La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 25
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Capítulo 25

—Yo no estoy loca. —Esas palabras abren una herida que creía cerrada.

Sentada en la cama, abrazada a sus piernas, intenta abstraerse de un pasado que la persigue. No quiere llorar.

«Lo superé, no caeré de nuevo. No lo haré.

No tiene ni idea, no me conoce. Sabía que volvería a ocurrir.

Nunca sale bien. ¿Por qué confié en él? He visto su mirada, la misma de siempre; desprecio, compasión.

Cada día pienso en ser fuerte, en olvidar, y aquí estoy otra vez.

¿Y si no puedo? ¿Y si todo lo que hago es fingir lo que no soy?

No quiero romperme. Ahora no. Me ha juzgado con una palabra vacía para él, pero cargada de dolor para mí».

Permanece en silencio hasta que escucha el sonido del ascensor. Con la seguridad de que Rodrigo se ha marchado, sale de la habitación. Encuentra la botella de alcohol y el vaso sobre la mesa del salón. Ella no necesita beber, solo comer.

Entra en la cocina, abre el frigorífico y saca todo tipo de alimentos, dulces y salados.

Los coloca de forma desordenada sobre la mesa.

Sin sentarse, comienza a engullir, devorar, masticar mezclando sabores.

No tiene tiempo de deleitarse, le da igual.

Quiere sentirse saciada y feliz. Su estómago es pequeño, cuando está lleno, le pide que vomite.

Así lo hace en el fregadero, provocándoselo.

Luego, continúa comiendo. Repite unas tres veces hasta que siente que le arde la garganta. Tiene que parar.

—¡Estúpida! ¡Deseabas este trabajo! —grita fuera de sí.

De un manotazo, limpia la mesa tirando lo que queda de comida al suelo. Termina arrodillándose, desolada, culpable por ser débil. Luego, llora en silencio, con los labios apretados, ahogada en su miseria.

—No puedo más con este cuerpo que no obedece, con esta mente que no calla —dice entre sollozos.

Tras unos minutos, consigue calmarse, y echa un vistazo a su alrededor.

Hasta ese momento no adquiere conciencia de su arrebato.

La cocina impoluta de Rodrigo es un desastre.

Está decidida a marcharse a la mañana siguiente a primera hora, así que, como puede, recoge y limpia.

Todavía puede oler el vómito adherido en la camiseta. Se la quita y la tira a la basura.

—Una ducha y a la cama —dice caminando hacia la habitación en ropa interior.

Antes de entrar en el baño, mira el móvil. Son las tres de la mañana.

Ningún mensaje.

Se desnuda, entra en la ducha y abre el grifo. Está caliente, no le importa. Deja caer el agua, que resbale por la piel, como si así pudiera liberarse de la culpa. Se queda bajo el chorro, inmóvil.

—Será la última vez.

Convencida de su propósito, sale, y mientras alcanza la toalla, escucha el ascensor.

—¿Rodrigo? —pregunta al aire.

Se seca con rapidez, elige una muda y se viste.

De repente, suena un golpe seco en el pasillo. No desea enfrentarse a él, pero presiente que algo no va bien. Entreabre la puerta de la habitación y encuentra el cuerpo de Rodrigo tumbado bocabajo en el suelo.

—¿Esta es tu idea de divertirte un viernes por la noche? —murmura la misma pregunta que él le hizo.

Despacio, camina hacia él. Lo observa durante unos segundos.

—No eres perfecto. —Advierte un intenso olor a alcohol y tabaco, no queda ni rastro de su colonia—. Estás borracho.

Avanza unos pasos, se agacha e intenta espabilarlo.

—Rodrigo, levanta, será mejor que te eches en la cama.

Él no se inmuta. Aurora hace uso de la fuerza para voltearlo.

—¡¿Qué te ha pasado?! —exclama, al verle la cara magullada.

Tiene sangre seca en la nariz, el labio partido y un ojo inflamado.

—¡Rodrigo! ¡Rodrigo! ¡Despierta! —Lo zarandea.

—El… Búho… —balbuce sin abrir los ojos.

Aurora no sabe cómo actuar.

—¿Quieres que llame a una ambulancia?

—No… Hielo…

Corre a la cocina, abre el congelador, saca una bolsa de verdura y la envuelve en el paño de cocina. Regresa a su lado sin perder tiempo.

—Póntelo en el ojo, sujétalo. —Lo ayuda a levantar la mano—. ¿Tienes un botiquín?

—En el armario de… mi baño… debajo del lavabo —consigue decir.

Aurora le realiza una cura superficial allí mismo. Se queda sentada junto a él en el suelo del pasillo minutos, horas, hasta que cae rendida.

El olor a café recién hecho la despierta.

Es de día. Está en su cama, no recuerda cómo ha llegado hasta allí.

Todavía con la resaca emocional de la noche anterior, se levanta entumecida.

Después de pasar por el baño, camina y sigue el rastro de su bebida favorita.

Encuentra a Rodrigo en camiseta y pantalón corto en la cocina, preparando zumo de naranja y tostadas.

—¡Buenos días! —la saluda como si no hubiera pasado nada.

—¿Qué haces?

—El desayuno, es lo mínimo que puedo hacer por ti. Gracias por lo de anoche —dice acercándose a ella. Su rostro ha mejorado, aunque un cerco morado rodea su ojo.

—Tengo que recoger mis cosas, solo quiero un café. —Lo esquiva, alcanza una taza y se sirve.

—¿No me preguntas nada?

—Lo que hagas con tu vida no me interesa. —Intenta salir de la cocina. Rodrigo le bloquea la puerta.

—Hablemos, quiero pedirte perdón. Ayer no debí venir sin avisarte. Lo siento, no pensé que te molestaría tanto —dice rascándose la nuca.

—Es tu casa y, tranquilo, nuestro trato ha terminado. La loca se va.

—Espera un momento, ¿eso fue lo que…?

—Aparta de la puerta —insiste.

—Fue una frase hecha. Confieso que eres un poco rara, pero no creo que estés loca.

—¿Has terminado?

—No, no he terminado. Te necesito, mejor dicho, Fabiola Mariscal nos necesita. Eres la única persona en la que confío. ¿No quieres saber la verdad? Somos un equipo —argumenta.

—¿Un equipo? —pregunta irónica.

—Lo has hecho otra vez.

—¿Él qué?

Aurora no espera a escuchar la respuesta. Ambos sonríen.

—¿Cuento contigo?

Rodrigo le ofrece la mano. Ella la acepta.