La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 30
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Capítulo 30

Rodrigo duda de cómo interrogar a Victoria.

En la próxima reunión con Aurora, los escucharán en la televisión de su ático, provista de la tecnología de audio envolvente. No descarta encontrar un rastro del lugar donde se realizó la grabación.

Al entrar en casa, el primero que lo saluda es Alexandro.

—¿Dónde te has metido? —pregunta mientras, como cada día, ojea el correo que ha dejado Fidel en el mueble del recibidor.

—En el mismo sitio que tú, en mi despacho —contesta rascándose la nuca.

—Mientes muy mal, reconozco ese gesto tuyo. Lo haces cada vez que ocultas algo o no dices toda la verdad —apunta con acierto.

—Me has pillado, salí unos minutos. Tenía una cita.

—¿Con la chica que llevaste a Valencia?

—Sí, exacto —miente.

—¿Cuándo me la presentarás?

—Nunca, hermanito.

—¿Tienes miedo de que caiga en mis redes? Como aquella vez.

—Será mejor que dejemos esta conversación —corta tajante. Odia que Alexandro se regodee de conquistar a la única mujer de la que estuvo enamorado—. ¿Victoria ha llegado?

—Está arriba, no tardará en bajar para comer.

—Subo, necesito comentarle un tema.

—¿De la naviera?

—Más o menos.

Sin dejar que Alexandro continúe, sube los escalones de dos en dos. Toca con los nudillos en la puerta de la habitación de Victoria.

—¿Puedo pasar?

—Sí, claro —escucha desde el otro lado.

Al entrar, la encuentra sentada frente al espejo retocándose el maquillaje.

Tiene fijación por su apariencia. Jamás la ha visto deambular por la casa con ropa deportiva o un vaquero, ni siquiera en pijama.

Su uniforme es el traje de chaqueta con pantalón o falda de tubo.

En esta ocasión, es de un color marrón chocolate combinado con una blusa de seda rosa.

El único tono prohibido en su vestuario es el morado, según ella, no le favorece.

—¿Cómo ha ido la mañana? —pregunta Rodrigo por romper el hielo.

—Complicada, cada vez ponen más impedimentos a nuestros clientes para la exportación de productos autorizados a Rusia. La burocracia, los permisos, el control comunitario… —explica sin apartar la mirada del espejo.

—No entiendo como hay empresas que quieran mantener el comercio con países que inician una guerra. Deberían ser solidarias e interrumpir las relaciones —razona Rodrigo.

—Sería lo lógico, pero sus negocios sufrirían fuertes pérdidas.

—¿Por qué sigues gestionándolas?

Victoria se levanta y camina hacia él con la elegancia que la caracteriza. Advierte, con esa mirada entrenada, una pelusa en la chaqueta de Rodrigo. Alza la mano sin decir una palabra, sus dedos ágiles la pellizcan y, con una suave sacudida, la elimina. Luego, lo mira a los ojos.

—Hijo, el bufete Esparza no abandona a sus clientes.

Por desgracia, en el mundo siempre hay guerras y, sin embargo, sigue adelante.

Si las empresas decidieran vetar sus alianzas comerciales con los países implicados, el impacto sería masivo y global, no solo para la economía, también con consecuencias sociales y geopolíticas profundas.

Lo que sugieres es una utopía —habla con la experiencia adquirida en su campo.

—Supongo que tienes razón. ¿Nuestros barcos también viajan a Rusia? —Él nunca se entromete en las transacciones de la naviera.

—En contadas ocasiones, sobre todo, transportan productos agroalimentarios.

—¿Alexandro está de acuerdo?

—Por supuesto, es quien lo gestiona, como lo hace tu pad… Perdona, no me hago a la idea. —Cabecea mordiéndose los labios.

—Tranquila. Por cierto, hablando de padre. ¿Guardas copias de los acuerdos prematrimoniales y de divorcio con su exmujer? —Omite el nombre de Fabiola, teme dañarla.

—¿Para qué los quieres? —La expresión de Victoria cambia de tristeza a cierto asombro.

—Llámalo curiosidad. —«¡Qué mierda de excusa!», piensa.

—Se quemaron en el incendio del Edificio Windsor.

—Qué oportuno —farfulla entre dientes.

—¿Cómo?

—Nada, madre, no tiene importancia. ¿Bajamos a comer?

—Ahora voy, tengo que hacer una llamada. Esta tarde no iré a la oficina y he olvidado decírselo a mi secretaria.

—¿Te encuentras mal? —pregunta preocupado.

—Solo un poco de migraña de las mías —dice masajeándose las sienes con los dedos índice y corazón.

—¿Quieres que llame al médico?

—No, Rodrigo, tomaré una pastilla después de comer y me acostaré un rato.

La besa en la frente.

—Te esperaremos abajo, tómate el tiempo que necesites.

Al abrir la puerta, casi tropieza con Fidel, está inmóvil en el pasillo con su postura habitual.

—¡Joder! ¡Qué susto! —exclama Rodrigo.

—Venía a avisar a la señora, la mesa está servida.

—Gracias, bajará en unos minutos.

Fidel asiente y se dirige a la escalera.

—Espera, te acompaño. Tengo dos preguntas para ti. La primera: ¿qué marca de zapatos usas? —Por un momento, Rodrigo advierte un gesto contrariado en el rostro forzado del mayordomo.

—La verdad, no lo sé. Forman parte de mi uniforme de trabajo. La señora los compra.

—No tenía ni idea. La segunda: ¿recuerdas por qué motivo despidieron a Elvira? —pregunta cuando llegan al recibidor, para vigilar que ni Alexandro ni Victoria puedan aparecer de improviso y escucharlo.

—Con exactitud, no —contesta escueto.

—¿No se despidió de ti? ¿No te dijo nada? ¿Seguro? Supongo que durante el tiempo que ella sirvió en esta casa llegaríais a entablar una amistad, o la suficiente confianza para hablar de vuestros problemas.

—Sí, señor, no lo niego.

—Entonces, ¿por qué eres tan reacio a contármelo?

—Se lo prometí.

—¿A quién?

—A vuestro padre.

—Él no está, Fidel. ¿Qué fue tan grave para que echaran a Elvira?

—Intentó secuestraros siguiendo las órdenes de Fabiola —acierta a decir, ante la insistencia de Rodrigo.

—Explícame eso, por favor.

El mayordomo carraspea, cambia de postura y relaja los brazos, los deja caer a cada lado del cuerpo.

—Una mañana, sin permiso de Roberto, Elvira os llevó a pasear fuera de la urbanización.

No era la primera vez que lo hacía, pero ese día, cuando vuestro padre llegó a casa, aún no habíais regresado.

Salió enfurecido con su coche, recorrió los parques de los alrededores y al no encontraros, llamó a la policía.

Aquella noche llovía a cántaros, era octubre.

—Hace una pausa, como si le costase recordar.

—¿Qué pasó después?

—Bien entrada la noche, escuché el frenazo de un automóvil en la entrada.

Roberto había vuelto. No me preguntes cómo lo consiguió, pero os encontró.

Elvira y él os subieron al dormitorio. Luego, se encerró con ella en el despacho.

Las voces retumbaban en las paredes. Incluso estuve a punto de intervenir y, de repente, cesaron.

Vuestro padre obligó a Elvira a recoger sus cosas y la echó de casa. Eso es todo lo que sé.

—Gracias, Fidel. —Apoya su mano en el hombro del mayordomo—. Puedes retirarte.

Rodrigo confía en sus palabras y concuerdan con el testimonio de Francisco Bataller. La teoría de que Fabiola preparaba la huida era cierta. Tras el fracaso del secuestro, le entregó el diario y desapareció.

«La única forma de conseguir nuestra custodia era desacreditar a Roberto Sanz o incriminarlo de las muertes de Vicente y Carmen. ¿Qué salió mal?», piensa.

—¿Qué haces ahí? —La voz de Victoria irrumpe como una cuchilla afilada en sus pensamientos y lo devuelve al presente.

—Esperarte.