Capítulo 20
Para Rodrigo, Aurora es un misterio. Cada vez que intenta acercarse a ella, un muro intangible acaba interponiéndose entre los dos.
Lo piensa mientras está sentado en su despacho de la planta diecinueve de la Torre Picasso.
Siempre se ha considerado un hombre simpático y con habilidades para conquistar a cualquier mujer. Suena vanidoso, pero es cierto.
La visita a las oficinas de la naviera en Valencia, así se lo demostró una vez más.
Después de redactar el documento que le había pedido Alexandro, la recepcionista lo esperaba para cerrar.
No quedaba nadie, excepto ellos dos. Solo tuvo que subir al ascensor para convencerla de que cenaran juntos, lo que vino después…
—¡Joder! Ahora entiendo la actitud de Aurora —habla solo.
Mira el reloj, son las nueve pasadas. La llama. Comunica.
Cuando salieron del Centro La Torreta, estaba noqueado. Olvidó que ella le había ofrecido cenar con él. También masculló algo sobre que la historia de Francisco no le cuadraba. En el trayecto de vuelta, Aurora se quedó dormida y al llegar a Madrid, su despedida fue un simple: «Hablamos mañana».
Espera unos minutos y vuelve a marcar. Suenan varios tonos, no lo coge.
Intenta concentrarse en el trabajo, imposible. Sabe que ha metido la pata y debe disculparse. Gira la silla hacia el ventanal. Observa como las gotas de lluvia resbalan por el cristal encadenándose unas con otras. Es relajante.
Comienza a recordar las palabras de Francisco: el plan de Fabiola para alejarse de su padre.
Se pregunta si lo conoció de verdad. Era tan distinto a como ella lo describía.
Siempre lo sintió distante y nunca escuchó de su boca un «te quiero» o una palmada en la espalda por sus logros.
Él no era su favorito, nunca lo fue. Omitió a Aurora que la decisión de tomarse un año sabático no fue un capricho.
Después de la última bronca, estaba decidido a no regresar.
Nunca hacía nada bien, nunca. Una llamada de Alexandro, comunicándole que su padre estaba ingresado, lo obligó a volver.
Fue el primer ataque al corazón. Su salud se deterioró a partir de entonces hasta que cayó fulminado una mañana, cuando intentaba levantarse de la cama.
Victoria lo encontró tendido en el suelo, y aunque avisó a la enfermera que lo atendía, no pudo hacer nada por él.
No sintió tristeza ni dolor, solo rabia. No pudo llorar.
El sonido del teléfono interno lo devuelve al presente. Gira la silla y aprieta el botón del altavoz.
—¿Sí?
—Rodrigo, tienes una visita, me indicaste que nadie te molestase—le comunica su secretaria.
—¿Quién es?
—Tu madre.
—Ella es una excepción, dile que entre.
Victoria abre la puerta ataviada de forma exquisita; con un traje de chaqueta pantalón verde oliva a juego con el color de sus ojos, conjuntado con una camisa blanca.
A pesar de sus sesenta años, mantiene un cuerpo estilizado.
Siempre está perfecta, bien peinada, maquillada y perfumada, podría pasar por una mujer de cuarenta y muchos.
—¿Qué hacías ayer en Valencia? —pregunta caminando con decisión hacia él.
Rodrigo se levanta para recibirla.
—Buenos días para ti también. Esta mañana no te he visto en el desayuno… ¿Cómo sabes que estaba en Valencia?
—Sé leer, lo escribiste en la contestación al requerimiento que acabo de enviar.
—Tienes razón —dice rascándose la nuca—. Fui a una quedada con amigos de la universidad.
—Debiste pasarlo bien, anoche llegaste tarde. —Victoria pasea por el despacho mientras habla. Rodea el escritorio y echa un vistazo a la pantalla del ordenador.
—No estuvo mal. —Él la sigue.
—¿Por fin te ha cazado una mujer? —Sonríe con picardía. Rodrigo lo niega con la cabeza—. Alexandro y tú sois jóvenes, guapos, con una buena posición y, sin embargo, seguís solteros. La prensa conjetura sobre vuestra inclinación sexual.
—La verdad, no me preocupa, incluso me divierte.
—Convendría que os dejarais ver con alguna chica de vez en cuando.
—¿Lo dices en serio? —Rodrigo arruga el entrecejo.
—Sí, muy en serio. Pronto se celebrará el consejo de administración para nombrar al nuevo presidente de la naviera. Sus miembros son chapados a la antigua. No quiero que un artículo sensacionalista mine sus mentes arcaicas.
—Ese puesto no es para mí, se lo cedo a Alex encantado.
—Lo imaginaba, aun así, debes apoyarlo y que se perciba vuestra unión. Tú eres importante para él, aunque no lo creas —aclara acercándose—. Sois mis chicos, no permitiré que nadie os arrebate lo que tu padre consiguió con su esfuerzo.
—Y gracias a la fusión y el matrimonio con Fabiola Mariscal —suelta, sin pensar.
Victoria alza las cejas.
—Esa mujer desapareció de vuestras vidas. El comentario está fuera de lugar.
—Perdona, no sé por qué lo he dicho —se muestra arrepentido. No por el daño que ha podido causarle, sino porque desvela un interés por alguien que para él nunca existió—. ¿Por qué te casaste con papá? —osa preguntar. Sabe por el diario que no era su idea de futuro.
—Por vosotros. Es cierto que nunca quise ser madre, sin embargo, como amiga de tu padre, estaba en la obligación de ayudarlo.
—¿Lo quisiste?
—Mucho… —Los ojos de Victoria brillan humedecidos por el recuerdo.
—Lo siento.
Rodrigo la abraza. Desde que Fabiola ha entrado en su vida, se ha alejado de Victoria.
«No se lo merece», piensa.
—Debo volver al bufete, me esperan —dice peinándose con los dedos.
—Nos vemos en la comida. —La besa en la frente.
La observa hasta que sale del despacho. Luego, continúa con el trabajo que había dejado.
Las horas pasan sin darse cuenta. Al terminar, echa un vistazo al móvil, hay un mensaje de Ruby. Es el apodo de Aurora. Lo eligió por una canción de los Rolling, Ruby Tuesday , uno de sus grupos favoritos.
—Tenemos que vernos, pasa por el ático esta noche.
Lo lee y borra el chat.