Capítulo 17
—¿Te has acostado con Victoria?
—¿A qué viene esa pregunta? —Roberto se incorpora en la cama.
—Viene a que os he visto hoy en la comida, vuestra relación no es la de una abogada y su cliente. Ella te mira de una forma… distinta.
—¿Con admiración?
—No es la palabra, más bien con deseo. ¿A ti te gusta Victoria? —Roberto parece reticente a dar una respuesta—. Contéstame, quiero que seas sincero, me lo prometiste el día de mi cumpleaños. ¿Lo recuerdas?
—Sí, nada de secretos entre nosotros.
—Así es. —Fabiola siente que lo traiciona y más desde la visita de Fran.
—Te quiero, lo sabes —dice mirándola con ternura.
Ella asiente—. Victoria y yo nos conocimos cuando terminó la universidad, en el bufete de su padre.
Era una chica atractiva, con un futuro prometedor y diez años menor que yo, pero no estaba preparada para una relación seria, o al menos fue lo que me dijo.
Tuvimos algunos encuentros sexuales durante unos años.
Cuando decidí que debía casarme, se lo propuse.
—¿Estabas enamorado de ella? —pregunta Fabiola con cierta angustia.
—No, solo era un acuerdo comercial, como el tuyo. La idea de atarse a un hombre o de tener un hijo no estaba dentro de sus planes.
—Entonces… fui tu segunda opción.
Roberto se incorpora y le despeja un rizo alborotado de la mejilla.
—Fabiola, mírame —dice con voz grave—. No tienes idea de lo que has cambiado mi vida.
No eres un reemplazo ni una alternativa cómoda.
Eres la mujer que me descolocó, la que me hizo querer quedarme, la que me recuerda cada día que sentir no es una debilidad, sino un privilegio.
Contigo no negocio, no calculo, no huyo.
Contigo elijo, y lo hago sin dudas. No, eres mi única opción —dice Roberto tumbándose a su lado y la abraza—. Victoria no significa nada para mí.
—Te quiero.
Lo que comenzó como un reproche, acaba con ambos demostrándose su amor.
Fabiola despierta casi a las nueve de la mañana. Extiende su mano hacia el lado de Roberto. La cama aún mantiene el calor de su cuerpo y su olor. Abraza la almohada y sonríe complacida. Escucha los tres toques característicos de Fidel en la puerta.
—Señora, tiene una llamada.
—Gracias, pásamela al teléfono de la habitación.
Espera a que suene y lo coge.
—Buenos días, mi amor. —Es Roberto.
—Hola, ¿por qué no me has despertado? He echado de menos tus caricias mañaneras.
—Tenía que hacer unas gestiones a primera hora en la oficina. Vístete, antes de las once te recojo.
—¿Adónde vamos?
—Es una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas.
—Esta seguro que sí. Te dejo, mi secretaria me reclama.
—La alta, rubia y con ojos azules.
—La misma, es una mandona, me gustas más tú.
—Pelota.
—Celosa.
—Mentira.
—Podemos seguir así toda la mañana, si quieres.
—Pásalo bien con tu secretaria —bromea.
Roberto cuelga.
Elvira no tarda en abrir la puerta, sin pedir permiso, como siempre.
—¿Qué haces aún acostada? —pregunta mientras corre las cortinas.
Fabiola se despereza con una sonrisa.
—Tata, estoy feliz, enamorada y Roberto me quiere.
—¡Ay, mi niña! ¡Qué recuerdos! Pobre Emilio, qué pronto me dejó sola.
—Sola no, tenías a Dolores. Por cierto, hace años que no la veo, desde aquel verano que estuvo en Valencia. ¿Cómo lleva el embarazo?
—Muy bien, ayer le confirmaron que será una niña.
—¿Sabes cómo la llamará?
—Irene.
—Me gusta. Yo aún no he elegido el nombre de los mellizos. Aunque tengo claro que no serán ni Roberto ni Vicente.
—¿Por qué?
—No quiero que nadie los identifique como los hijos o los nietos de… Para mí, la privacidad es muy importante.
—Tienes razón, tú no eres como esas de las revistas. —Ambas ríen—. Deja de hablar y a la bañera, tienes que desayunar.
—¡Uy! ¡Es verdad! Además, Roberto pasará por mí a las once.
Fabiola salta de la cama emocionada. Aligera con una ducha rápida, se viste y baja al salón. Tiene hambre, no sabe si es por el embarazo o por la noche de pasión. Está apurando el vaso de zumo cuando Roberto entra.
—¡Qué pronto! Aún no he terminado…
Se queda en silencio al observar la expresión de su rostro; de dolor contenido y preocupación. Camina hacia ella despacio.
—¿Qué ocurre? ¿Tu secretaria te ha echado del despacho? —bromea para hacerlo sonreír.
—Fabiola, siéntate conmigo en el sofá.
—Me estás asustando.
Él la toma del brazo con suavidad y la acompaña hasta que ambos se acomodan. Le coge las manos.
—Fabiola… —Sus labios tiemblan y la línea de su mandíbula se endurece—.
Tengo algo muy difícil que decirte, ante todo, quiero que estés tranquila.
Sabes que estoy aquí, que siempre lo estaré.
—Roberto necesita coger aire—. El helicóptero en el que viajaban tus padres ha caído al mar, todavía estamos esperando más información…
La expresión de Fabiola pasa por una transformación repentina: primero, incredulidad, arrugando el entrecejo; luego, cuando intuye que es cierto, sus músculos se contraen.
Le falta el aire y se precipita en un torbellino de respiraciones entrecortadas, sin dejar que las emociones afloren.
Observa los labios de Roberto moviéndose, pero no entiende nada de lo que dice. Siente un gran vacío en su interior.
—Tranquila, cariño, por favor.
Él la calma con palabras de consuelo, abrazándola con fuerza. Ella sigue con el cuerpo rígido, no reacciona hasta que susurra una frase incomprensible.
—Están vivos, lo sé, están vivos —alcanza a entender Roberto.
—Salvamento marítimo ya está en el lugar del accidente, ha sido a pocos kilómetros de la costa, aún hay posibilidades de encontrarlos.
Fabiola se resiste a llorar aferrándose a la esperanza. No sabe cuántos minutos pasan hasta que la realidad la golpea con fuerza. La ira se apodera de ella y empuja el cuerpo de Roberto como si le quemara.
—¡Ha sido por tu culpa! —grita desconsolada, con la mirada rota.
—Nadie ha tenido la culpa, ha sido un accidente.
—Eras tú quien tendría que haber viajado en ese maldito helicóptero, no ellos. ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Aléjate de mí! ¡No quiero que me toques!
—Entiendo cómo te sientes, por favor, debes calmarte. Estás embarazada.
—Eso es lo único que te importa, tu empresa, el legado y… ¡Te odio!
Fabiola comienza a golpear el pecho de Roberto, devastada. Él consigue abrazarla de nuevo.
—Estoy aquí, cariño, estoy aquí —dice visiblemente emocionado.
Unas horas más tarde, encuentran los cuerpos de Vicente y Carmen sin vida.