La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 18
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Capítulo 18

Aurora cenó sola.

Ha madrugado para revisar los datos y ordenar las ideas.

Crea una nueva nota con el nombre del chófer, Francisco Bataller, desconoce el segundo apellido y busca en Google para completar la información.

También explora posibles perfiles en redes sociales con su usuario anónimo.

Los resultados son demasiados, podría ser cualquiera.

Las tripas le rugen, anoche solo cenó un sándwich de la máquina de recepción.

Como el desayuno está incluido en la estancia del hotel, decide aprovecharlo.

Rodrigo no ha dado señales de vida desde ayer por la tarde.

Intuye que llegaría rendido del trabajo, así que prefiere no molestarlo.

Coge la tarjeta, el móvil y se dirige hacia el ascensor.

Entonces escucha unas risas. Una mujer sale de la habitación de Rodrigo.

Viste un traje rojo de chaqueta, con hombreras infinitas y minifalda, ajustado.

Camina hacia ella decidida, como una modelo de alta costura, contoneándose.

Le viene a la memoria Melanie Griffith en Armas de mujer, aunque la de rojo, en la película, era Sigourney Weaver.

—Buenas, bonito día —saluda sonriente.

—Buenos días —Aurora contesta educada. No entiende el comentario, está nublado.

Al abrirse la puerta del ascensor, ambas entran.

Aurora se apoya en la parte del fondo. Observa a la mujer, está de espaldas a ella.

Saca del minibolso una barra de labios y se retoca frente al espejo.

Luego, con un movimiento brusco, baja la cabeza y alborota su melena rubia, incorporándose de nuevo al llegar a la primera planta, su destino.

La ve alejarse, igual que las miradas furtivas de los hombres que se cruzan con ella.

Aurora no está decepcionada por el plantón, ni siquiera enfadada.

—Mejor así —dice mientras camina—. No era buena idea.

El sonido de un mensaje en el móvil la saca de sus pensamientos. Abre el chat y lee:

—Tengo hambre, ¿desayunamos? —Es Rodrigo.

«No me extraña», piensa.

—Estoy en el restaurante, baja cuando quieras.

—OK.

Aurora recorre los expositores buscando su menú.

No suele desayunar demasiado, así que se sirve café, zumo de naranja y una tostada con aceite de oliva.

Elige una mesa cerca de la entrada para que Rodrigo la localice en cuanto decida presentarse.

Diez minutos más tarde, aparece por la puerta levantando la mano, aún tiene el pelo mojado.

Le da un tono más oscuro a su castaño natural.

—Buenos días, ¿has dormido bien? —pregunta al llegar a su lado.

—Muy bien, ¿y tú? —le contesta llevándose el último pedazo de tostada a la boca.

—Poco, no he podido dejar de pensar en la visita de ayer.

—Claro, normal. —«¿En cuál de ellas?», piensa.

—¿Te ocurre algo? Normalmente eres seria, pero hoy parece que te ha poseído Miércoles Addams, o igual te has mimetizado con esas camisetas oscuras que utilizas. ¿No has pensado en cambiar de color y de talla? No te favorecen —suelta del tirón.

—Imagino tus gustos, y no, gracias —dice pensando en el atuendo de la rubia.

—Voy a por mí desayuno —le anuncia rascándose la nuca.

Tras recoger los equipajes y pagar la cuenta, emprenden el viaje a Massamagrell.

Rodrigo entrega la documentación en el juzgado.

Le avisarán cuando esté preparado el libro de familia, debido a la carga de trabajo, puede que tarde un par de semanas.

Luego, se dirigen a Paiporta, a la dirección que le facilitaron en el Centro La Torreta.

Está a media hora. Una vez allí, localizan la calle y aparcan sin dificultad en las inmediaciones. Tocan en el portero automático.

—¿Sí? —escuchan la voz de una mujer.

—Soy Rodrigo Mariscal, busco a Francisco Bataller.

—Sube —dice sin más.

No hay ascensor, utilizan las escaleras y al llegar a la segunda planta, les espera un hombre.

Ronda los sesenta, luce una frente con entradas y canas que tiñen su pelo castaño.

Su aspecto es cuidado, viste con unos vaqueros y una camisa de marca.

Tiene cierto atractivo, tal y como escribió Fabiola en el diario.

—Os estaba esperando, el centro me avisó ayer de la visita que recibió Constanza. —Les indica con la mano que entren en el piso. Es modesto. Aurora detecta un fuerte olor a tabaco y un perfume dulzón a colonia barata.

Supone que la mujer, más joven que Francisco, que está en el pasillo abrió la puerta. Esta se aparta cuando pasan a su lado y los mira con ojos recelosos. A diferencia de él, su apariencia es desaseada.

Entran en el salón, demasiado recargado para el gusto de Aurora. Los invita a sentarse en un sofá cubierto con una funda de un naranja eléctrico. Francisco se acomoda en un sillón relax de cuero, con los reposabrazos desgastados.

—Me imagino que tendréis preguntas que hacerme —dice a la vez que alcanza una cajetilla de tabaco, saca un cigarro y lo enciende. Sobre la mesa hay un cenicero lleno de colillas.

—En primer lugar, quiero agradecerte que hayas cuidado de ella durante todos estos años —dice Rodrigo. Aurora imagina que para congratularse.

—Fabiola me lo pidió. —Francisco le da una calada profunda al pitillo. Lo observa unos segundos—. Te pareces a tu abuelo Vicente.

—Debe de ser cierto, no eres la primera persona que lo cree. Constanza me confundió con él.

—La demencia senil la está consumiendo, aunque su calidad de vida no es mala. La tratan bien, pero dejemos de hablar de Constanza. He quedado con un cliente dentro de un rato, no tengo mucho tiempo.

—¿A qué te dedicas? —pregunta Rodrigo.

—Soy taxista, después de la muerte de los padres de Fabiola me quedé sin trabajo. Mi tío vendía su licencia, así que con el finiquito y un préstamo del banco, la compré. No me ha ido mal. —Fuma de nuevo.

—¿Fabiola no te asignó una remuneración por ser el tutor legal de Constanza?

—Me la ofreció, sin embargo, no me pareció honesto por mi parte.

—Un acto que te honra.

—Seré sincero, no la acepté por orgullo personal. Siempre me he buscado la vida.

—¿En qué fecha aproximada te lo pidió?

—En julio de 1995, sabía que el proceso de cambio de tutor legal podría durar varios meses y quería dejarlo todo solucionado antes de… —Apura el cigarrillo y lo apaga en el cenicero— divorciarse. Así podría regresar a América con vosotros.

—¿América? —pregunta Aurora, quien ha permanecido en silencio. En el diario no hay ninguna referencia a ese viaje.

—Sí, presentía que su vida estaba en peligro, quería huir lejos.

—¿Por qué te eligió a ti? Excepto aquella noche en la playa, no habíais mantenido ningún otro tipo de relación —explica Rodrigo.

—¿Lo sabes? —Francisco agranda los ojos sorprendido.

—Hemos leído su diario, llegó a pensar que mi hermano y yo podríamos ser tus hijos.

—Ella era inexperta, virgen y estaba bebida, ni siquiera advirtió que no llegué a eyacular dentro.

—Entonces, ¿por qué se lo insinuaste cuando estuviste en La Moraleja?

—Porque era un idiota. En cuanto a ¿por qué me eligió?, no confiaba en nadie, no tenía amigos ni más familia que Constanza.

—Y cuando ella desapareció, ¿mi padre no se interesó por su tía?

—Sí, claro que sí. Llamó a la residencia, más por averiguar el paradero de su mujer que por saber el estado de salud de Constanza.

Fabiola lo tenía todo pensado, pidió al director del centro que solo diera información a su tutor legal y que este permaneciera en el anonimato, hasta ayer —aclara—.

Así que no volvió a interesarse por ella.

—¿Cuándo pasaste a ser el tutor legal de Constanza?

—Unos meses después, en otoño de 1995.

—¿A ella se lo comunicaron?

—Si, en la dirección que dejó en el juzgado, aún no se había empadronado en Madrid.

—¿Cuál era?

—Los Monasterios, en Puzol, la casa de sus padres. —Aurora y Rodrigo cruzan las miradas.

—¿Quién vive allí ahora? —indaga de nuevo.

—Nadie, la aportó a la fundación Mariscal, con la condición de que se encargaran de mantenerla habitable.

El móvil de Francisco recibe una llamada.

—Perdón, será mi cliente. —La atiende, escucha atento al interlocutor—. Sí, en diez minutos estaré allí —contesta—. Lo siento, tengo que dejaros. Te doy mi número de teléfono para que sigamos en contacto.

—Claro, claro, muchas gracias por atendernos. En cuanto pueda, comenzaré con los trámites. Quiero liberarte del cargo de la tutoría, soy su familia.

—No hay prisa, no me supone ningún esfuerzo. Bajo con vosotros.

Se paran en el portal para despedirse.

Aurora escucha el sonido de su móvil. Abre la mochila y comprueba quien es.

—Tengo que atenderlo, encantada de conocerte.

—Lo mismo digo, Aurora.

Se aleja de ellos un par de pasos.

—Hola, Pepe, qué sorpresa, ¿ya me echas de menos? —contesta con una sonrisa; a Rodrigo no le pasa desapercibida y Francisco la observa.

—No tengo donde dormir esta noche, ¿aceptarías a un invitado?

—¿Qué ha pasado?

—Ayer llegué un poco bebido a casa…

—¡¿Un poco?! —alza la voz.

—Bueno, sí, borracho. Esta mañana, mi mujer me ha echado de casa.

—Lo sabía, te lo advertí.

—No estoy para sermones, solo necesito una cama. No te molestaré, te lo prometo. Buscaré un piso de alquiler, serán unos días.

—Estoy fuera de Madrid, llegaré esta tarde. Pasaré por la redacción y te dejaré la llave. Tienes suerte, estarás solo. Como te dije, mi hermana me necesita y me quedo en su casa —mantiene su mentira.

—Gracias, Enana, me has salvado la vida. Tengo que cubrir una noticia, déjasela a Inma.

—De acuerdo, se la dejaré a Inma. ¡Ah! La llave está defectuosa, no la entres del todo o no podrás abrir la puerta.

—Vale, lo tendré en cuenta. Buen viaje de regreso.

Aurora guarda el móvil en la mochila. Francisco activa el mando a distancia de un Lexus blanco y Rodrigo la espera sentado en el coche. Ha comenzado a llover. Corre con la mochila sobre la cabeza y abre la puerta.

—¿Quién era? He visto tu cara de preocupación.

—Un amigo, nada importante. —Se atusa el pelo.

—No lo parecía.

—¿Podemos irnos? —pregunta molesta.

—Como ordene la señora.