Capítulo 19
Aurora no cree la versión de Francisco Bataller.
La tarde anterior, después de pasar por el periódico y dejarle las llaves a Inma, Rodrigo la llevó al ático.
Pensaba que había algo que no le cuadraba en la historia del chófer.
Intentó conciliar el sueño, pero necesitaba ordenar las ideas en su cabeza.
Comenzó a releer el diario de nuevo hasta que cayó rendida en la cama, vestida.
Abre los ojos, alcanza el móvil de la mesita y comprueba que son las nueve de la mañana. Desactiva el modo avión. Comienzan a llegarle mensajes y perdidas de Pepe. Salta de la cama, ni siquiera lee el chat. Lo llama.
—¿Qué ha pasado? —pregunta sin saludar.
—¿Dónde estabas? —La voz de su amigo es de preocupación.
—Perdona, había dejado el móvil en silencio. No quería molestar a mi hermana —miente.
—Tienes que venir a tu piso, alguien ha entrado.
—¿Cómo? —Aurora busca las zapatillas debajo de la cama.
—Tranquila, te lo contaré cuando llegues. He llamado a la policía para que hicieran una primera inspección. Faltaría la denuncia, así como la lista de los daños y losustraído, les dije que tú se la darías cuando lo comprobases.
—En quince minutos estoy allí.
—No corras, ten cuidado. Mi coche está en tu plaza de garaje, aparca en la calle.
—De acuerdo.
El tráfico es un caos en Madrid y tarda más de lo esperado, incluso tiene que dar dos vueltas a la manzana para encontrar aparcamiento.
Además, llueve. Se coloca la capucha del abrigo antes de salir del coche.
Corre hasta el portal. Angustiada, entra en el ascensor, pulsa el botón un par de veces, como si ese gesto acelerase la subida.
Suena el teléfono, es Rodrigo, lo ignora.
Al llegar a la planta, respira un par de veces antes de introducir la llave original, la gira y abre la puerta con un toque suave.
La imagen que encuentra es peor de la que había imaginado.
El piso es un laberinto de cajones, recuerdos y ropa tirada. Está destrozado.
—¿Pepe? —lo llama. No se atreve a entrar sola.
—¡Estoy aquí, en la cocina!
Aurora cierra la puerta tras ella y camina sorteando el desorden con la mochila abrazada contra su pecho. Encuentra a su amigo colocando un armario con la poca vajilla que ha sobrevivido, y advierte un vendaje en la parte posterior de su cabeza.
—Deja eso. ¿Qué te ha pasado? —pregunta, suelta la mochila sobre la encimera y se acerca a él.
—No es nada, Enana, no te preocupes —dice, llevándose las manos al apósito.
—¿Que no me preocupe? No entiendo cómo… —No puede hablar.
—Será mejor que salgamos de aquí, te lo contaré cuando se te haya pasado el susto.
Aunque Aurora está intrigada por lo sucedido, acepta no entrar en detalles. Necesita un café. Buscan un local cercano bajo la lluvia. Después de pedir sus consumiciones, se sientan.
—Ayer llegué al piso sobre las once de la noche —comienza a explicar.
—¿Tan tarde? ¿Bebiste?
—No, cuando recogí las llaves, no sabía si tendrías comida en el frigorífico y cené fuera.
Al intentar abrir la puerta, olvidé tu consejo, así que tardé unos minutos en cogerle el tranquillo hasta que la cerradura cedió.
Escuché el sonido del ascensor, pero no miré atrás.
Entonces sentí un dolor fuerte en la cabeza.
Quien fuera el que me atacó, sabía dónde golpear, me dejó inconsciente.
—Tuvo suerte, sería un caco de los que se cuelan en los bloques. No es la primera vez que sucede en el barrio; pillan a los vecinos desprevenidos y entran en sus casas —le resta importancia.
—No, no lo creo. Desperté dentro del piso, se tomó la molestia de arrastrarme.
Ni siquiera abrió mi maleta y dejó esta nota.
—Pepe mete la mano en el bolsillo y saca un pedazo de papel dentro de una bolsa de congelar—.
No se la he entregado a la policía hasta hablar contigo.
¿En qué andas metida, Aurora? —La llama por su nombre, prueba evidente de la seriedad de sus palabras.
—Siento mucho lo que te ha sucedido, ¿qué dice?
—Léela, pero no la saques de la bolsa, puede que el ladrón haya dejado sus huellas.
Aurora la coloca sobre la mesa y la alisa con las manos.
—«Deja de buscarla». —Lee en voz alta. Su mirada se queda anclada en las tres palabras escritas a mano.
Reconoce la hoja de papel; es de una antigua agenda que guarda en el armario del salón.
La fecha que ha elegido el intruso, diecisiete de junio, no le deja lugar a dudas; es el cumpleaños de Fabiola.
—¿Vas a contármelo? —Pepe adopta su postura favorita, recostándose en el respaldo de la silla. Espera la respuesta. Ella sigue inmersa en el mensaje—. Aurora, ¿estás bien?
—Sí, lo siento —consigue decir. Coge la bolsa y la guarda en la mochila.
—¿La vas a entregar a la policía?
—Pepe, no puedo hacerlo. Me gustaría contártelo, pero… —duda unos segundos— después de lo ocurrido, no quiero ponerte en peligro. Si ese golpe no hubiera sido certero, podrías haber muerto.
—Me halaga que te preocupes por mi seguridad, y ¿qué pasa con la tuya? Esto es muy serio.
—He dado mi palabra.
—Hay veces que es necesario romperla. —Se incorpora, clavándole la mirada.
—No insistas. Será mejor que busques, cuanto antes, otro sitio dónde alojarte.
—Está solucionado, vuelvo a casa. Llamé a mi mujer. Tuve una conversación de más de una hora y me convenció. Le he prometido acudir a Alcohólicos Anónimos. Las dos tenéis razón.
—Me alegro de que hayas recapacitado, me imagino que habrá sido duro para ti dar este paso.
—La decisión está tomada, no puedo tirar por la borda ni mi matrimonio ni mi carrera. A ti, por lo que veo, no puedo hacerte recapacitar sobre el asunto que te traes entre manos.
—No, será mejor que volvamos al piso.
—Te ayudaré a recoger, así podrás redactar la lista.
—Gracias, eres un buen amigo.
—De nada, Enana.
Aurora sabe que no faltará nada.