Capítulo 31
Son las nueve de la noche. Aurora está impaciente, ni Pepe la ha llamado ni Rodrigo ha contactado con ella en todo el día. Mira el móvil por enésima vez, nerviosa. Solo hay un mensaje de Inma:
—¿Te puedo llamar?
Sabe que, si lo hace, la enrollará. Inma tiene la capacidad de enlazar un desengaño amoroso con el último potingue de la celulitis o cotillear de su vecino de al lado.
En la última comida, prestó atención a los primeros cinco minutos de su monólogo.
Luego, asentía, movía la cabeza o soltaba un: «No me digas», por hacerle creer que estaba interesada en lo que contaba.
Por supuesto, en los postres, despotricó largo y tendido sobre la becaria.
Le quedó claro que le caía mal y que estaba deseando que volviera de las vacaciones.
No, definitivamente, no la llamaría.
Dirige su mirada a la pecera.
—Es hora de comer.
Abre el bote y, con dos pequeños golpes, llueven varios copos. Ringo coge impulso, aletea y atrapa uno de ellos.
—Glotón —dice mientras lo observa, ensimismada, hasta que escucha un toque en la puerta.
—¿Estás visible?
—Pasa.
Rodrigo entra sin su traje habitual, viste como en Valencia, vaqueros y cazadora de piel.
—Perdona por llegar tarde, he tenido una visita sorpresa en el despacho a última hora —se disculpa antes de que Aurora le lance un reproche.
—¿Una visita?
—Sí, mi ex —dice queriendo percibir una reacción en Aurora.
—¿Exnovia, examiga, examante?
—Las tres cosas y una más, traidora. Quiere volver —confiesa sin corte alguno.
—Te dije que tu vida privada no me interesaba —suelta tajante—. ¿Tienes lo que te pedí?
Rodrigo arruga el entrecejo. No conoce a ninguna mujer como ella, seguro que otra hubiera querido saber la historia completa.
—Eres rara, ¿no te pica la curiosidad? —insiste, ante su indiferencia.
—Sí, ¿Constanza y Fabiola forman parte del patronato? —ignora su pregunta.
—Eh… —El zasca lo deja sin palabras unos segundos—, sí. Además, he conseguido una cita en la Fundación Mariscal para el día veintiocho. He reservado el mismo hotel de nuestro anterior viaje a Valencia.
Aurora continúa con el interrogatorio sin dejarse nada de la lista. Por su parte, Rodrigo le cuenta la conversación con Victoria y Fidel.
—¿Intentó secuestraros? ¿Los acuerdos se quemaron? ¿Los creíste?
—¿Por qué no iba hacerlo?
—En realidad, no lo sé. Intuyo que fue la oportunidad perfecta para quitarse a mi abuela de en medio y, que yo sepa, Fabiola en ningún momento hace alusión en el diario a ese intento de secuestro.
No dudo que fuese su idea, pero no estaba preparada, aún no.
Por otro lado, Victoria pudo mentirte y aprovechar el incendio del Edificio Windsor para que te olvides del tema —razona siendo objetiva.
—No lo había visto desde esa perspectiva —dice rascándose la nuca— ¿Tienes el diario a mano?
Aurora abre el cajón del escritorio y le entrega la libreta rosa. Rodrigo pasa las páginas, encuentra lo que busca y lo lee en voz alta:
—«Desde el divorcio, Roberto me ha negado las visitas y creí tener la solución, pero no salió bien». Aquí está, ¿lo ves?
—Ahí no dice nada de un secuestro, supongo que cuando escribió «la solución», quería decir que podía veros, a pesar de la prohibición de tu padre.
—¿Eres adivina? —Cierra el diario, ofuscado. La seguridad de Aurora lo saca de sus casillas.
—No, claro que no. Es pura lógica.
—Si tú lo dices… —admite con reservas—. De todas formas, no necesitamos la ayuda de Victoria. Tengo una buena noticia. He llamado al registro civil de Massamagrell y harán lo posible para que el libro de familia esté listo el veintiocho.
—Estupendo.
—¿Tu amigo te ha dado la información que le pediste?
—No, y es extraño —Aurora se queda pensativa.
—¡Ah! Se me olvidaba lo más importante. Acompáñame al salón —dice cogiéndola de la mano.
Ese contacto la incómoda y no tarda ni dos pasos en librarse del agarre. Rodrigo se para en seco, se gira y la mira intentando comprender por qué lo ha hecho.
—¿Soy yo o no te gusta que te toquen? —se atreve a preguntar.
Aurora no se inmuta. Se atusa el pelo y endereza la espalda. Está preparada para contestar.
—Imagínate que la persona que tienes frente a ti es un periodista al que has contratado para ayudarte con la búsqueda de tu madre. ¿Lo cogerías de la mano para llevarlo al salón?
—No, pero…
—Ahí tienes la respuesta. ¿Qué es eso tan importante?
Rodrigo, vencido por las palabras que acaba de escuchar, camina hacia el salón.
Sincroniza el móvil con el televisor y comienza a reproducir el vídeo original de Fabiola.
Aurora se queda de pie frente a la pantalla.
Observa atenta cada detalle, el tono de voz, la postura, los gestos y el lugar, en el intento de descubrir una pista sobre dónde se grabó.
Siente una conexión particular con Fabiola, una atracción que había olvidado.
La lectura del diario ha conseguido que establezca con ella un fuerte vínculo emocional.
—¿Y bien? —pregunta Rodrigo cuando acaba con el fundido en negro.
—Era como la imaginaba… —contesta ausente—. ¿Dónde crees que está?
—Aún no hemos terminado. Siéntate, cierra los ojos y concentra tu atención en los sonidos.
En esta ocasión, acepta el consejo de Rodrigo sin objetar. La reproducción comienza con un clic, luego, unas interferencias, un largo silencio y, por último, escucha con nitidez un eco inconfundible.
—¡Gaviotas!, ¡el mar! —exclama.
—Así es, aunque no es inusual encontrarlas cerca de fábricas y vertederos. Ahora voy a reproducir el vídeo otra vez a velocidad ralentizada —pulsa el móvil y lo detiene en los primeros segundos—. ¿Qué ves?
—Fabiola está enfocando la cámara, se ven árboles, el campo está verde… No entiendo. ¿Qué quieres que vea?
Rodrigo se acerca a la pantalla y señala con el índice un punto en uno de los laterales de la imagen.
—Es un banderín azul, está en un campo de golf cerca del mar —afirma convencido, durante la noche anterior se tomó la molestia de comprobarlo. No podía esperar a que lo vieran juntos.
—¿Y cuántos había en los noventa? Pudo grabarlo en cualquier parte del mundo.
—Varios, pero eso es lo de menos. Lo conozco, he estado allí.
El padre de Victoria nos invitaba a pasar las vacaciones en su mansión cerca de Puerto Banús.
Como sabes por el diario, era aficionado a este deporte y estaba obcecado en que lo practicáramos.
Es el Málaga Golf, si te fijas bien, se aprecia el logotipo en el banderín —explica ilusionado por el hallazgo.
Por más que ella aguza la vista, no consigue distinguirlo.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy —reafirma.
—Málaga… —Se queda absorta en la imagen.
El sonido de su móvil la despierta, corre por el pasillo con la intuición de que es Pepe. Acierta.
—¡Hola! He estado esperando tu llamada todo el día.
—Lo sientooo…, es… —balbucea.
—Pepe, ¿estás bien?
—Nooo…, lo siento… —repite entre sollozos.
—¿Has bebido?
—Sííí…, estoy… mal. Ven.
—¿Dónde estás? Mándame la ubicación.
La llamada se corta.
—¡Maldita sea! —grita.