La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 29
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Capítulo 29

—¿La Rosaleda? ¿Quieres hacerme una proposición indecente?

Aurora y Pepe pasean por los jardines. Caminan por uno de los senderos rodeados de arbustos, parterres geométricos y pérgolas cubiertas de rosas trepadoras.

A media mañana, el cielo conserva los tonos grisáceos, aunque ha dejado de llover.

El otoño, en pleno esplendor, trae el olor a tierra mojada mezclado con el aroma suave de las flores.

Un lugar idílico para enamorados, de ahí la pregunta irónica del periodista.

—No, tonto. —Aurora le da un golpecito en el hombro riéndose—. Quería hablar contigo en privado.

—Existe el teléfono, Enana.

—No me fio de la tecnología —bromea.

—¿Sigues metida en aquel asunto de la nota misteriosa? —El tono de Pepe es de preocupación.

—Sí, por ese motivo te he citado aquí, lejos del periódico. Por cierto, ¿cómo vas con Alcohólicos Anónimos?

—Bien, sobre todo, porque me he dado cuenta de que podría haber echado a perder mi vida. No te puedes imaginar las historias que escucho en las terapias de grupo. Hay gente muy jodida por la adicción.

—Lo sé.

—¿Lo sabes? —una afirmación tan rotunda lo sorprende.

Aurora ha metido la pata, el pasado la sacude de nuevo. Se atusa el pelo.

—Quiero decir que lo imagino —rectifica a tiempo—. ¿Nos sentamos? —Le indica un banco de hierro forjado bajo la sombra de una encina. Ambos se acomodan.

—¿Hacemos manitas?

—Muy gracioso. Claro que no, así podrás tomar mejor las notas, necesito tu ayuda.

La mirada de Aurora es suficiente para que Pepe saque, del bolsillo de su abrigo, la agenda manoseada de piel y destrabe el bolígrafo Bic de la solapa.

—Estoy preparado, dispara.

—Quiero que indagues con tu contacto de la policía los siguientes nombres: Francisco Bataller Roso; Lyov Popov, sus padres se asentaron en España hace más de treinta años, y, por último, el Búho.

Este también es ruso, no sé nada más, te paso la descripción, la tengo en el móvil.

Pregunta si tienen antecedentes, domicilios actuales y si están relacionados entre ellos o con alguna empresa española.

—¿Y de la mujer?

—¿A quién te refieres?

—¿Recuerdas?: «Deja de buscarla» —dice con una voz tenebrosa.

Aurora medita unos instantes, confía en él, aun así, no quiere revelarle la identidad de Fabiola. Si Irene no encontró información en la Seguridad Social, la policía tampoco tendrá nada.

—No, ella está limpia.

—De acuerdo. —Pepe guarda la agenda—. ¿Has vuelto a tu piso?

—Desde el supuesto robo, no. Sigo en casa de mi hermana.

—Tu jefa está muy satisfecha con el trabajo de la becaria, si no vuelves pronto…

—¿Marisa me quitará la sección? Vaya, qué pena, no sigas o se me saltarán las lágrimas —dice con una tristeza fingida.

—¿Estás bien? No, esa no es la pregunta. ¿Se puede saber qué coño te pasa? —inquiere levantándose del banco.

—Te lo diré. El trabajo me aburre. Además, no doy el perfil para la chica de sociedad. Odio los eventos culturales y asistir a las fiestas; a las pocas que he ido, me han mirado como un bicho raro. Me gusta lo que haces tú.

—¿Quieres mi puesto? —pregunta contrariado.

—No, nunca. Me conformaría con trabajar a tu lado, todavía tengo mucho que aprender y no conozco a nadie mejor que tú para enseñarme.

—Gracias por la confianza.

—En serio, eres un crac.

—Tú también, Enana.

Se despiden con un abrazo que ninguno de los dos sabía que necesitaba hasta ese momento.

Aurora permanece de pie en el sendero, mientras Pepe se aleja con su caminar desgarbado.

Cuando lo pierde de vista, decide sentarse de nuevo.

Piensa que debería contarle lo que le pasó, o quizá no.

La herida sigue abierta. Sabe que es difícil salir de la oscuridad y mantenerse a flote.

Desea que él lo consiga. Abre la aplicación de Spotify en el móvil, se coloca los auriculares y escucha la canción Stop crying your heart out, de Oasis.

—No puedo cambiar lo que pasó, ahora todo estará bien —se dice a sí misma.

Cierra los ojos y se deja envolver por la música, como si cada nota sanase.