Capítulo 21
Son las nueve de la noche.
Ringo come los copos que flotan en el agua ajeno a la inquietud de Aurora.
Como había intuido, el supuesto ladrón no ha sustraído nada de valor.
No le deja lugar a dudas de que buscaba el diario.
Según Rodrigo, solo su hermano y ellos dos saben de su existencia.
Repasa mentalmente la conversación de Francisco Bataller y coteja fechas con las notas del ordenador.
—¡He llegado! —Escucha como suelta las llaves en la mesa del salón.
—Estoy en mi habitación —dice sin apartar la vista de la pantalla.
—Gracias por el recibimiento —bromea sentándose en la cama. Aurora arruga la nariz—. Estoy destrozado, necesito dormir y quitarme los zapatos. ¿Te importa? —Señala sus pies.
—Mientras no huelan.
—Muy graciosa, ¿tienes algo que contarme o he venido para nada? —pregunta descalzándose.
Aurora gira la silla para colocarse frente a él.
—Han entrado en mi casa, atacado a un compañero y dejado esta nota —suelta sin preámbulos. Le muestra la bolsa que contiene la amenaza del intruso. Omite el destrozo, no necesita entrar en detalles.
Rodrigo parpadea un par de veces, incrédulo. Coge la nota plastificada y la lee.
—¿No dices nada? —inquiere impaciente.
—Lo estoy procesando. Tu compañero… ¿está bien?
—Sí, solo tiene un chichón en la cabeza. ¿Quién conoce la existencia del diario? Está claro que es lo que buscaba.
—Solo Alexandro —afirma con seguridad.
—Eso no es cierto. Cometiste un error en Valencia, se lo dijiste a Francisco. ¿Lo recuerdas?
—¡Joder! Tienes razón, pero él no tiene nada contra nosotros. Ayudó a Fabiola y ha permanecido alejado de la naviera. Podría haberse lucrado de la fortuna de Constanza y no lo hizo.
—Lo sé, sin embargo, hay lagunas en lo que nos contó. Mañana hablaré con mi contacto de la Seguridad Social.
—¿Para qué?
—Le pediré su vida laboral y comprobaré que no está vinculado con vuestra empresa.
—No entiendo a dónde quieres llegar. ¿Qué interés tendría Francisco en robar el diario?
—Es solo por descartar si estuvo implicado en la desaparición de Fabiola.
—Por esa lógica, todas las personas con las que hablamos en Valencia podrían ser sospechosas, incluso la mujer de Francisco. ¿Te fijaste en ella?
—¿Por qué supones que es su mujer?
—¿Quién iba a ser si no?
Aurora se levanta de la silla. Camina por la habitación, intentando buscar una explicación al allanamiento de su piso. Entonces recuerda un pasaje, del día del cumpleaños de Fabiola. Vuelve al escritorio, abre el diario y lo busca.
—¡Aquí está! Lo sabía. Ella escribe que el chófer solo llevaba trabajando con su padre tres meses.
—¿Y? No acabo de entenderlo.
—Es normal, nunca te han despedido. Los padres de Aurora mueren en octubre y él es despedido.
Dijo que se compró la licencia del taxi con el finiquito y un préstamo.
En la actualidad, con un sueldo de mil quinientos euros, la indemnización por despido a los seis meses no supera los dos mil.
Nos mintió. Un banco no financia el cien por cien de la inversión, estoy segura.
—Intentó pedir dinero para un coche y se lo denegaron, no aportaba suficientes fondos propios.
—Eso no prueba nada, podía tener ahorros o haber acudido a una financiera…
—Mañana saldremos de dudas —lo interrumpe.
—¿Por qué esa fijación con él?
—Tengo una intuición. Además, me llamó por mi nombre cuando nos despedimos.
—Supongo que los del centro se lo dirían.
—Ni el doctor ni la enfermera lo sabían, recuerda que me presentaste como tu mujer.
—Está bien, lo admito, tienes razón. Eres buena. ¿Cuánto tiempo llevas en sucesos?
—Poco. —Recuerda que Rodrigo no se ha interesado por leer los artículos que escribe. Si así fuera, descubriría la mentira —. Los dos necesitamos descansar —opta por no alargar la conversación en ese sentido.
—¿Me estás echando? Podrías habérmelo contado por teléfono.
—No me fio, alguien podría escuchar… —Aurora detiene sus palabras.
—¿Qué pasa ahora?
—Nada, es tarde, necesito dormir.
Rodrigo coge de mala gana los zapatos, sale de la habitación y toma el ascensor.
Ella se tumba en la cama y abre el diario. Busca la fecha aproximada que coincide cuando Fabiola decidió pedirle a Francisco que fuera el tutor legal de Constanza.
Julio, 1995
Querido diario:
Ha pasado tiempo desde que te escribí por última vez.
Era incapaz de confiarte el dolor de la pérdida de mis padres.
Creía que lo había superado, pero con el nacimiento de los mellizos, Alexandro y Rodrigo, caí en una depresión posparto, o al menos es lo que la psicóloga me diagnosticó.
Fue idea de Roberto acudir a su consulta.
Nuestra relación estaba pasando por un momento crítico.
Su primer consejo fue que escribiera lo que sentía, que me desahogara.
Intenté hacerlo, pero mi mente se quedaba en blanco, hasta hoy. Debía contártelo.