Capítulo 28
Aurora lee las palabras de Fabiola antes de su desaparición.
Querido diario:
Hoy he visto por última vez a mis pequeños.
Elvira los ha llevado al parque fuera de la urbanización, nuestro lugar secreto para encuentros fugaces, en los que he podido disfrutar de ellos.
Desde el divorcio, Roberto me ha negado las visitas y creí tener la solución, pero no salió bien.
Necesito averiguar la verdad sobre la muerte de mis padres, obtener las pruebas, y para ello debo desaparecer por un tiempo.
Recuerdo una frase del libro de Bret Easton Ellis, me inspiró para mi trabajo de fin de carrera, American psycho: «La superficie, la superficie, la superficie.
.. era todo lo que había». He sido una marioneta, una pieza más del puzle de la ambición desmedida.
Él ideó su plan desde el principio, incluso he valorado la posibilidad de que la quiebra de la naviera de mi padre no fuera por su mala gestión.
Encontraré un lugar seguro. Volver a Los Monasterios no es una opción, temo que me encuentre.
Lo amenacé cuando firmamos el acuerdo de divorcio y no quiero que mis hijos sufran ningún daño.
Fui una estúpida, debí tragarme las palabras.
Mi vida no tiene sentido sin Alexandro ni Rodrigo, pero no me rendiré. Volveré a por ellos.
Cierra la libreta rosa, la deja sobre el escritorio y dirige su mirada a la ventana. El cielo de Madrid está gris, tan gris como su estado de ánimo.
—¿Dónde fuiste cuándo le entregaste el diario a mi abuela? ¿Por qué la echaron del trabajo? ¿Dónde está el dinero de las acciones? —lanza las preguntas al aire sin encontrar respuestas.
Fija la mirada en el fondo caprichoso de pantalla del ordenador; una playa paradisíaca de aguas transparentes, palmeras orgullosas y un cielo limpio de contaminación.
—¿Por qué no? Quizá haga caso a Inma y cuando te encuentre, Fabiola, pillo un avión y me largo unos días.
Observa la carpeta de mensajes recibidos, hay un aviso.
Lo abre, es de Inma, y comprueba los documentos adjuntos.
El primero es el artículo de su amiga; hace un resumen exhaustivo del fraude de las clínicas estéticas.
El segundo es una lista de los centros: nombres, localización y formas de contactar, la mayoría cerraron.
Solo un par de ellos siguen con la actividad, aunque han cambiado de dueño.
Ahora pertenecen a una franquicia rusa, su sede está en Málaga.
Curiosea en Google la web, no le aporta demasiada información, solo el nombre del propietario: Lyov Popov.
Entonces, masculla una idea:
—Si los padres de Fabiola murieron, ella pudo ocupar su lugar en el patronato de la Fundación. Así como Francisco Bataller representar a Constanza como tutor legal. ¿Y si pidió ayuda a la Fundación para desaparecer? ¿Quién será el abogado al que hace referencia?
Abre el keep y crea dos nuevas notas: «Los Monasterios» y «Consultar los miembros de la Fundación». Rodrigo le comentó que se encargaría de ello, pero no volvieron a hablar del tema.
Ayer le contestó con un simple «OK».
Justo en ese momento, escucha el ascensor. Sale a su encuentro.
—¿Qué entiendes por tenemos que hablar? —suelta, con los brazos en jarras, mostrando con claridad el nombre The Beatles en su camiseta negra.
—Buenos días, no me dijiste que fuera urgente. Ayer tuve un día complicado —dice mientras deja las llaves en la mesa del salón y un bolso de viaje, de marca, por supuesto.
—Me lo imagino, ¿te han preguntado por eso? —Señala la cara magullada de Rodrigo. Todavía es visible la secuela de la pelea; el contorno de su ojo ha pasado del morado al azul.
—No, me inventé un viaje inesperado. He dormido estas dos noches en un hotel.
—Muy listo, aunque pasarán unos días hasta que la piel recupere su color.
—He comprado esto. —Rodrigo saca de su bolsillo una base de maquillaje. —Sonríe—. Luego me explicas cómo aplicarlo.
—Ni idea.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, nunca lo he utilizado.
—Eres rara de cojones —dice rascándose la nuca.
—Lo soy —afirma, encogiéndose de hombros—. No es la primera vez que me lo dices. Ven, quiero enseñarte lo que he descubierto.
Aurora entra en la habitación, seguida por Rodrigo.
Se acomoda en la silla de diseño, abre el ordenador y le muestra la página TuristicTour.
Él asoma la cabeza por encima del respaldo.
Ella nota su respiración en el cuello y el olor de la colonia amaderada.
Por un instante, se siente incómoda, como si le robara su espacio, su intimidad.
Intenta centrarse en la pantalla del portátil.
—¿Qué tiene que ver una empresa turística con Fabiola?
—Mira el menú —lo despliega—. Realiza trabajos aéreos con helicópteros y cuenta con más de treinta años de experiencia.
—No entiendo a dónde quieres llegar —dice sentándose en la cama. Aurora lo agradece, y gira la silla hacia él para explicarle lo que ha averiguado.
—Mi contacto en la Seguridad Social me facilitó la vida laboral de Francisco.
Solo trabajó siete meses con la familia Mariscal, antes, estuvo contratado por TuristicTour.
Me imagino que como chófer —aclara—. Esta misma mañana los he llamado con la excusa de escribir un artículo en el periódico sobre las actividades que realizan.
Les ha parecido muy buena idea y he concertado una entrevista con ellos. Tendremos que regresar a Valencia.
—Perdona, no sé si la paliza me ha dejado tonto, porque sigo sin comprender nada.
—Puede que el piloto que estrelló el helicóptero de los padres de Fabiola, que, por cierto, nunca apareció, fuera contratado por Francisco o le facilitó el contacto a Antón Esparza —explica su hipótesis.
—¿Sigues pensando que el chófer está involucrado? Aceptó la tutoría de Constanza sin pedir nada a cambio —rebate la opinión de Aurora, escéptico.
—¿Cómo pudo comprar la licencia del taxi? Estoy segura de que alguien le pagó una buena suma de dinero por gestionarlo, y por eso rechazó el que le ofreció tu madre. Además, como Fabiola cuenta en el diario, fue muy oportuna la cita con la agencia de viajes —razona convencida.
—Lo que supones es enrevesado. Mi padre era duro en los negocios y, no lo niego, ambicioso, pero lo que estás insinuando es más propio de la mafia rusa —expone afectado.
—Hablando de rusos, ¿consultaste los miembros del patronato de la fundación?
—¡Uff! Perdona, lo olvidé… ¿Rusos y fundación? —pregunta confundido.
—Le he dado vueltas en dónde pudo esconderse Fabiola para conseguir las pruebas sin que Roberto la descubriera. ¿Y si les pidió ayuda?
—¿A los rusos? —Sigue perdido.
—No, al patronato. Lo de los rusos es porque dos centros, que antes recibían donaciones de la fundación, ahora pertenecen a Lyov Popov.
La cara de Rodrigo palidece.
—¡Joder! ¡Maldito cabrón!
—¿Lo conoces?
—Él es el culpable de la paliza que recibí el viernes, si no llega a ser por el Búho, hubiera terminado medio muerto en un callejón.
—¿El Búho? Dijiste su nombre cuando te encontré tirado en el pasillo.
—Sí, mi ángel guardián, por lo que se ve.
—No soy una entrometida y menos de tu vida privada, pero en este caso… —Aurora duda en preguntarle.
—¿Quieres saber lo que pasó la otra noche?
—Ella asiente—. Fue por una partida de póquer.
Lyov quería la revancha. La última vez que nos sentamos a jugar, lo dejé sin blanca y pensó que tendría más suerte.
Volvió a perder, me acusó de tramposo y, cuando salí del antro, mandó a dos de sus matones. El resto ya lo sabes.
—¿Eres un ludópata? —se atreve a preguntar.
—No exactamente, es una forma de liberar el estrés, a otros les da por jugar al pádel o practicar boxeo.
—Extraña y gravosa afición. ¿Cuánto dinero perdió el ruso?
—Te asustaría saberlo.
—¿Cómo lo conociste?
—Por Fredi, un asiduo a los casinos. Él me habló de las partidas clandestinas.
—¿Y al Búho?
—Una noche de partida, apareció de un callejón, salvándome de otra pelea.
—¿No te parece extraño?
—¿Él que?
—Un hombre, que no te conoce de nada, interviene para protegerte y evitar una muerte segura. ¿Tu padre sabía que jugabas?
—No lo creo, dado su estado, sobre todo en la última etapa. El único que estaba y está al tanto es Alexandro.
—Quizá… es una idea...
—¿Qué piensas?
—Puede que el Búho sea un guardaespaldas contratado por tu familia, estaría vigilándote, si no, ¿cómo explicas lo oportuno de su intervención? —expone para sorpresa de Rodrigo.
—Es absurdo, no tiene ningún sentido.
—Tienes razón, será mejor que nos centremos en nuestro siguiente paso. Recapitulemos —dice levantándose de la silla, empieza a caminar por la habitación y hace una lista mental—. ¿Tienes el libro de familia?
—No, aún no me han avisado.
—Sería interesante revisar tanto el acuerdo prematrimonial como el del divorcio, por si hay alguna cláusula de la que Fabiola no haya hablado en el diario. El registro civil debe tenerlos, pero sin el libro no creo que te los den.
—Espera un momento, es probable que Victoria guarde las copias, recuerda que su despacho los tramitó.
—De acuerdo, intenta hacerte con ellos, sin levantar sospechas. —Rodrigo asiente—. Por otro lado, no sabemos por qué despidieron a Elvira, ni cuando le entregó el diario y el DVD. ¿Podrías averiguarlo?
—Tiraré de Fidel.
—¿Fidel?
—Mi mayordomo, él es quien me dio la información de Constanza.
—Por último, quiero que saques los patronos actuales de la fundación.
—Eso está hecho. ¿Algo más?
—He concertado la cita con TuristicTour el veintiocho de octubre. Si tu madre forma parte de la Fundación Mariscal, podríamos aprovechar el viaje para hacerles una visita y pedirles autorización para entrar en la casa de Los Monasterios. ¿Qué te parece?
—Buena idea, yo me encargo de organizar el viaje. Mientras, ¿por dónde vas a encaminar la búsqueda?
—Hablaré con mi compañero de sucesos, tiene contactos en la policía y me debe un favor.
Investigaré a Francisco, al tal Lyov Popov y al Búho, quiero comprobar si mantienen alguna vinculación con la Fundación o vuestra naviera, y si tienen antecedentes.
¿Sabes el nombre de tu ángel de la guarda o tienes una foto?
—No, solo lo conozco por el apodo y no se deja fotografiar, pero tiene ojos redondos grandes, nariz de boxeador, mi altura, una cruz tatuada en el antebrazo derecho y ni un pelo en la cabeza. ¡Ah! Rondará los cincuenta años.
—Menudo elemento… Por cierto, ¿dónde estará el dinero de las acciones?
—Ni idea.
—Un segundo… ¿Qué hora es?
Rodrigo saca el móvil del bolsillo.
—La una y media.
—¡Mierda! He quedado con una compañera para comer y luego con mi hermana.
—¿Te acerco?
—No, pillaré un taxi, guardaré el tique.
Aurora coge el abrigo y la mochila. Él la agarra del brazo antes de salir de la habitación.
—Espera, quería darte las gracias.
—Me pagas por ello —dice soltándose de su agarre. «Nada de confianzas», piensa—. Debo irme, te mantendré informado.