La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 22
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Capítulo 22

Fabiola tiene una cita con Antón Esparza, quien fue el abogado de su padre. Aunque la herencia está liquidada, necesita asesoramiento legal sobre ciertos asuntos pendientes.

El chófer de la familia estaciona en el aparcamiento subterráneo del Edificio Windsor. Baja y le abre la puerta.

—Espérame aquí. No tardaré.

—Sí, señora.

Fabiola se alisa el vestido holgado, aunque han pasado cuatro meses desde el parto, mantiene el sobrepeso del embarazo. Camina decidida hacia el ascensor y pulsa el botón de la planta veintiuno. La imagen del espejo le desagrada.

—Estás gorda —se dice a sí misma.

Al entrar, la recepcionista asoma la cabeza por encima del mostrador.

Fabiola ignora su mirada curiosa, no necesita ninguna indicación.

No es la primera vez que visita al abogado.

La distribución de la planta es funcional, con zonas comunes, de descanso y despachos.

El bufete Esparza comparte espacio con otras sociedades prestigiosas dedicadas al asesoramiento o la abogacía.

Localiza la puerta rotulada con el nombre del abogado. Está entreabierta y escucha que habla por teléfono. Espera educada fuera hasta que termine.

—Sí, lo sé, no te preocupes —dice Antón—. El piloto no hablará. Es de mi total confianza. Fue buena idea lo de Palma de Mallorca. Sin los padres pronto conseguirás lo que tanto has deseado. Debo colgar, Fabiola está a punto de llegar. —Hace una pausa—. Claro, claro, lo tendré en cuenta. —Cuelga.

Fabiola no da crédito a las palabras de quien creía ser amigo de sus padres.

Se aleja de la puerta unos pasos para asimilar lo que ha escuchado.

Las imágenes, los recuerdos, los meses junto a Roberto pasan ante ella como ecos desordenados.

Siente un ligero mareo, apoya la espalda contra la pared para guardar el equilibrio y cierra los ojos.

—No puede ser verdad —susurra.

Las piernas le flaquean. Intenta concentrarse y respirar pausadamente.

—¿Fabiola? ¿Te encuentras bien? —Escucha la voz de Victoria acercándose a ella.

—Estaba un poco mareada, ha pasado. Estoy mejor. —Se recompone como puede.

—¿Qué haces aquí?

—Tenía una cita con tu padre…, pero acabo de recordar que he olvidado los documentos en casa. Volveré otro día.

—Ya que estás aquí, ¿por qué no comemos juntas?

La relación entre las dos mujeres es cordial, aunque no son confidentes ni amigas. En un principio, a Fabiola le parece una idea absurda. No obstante, acepta. Quizá Victoria le pueda esclarecer la conversación que acaba de escuchar o maneje información que ella desconoce.

Deciden comer en un restaurante cercano al edificio Windsor. Es un local elegante y discreto.

—¿Pedimos vino? —pregunta Victoria mientras echa un vistazo a la carta.

—Aún estoy con la lactancia, no bebo alcohol.

—¡Ah, sí! Perdona. ¿Cómo están los mellizos?

—Preciosos —contesta con nostalgia. No puede quitarse de la cabeza la ausencia de sus padres.

—Son dos primores, me imagino que estarás muy atareada. —Victoria cierra la carta.

—Sin la ayuda de Elvira, sería imposible atenderlos. Gracias a que la tengo a ella, es más llevadero.

—Parece una buena mujer, últimamente el servicio está fatal.

—No la considero del «servicio», es mi familia —aclara.

—Será mejor que pidamos, ¿qué te apetece?

—Ensalada y lubina a la espalda.

—Buena elección. —Victoria levanta la mano para llamar al camarero—. Pediré lo mismo.

Fabiola la observa. Podría llevar un saco sobre su cuerpo y hacerlo lucir igual que un vestido de gala.

La envidia. Reconoce que, desde que Roberto le contó la relación que mantuvo con ella, siente celos.

No olvida por qué ha aceptado la invitación, debe ser cauta.

La única persona que se beneficia de la muerte de sus padres es su marido.

—¿Por qué no quisiste casarte con él? —suelta sin pensar.

—¿Con quién? —Victoria no entiende la pregunta.

—Con Roberto.

—Te lo ha contado, le aconsejé que no lo hiciera.

—¿Por qué?

Victoria retoca su pelo corto con los dedos, coloca los antebrazos en la mesa y cruza las manos.

—No quería que nuestra relación estuviera condicionada, pensé que podríamos ser amigas.

Tengo muy claros mis objetivos y, puedes estar tranquila, él no es uno de ellos.

Estamos en los noventa, estoy segura de que las mujeres conseguiremos abrirnos paso en este mundo de hombres.

Cuando mi padre se jubile, ocuparé su lugar; sin marido, sin hijos, sin distracciones y sin más responsabilidad que la de mi trabajo —termina su discurso feminista sin parpadear.

—Todos necesitamos a alguien a nuestro lado. ¿Y el amor?

—No lo rechazo, solo que tampoco lo busco. A Roberto lo considero un buen amigo, sin olvidar que es nuestro mejor cliente. La fusión Sanz-Mariscal fue un gran acierto —admite convencida.

—¿Sabes quién le sugirió que yo fuera parte del trato? —lanza la pregunta porque sabe que su bufete redactó el contrato prematrimonial.

—Ni idea, la verdad es que a mí también me sorprendió, pero ahora puedo decir que no se equivocó al elegirte —sonríe—. Eres ideal para él.

—Gracias.

El camarero les sirve las ensaladas. Fabiola marea la lechuga en el plato.

—El día del accidente de mis padres, ¿sabes quién organizó el viaje a Palma?

—¿Es necesario hablar de ello? Sé que te causa dolor.

—Solo es por curiosidad.

—Roberto.

La contestación de Victoria es rotunda y confirma lo que suponía.

La muerte de sus padres no fue un accidente.