La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 27
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Capítulo 27

—Este es el acuerdo de divorcio, firma aquí.

Fabiola está sentada en el despacho de Victoria, quien le ofrece un bolígrafo plateado.

Desde su comida juntas, la ha evitado, a pesar de que la abogada insistió en quedar en otra ocasión.

Antón Esparza, viudo y jubilado, disfruta de su retiro en Málaga, donde reside desde que dejó el bufete.

Posee una mansión cerca de Puerto Banús y dedica su tiempo libre al golf y a navegar en su yate.

Fabiola, tras escuchar la conversación que delató a Roberto como culpable del accidente aéreo, buscó un letrado en Valencia, fuera del círculo de la naviera.

Fija su mirada en la primera página del documento. Roberto la observa en silencio, está sentado frente a ella en la mesa de juntas.

—Quiero leerlo. —Deja el bolígrafo sobre la mesa.

—No es necesario, solo he plasmado el convenio prematrimonial —aclara la abogada. Esta no pierde la compostura, aunque Fabiola advierte un gesto compasivo.

—Aun así, no firmaré a ciegas, como cuando me casé. ¿Puedo quedarme a solas unos minutos? —solicita sin desviar la mirada a su marido.

—No hay problema. Salgamos —dice Roberto, indicándoselo a Victoria con un movimiento de cabeza.

Ambos se levantan y cierran la puerta.

Fabiola no entiende el lenguaje formal. Se arrepiente de no haber asistido a la reunión con su abogado.

Lee por encima la primera parte, dónde explica que el matrimonio se formalizó en régimen de separación de bienes.

Hace referencia al convenio firmado antes de las nupcias, en el que detalla los compromisos adquiridos por ambas partes.

Uno de ellos es que, en caso de divorcio, Fabiola puede exigir la venta de las acciones que aún le pertenecen de la naviera Sanz-Mariscal.

Roberto tiene la obligación de atender esta petición, y comprárselas. En cuanto a los hijos…

—¡No! —Fabiola relee la cláusula, incrédula.

La silla casi cae al suelo al levantarse enfurecida. Camina hacia la puerta y la abre intentando mantener la calma, aunque su corazón late con la fuerza del odio.

—Por favor, Roberto, quiero hablar solo contigo —templa la voz, no quiere dar un espectáculo delante de Victoria y su secretaria.

—De acuerdo —dice él, sin un atisbo de nerviosismo.

En cuanto entra, Fabiola explota.

—¡No puedes pedirme la custodia y patria potestad exclusiva de mis hijos!

—¡¿Tus hijos?! Claro que puedo, así lo decía nuestro convenio prematrimonial. La primera condición era que tuviéramos descendencia antes del año. ¿Lo recuerdas?

—¡Claro que lo recuerdo y he cumplido!

—Así es, y la segunda condición era que, en caso de divorcio, yo me quedaría con ellos. Mi empresa necesita unos herederos formados y educados, para y por el futuro de la naviera. No dejaré que los alejes de mí.

—¡Maldito seas! ¡Te odio! No entiendo cómo pude quererte alguna vez, no tienes corazón.

Por tu culpa me he quedado sola, sin mis padres, y ¿ahora pretendes que te entregue a mis hijos?

¡No lo haré! Son el instrumento para ejecutar tu plan perfecto.

¿Los quieres de verdad? No, claro que no.

Eres… —Fabiola ahoga las lágrimas, debe ser fuerte.

Roberto intenta acercarse a ella.

—¡Aléjate de mí! No quiero que me toques —dice con repulsión.

—Por favor, Fabiola, aún te quiero, os quiero. No firmes el divorcio, criaremos a nuestros hijos juntos.

—¡Jamás! ¿Me oyes?, ¡jamás! Además, no son tuyos —suelta desesperada. Es la última baza que le queda.

—Sí lo son. Al nacer, pedí una prueba de paternidad. No eras virgen, debía estar seguro de…

—¿Dudaste de mí? Nunca pensé que pudieras ser tan ruin. Durante este tiempo me has mentido, siempre lo has hecho.

—No, Fabiola, llegué a quererte, todavía te quiero —rectifica con los ojos hundidos—. Desde la muerte de tus padres no eres la misma. Acepté tus cambios de humor, te ayudé con la depresión e incluso esperé a que todo volviera a ser como antes —argumenta sin éxito.

—Claro, cómo no, por tu conveniencia —dice alejándose de él.

Coge el documento y se lo lanza. Roberto consigue alcanzarlo al vuelo—.

No lo firmaré con estas condiciones. Dile a Victoria que lo redacte de nuevo, quiero la custodia compartida o iremos a juicio —le suelta un ultimátum, frustrada ante la impotencia.

—Me temo que no es posible, dado tu historial médico, ningún tribunal te la concederá.

—¿Mi historial? —pregunta sin entender a qué se refiere—. Solo he asistido a la consulta de la psicóloga que tú me recomendaste. Hace un par de meses me dio el alta.

—Es una psiquiatra.

Fabiola tarda unos segundos en asimilar lo que desconocía.

—¡Estoy harta de tus mentiras, eres un manipulador sin escrúpulos!

No dejaré que mis hijos se eduquen con una persona como tú, egoísta y ambiciosa.

Lucharé por ellos, volveré, Roberto Sanz.

Te hundiré, acabaré contigo —lo amenaza arrancándole el documento de las manos.

Lo pone sobre la mesa, pasa las hojas con rabia y firma—.

Aquí lo tienes, quiero un talón conformado por la venta de las acciones. Hoy mismo —exige.

—Está preparado, la secretaria de Victoria te lo entregará a la salida.

Fabiola atisba una mirada de decepción en Roberto, intuye que no es sincera.

—Me despediré de los niños. Te pido, por último, que Elvira siga a su cuidado. Es una mujer buena y de mi total confianza.

—Sí, por supuesto —dice con voz lánguida.

—Solo me queda una pregunta por hacerte. El día que cancelaste tu viaje a Palma de Mallorca, dijiste que tenías una sorpresa para mí. ¿Cuál era?

—Una cita con la agencia de viajes, no pudimos disfrutar de nuestra luna de miel y quería que eligieras el destino.

—¿Por qué ese día?

—Le pedí a mi secretaria que hablara con la agencia, ella la concertó.

—¿Fue idea tuya?

—¿De quién si no? ¿A qué viene este interrogatorio?

No necesita escuchar nada más.

—Adiós, Roberto Sanz, te juro que volveré a por mis hijos.

Convencida de que demostrará su culpabilidad, abandona el despacho.

Al salir, Victoria le dirige una mirada mustia.

—Lo siento —dice la abogada.

—Yo no.