que no probaste la botella que te ofreció, ¿cómo es posible que a las diez de la noche estuvieras borracho?

Pepe se pasa las manos por la cara.

—Cuando el policía se marchó, recibí una llamada.

Me había pasado todo el día fuera de casa, mi mujer, desesperada, al ver que no volvía, me dio la noticia por teléfono.

Estaba pendiente de unas pruebas… —Pepe baja la cabeza y restriega las manos por sus muslos, nervioso—. Le han diagnosticado cáncer de mama.

Aurora se queda paralizada, incapaz de ordenar una frase coherente de consuelo.

—¿Sabes lo que le dije? —continúa sin esperar respuesta—: que lo hablaríamos cuando llegase a casa, porque me pillaba de guardia.

Entonces, la vi allí encima. La botella sudada de cerveza, la única que podría camuflar mi rabia.

Pensé: «solo una» —cuenta desgarrado, con los ojos hundidos de la emoción.

—No pudiste parar.

—Tengo que llamarla —rebusca en el bolsillo trasero del pantalón—. ¿Dónde coño está el móvil?

—Tranquilo, anoche lo desbloqueé con tu huella, me hice pasar por ti. Le escribí diciéndole que no se preocupara, que estarías sin cobertura. Está cargando. —Le señala la mesa rinconera.

—Gracias. ¿Por qué coño le tiene que pasar a ella? No bebe, no fuma… Aquí el único que se merecía ese maldito cáncer era yo. En lugar de salir corriendo a estar con mi mujer… —Se tapa la cara con las manos.

Aurora se sienta a su lado, alza el brazo y acaricia la espalda de su amigo.

—Todo saldrá bien.