La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 24
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Capítulo 24

Alexandro convence a su hermano para que lo acompañe a una fiesta en la upper room de la discoteca Opium Madrid.

Rodrigo está sentado junto a la barra con su copa de Tanqueray Old Tom y tónica.

Intuye que asistir al evento es una idea de Victoria.

Solo tiene que echar un vistazo a su alrededor para comprobarlo, la proporción es de tres mujeres por cada hombre.

Ellos, hijos de familias acaudaladas de la capital.

Ellas, ni idea. Las botellas de alcohol, el polvo blanco y el olor a sexo inundan la sala privada, parece una guarida oculta en el mismísimo infierno.

Las luces rojas y moradas crean un ambiente tentador.

Alexandro lo aprovecha; tontea en un rincón con una rubia llamativa.

Él le come la oreja, ella sonríe con falsedad.

Hace unos días, quizá estaría en la misma situación.

La percepción de su vida ha cambiado desde la lectura del diario.

Su padre erigió un imperio basado en mentiras, juego sucio y ambición.

La duda de que fuera el culpable de la desaparición de Fabiola Mariscal lo acecha.

Necesita otra copa. Llama a la camarera.

—Lo mismo —le pide empujando con el dedo el vaso vacío.

—Otra para mí —escucha una voz femenina.

Rodrigo se gira hacia ella. «La amiga de la rubia», piensa.

—Te invito, pero no necesito compañía, gracias.

Espera a que le sirvan, paga y se aleja de ella.

—¡Colega! ¡Cuánto tiempo sin verte! —grita Fredi, un conocido de Rodrigo.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunta extrañado. No pertenece al círculo de amistades de su hermano.

—He venido con aquella. —Señala la pista de baile. Hay un grupo de chicas, podría ser cualquiera. Fredi acerca la boca al oído de Rodrigo, la música es ensordecedora—. ¿A que está buena?

—Sí, no está mal —dice por quitárselo de encima.

—Esta noche hay partida, han venido los rusos. ¿Te apuntas?

—Lo he dejado, no me interesa.

—¿Te acuerdas de Lyov, al que dejaste pelado la última vez?, me preguntó por ti. Quiere la revancha.

—Sí, y no le daré la oportunidad.

—Como quieras, por si cambias de idea, te paso la ubicación, es a la una. —Le da dos palmadas en la espalda—. Te dejo, esta noche follo.

—Suerte.

Fredi es simpático, aunque con un físico poco agraciado; lo compensa con una cartera siempre llena.

Para Rodrigo, el juego fue una vía de escape.

Cuando regresó como hijo pródigo al negocio, la tensión con su padre se suavizó por un tiempo, hasta que volvieron los reproches y las broncas.

Empezó a frecuentar, primero, los casinos legales, y después, los lugares clandestinos dónde un grupo —casi todos de nacionalidad rusa— organizaba partidas de póquer.

Acabó sentado en mesas donde apostaban sumas obscenas y la única regla era que nunca se abandonaba la partida hasta que el vencedor desplumaba al resto.

Una noche, en la que había superado la dosis habitual de alcohol, entró en discusión con uno de los jugadores.

La pelea casi lo lleva al hospital si no hubiera intervenido un ruso, del que nunca llegó a saber su nombre real.

Lo apodaban el Búho por su físico y porque siempre estaba al acecho en la noche madrileña.

Nunca entablaron amistad, ni fueron confidentes.

Sonríe al recordarlo. Saca el móvil del bolsillo, solo son las once de la noche. Aburrido y sin despedirse abandona la discoteca.

Aurora no lo ha llamado. Así que decide parar un taxi, la carrera la paga en efectivo. No quiere dejar ningún rastro en el móvil o la tarjeta. Puede que la visita no sea del agrado de la periodista, aun así, no le importa.

El edificio tiene portero las veinticuatro horas.

Este, al comprobar de quien se trata, le abre mientras él busca la llave en el bolsillo, siempre la lleva consigo.

Accede al ascensor y sube. Al entrar en el estudio, está a oscuras.

A su paso, la luz del pasillo se enciende, camina hasta su habitación despojándose de la chaqueta y la corbata; las tira sobre la cama.

Le extraña que Aurora no lo haya escuchado, así que, se acerca con sigilo a su puerta.

—¿Estás despierta? —pregunta tocando con los nudillos.

No contesta. Tras el incidente en el piso de Aurora y con el temor de que le haya ocurrido algo, no lo piensa, abre.

La visión le parece surrealista. Ella está en camiseta, con los cascos puestos, el móvil en la mano y saltando encima de la cama como una posesa.

Comienza a cantar, o mejor dicho, grita una canción.

Rodrigo la reconoce al instante: Don’t stop me now, de Queen.

Aurora no advierte su presencia hasta pasados unos segundos; al hacerlo, se queda inmóvil.

—¿Esta es tu idea de divertirte una noche de viernes?

Ella, por fin, reacciona. Salta de la cama quitándose los cascos.

—¿Qué coño haces aquí? —Camina hacia él enfurecida.

—Me dijiste que hablaríamos y no me has llamado —suelta tranquilo, gracias a las copas.

—¿Dónde tienes el teléfono?

—Aquí, en el bolsillo. —Señala el pantalón.

—Dámelo.

—¿Para qué? No…

Aurora mete la mano y lo coge. Le muestra la pantalla.

—Desbloquéalo.

Rodrigo obedece, sin entender lo que se propone. No está muy lúcido.

Ella comienza a revisar los contactos.

—¿Mi número no está guardado en la agenda?

—Busca Ruby.

—¿Ruby?

—Lo has hecho otra vez.

—¿El qué?

—Repetir la última palabra.

—No tiene gracia.

Aurora encuentra el nombre, marca y le devuelve el teléfono. Luego, contesta a la llamada.

—Hola, Rodrigo, ¿puedes salir de mi habitación?

—Estoy aquí, ¿por qué no me lo dices directamente?

—Si quieres hablar, sal de mi habitación —lo ignora.

—De acuerdo.

Ya en el pasillo, escucha un portazo.

—Te dije que quiero estar sola. La próxima vez que se te ocurra visitarme sin avisar, me largo.

—¿Estás loca?

Silencio.

—Mañana recojo mis cosas, seguiré con la investigación en…

—Si te largas, quedas despedida.

—De acuerdo.

La decisión de Aurora deja a Rodrigo noqueado.

Está en medio del pasillo sin saber qué ha pasado en la habitación. Con el móvil en la mano, mira hacia la puerta, confundido. Su ultimátum no ha servido de nada. Sabe que ella quiere seguir con la investigación, sin embargo, no ha dudado ni dos segundos en decidir abandonar.

Abre el armario del salón, coge un vaso ancho y la botella de Tanqueray.

—Es viernes, no dejaré que esta estúpida me amargue la noche.

Rellena el vaso en un par de ocasiones, a la tercera recibe un wasap. Es Fredi.

—Nos falta uno, ¿te apuntas?

—OK —escribe. «A la mierda», piensa.

Deja la bebida sobre la mesa dirigiendo su mirada hacia uno de los cuadros. Justo el que está encima del sofá. Camina decidido, lo desliza y descubre la caja fuerte. Teclea el mismo código de la alarma. Saca un fajo de billetes, la cierra y coloca el cuadro.

Entra en la habitación, recoge la chaqueta y sale convencido de que será una gran noche.