La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 16
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Capítulo 16

Constanza Mariscal vive.

Tras la reunión con la administración de la Red de Salud Mental de Valencia, y previa identificación de Rodrigo como familiar directo de la paciente, acceden a darle la información. Está recluida en el Centro La Torreta en Montserrat.

Aurora lo espera en el coche. De vez en cuando mira hacia la puerta del edificio.

Está impaciente. Consulta su móvil, ha pasado media hora desde que entró.

Unos minutos después, lo ve salir. Lo observa.

En el hotel se ha cambiado de ropa, viste unos vaqueros y una chaqueta de ante.

Parece otra persona sin la rigidez del traje.

Abre la puerta con una sonrisa. Buena señal.

—¡Vamos de visita! —exclama entusiasmado. Arranca el motor y busca la localización en el GPS.

—¿Está viva?

—Sí, ha cambiado de centro durante estos años, pero ahora reside en el Centro la Torreta. Está en Montserrat, a unos quince kilómetros. Han sido muy amables, solo he tenido que responder a una serie de preguntas y dejar mis datos de contacto.

—¿Cómo paga la estancia?

—Mediante un tutor legal.

—Explícamelo, no tengo ni idea de cómo funciona.

—Se designa por un juez para velar por los intereses de la persona discapacitada, administra sus bienes y los pagos necesarios para su cuidado.

—¿Y quién es el de Constanza?

—Adivínalo.

—¿Fabiola Mariscal?

—Lo fue, hasta que desapareció. Prueba de nuevo.

—¿Tu padre?

—Si hubiera sido él, nos lo habrían notificado.

—Estoy perdida, me rindo.

—Francisco Bataller, el chófer de la familia Mariscal.

—¿Por qué le delegaría la tutela legal de Constanza? No encuentro una explicación lógica.

—Estamos de acuerdo, aunque los dos hemos leído el diario.

Aurora medita durante unos segundos.

—Sintió miedo.

—Exacto, no confiaba en nadie de su entorno.

En ese instante entra una llamada. Rodrigo la atiende con el manos libres.

—¿Dónde cojones te has metido?

—Buenas tardes, hermano, estoy en el coche y acompañado. Así que cuida tu vocabulario —dirige una mirada cómica a Aurora.

—Perdón, quien seas. No te fíes de él, es un cretino.

—Gracias —contesta Aurora.

Rodrigo levanta la mano del volante y se lleva el dedo índice a la boca para que guarde silencio.

—Corta el rollo, ¿qué necesitas?

—Tenemos un problema. Necesito que contestes a un requerimiento de la Dirección General sobre una inspección. Han detectado un fallo de seguridad en uno de los barcos de pasajeros.

—Estaré en Madrid mañana por la tarde.

—No puede esperar, entra en el ordenador y redáctalo hoy mismo, envíamelo cuanto antes.

—Ni siquiera he traído el portátil.

—¿Dónde estás?

—En Valencia.

—¿Qué haces en Valencia?

—Visitar a unos amigos.

—Puedes dejarlo para otro día…

—Vale, de acuerdo, no hay problema. Me acercaré a la sede de aquí. Lo tendrás esta tarde sin falta.

—Eso espero.

Alexandro corta la llamada.

—¿Siempre te habla así? —pregunta Aurora.

—No, ha aprovechado que viajo contigo. Sabía que no le montaría un numerito. Ha heredado el carácter de mi padre.

—Es extraño, Fabiola lo describe en el diario como un hombre cariñoso —argumenta Aurora.

—Quizá se volvió en alguien distinto desde que rompieron su relación.

—Realice un cambio de sentido —escuchan la voz del GPS.

—Será mejor que le hagamos caso —le advierte Aurora.

Rodrigo conduce atento a las indicaciones del navegador.

Toman la CV-405 y tardan unos veinte minutos en llegar.

Estacionan fuera del recinto. El centro está ubicado en un entorno natural, eso sí, vallado.

El edificio no parece una residencia, su construcción es un chalé de dos plantas.

Está rodeado de árboles y se respira tranquilidad.

—Te espero aquí —dice Aurora, ese lugar no le gusta.

—Esta vez no. Acompáñame.

—Como quieras —acepta a regañadientes.

Ambos entran, recorren el camino limitado por bancos y árboles frondosos. Suben los escalones de la entrada. Los recibe un hombre canoso, con barba, alto y desgarbado.

—¿Rodrigo Sanz? —pregunta, y le ofrece la mano.

—Sí —acepta su saludo.

—Soy el psiquiatra, Arturo García. Me han avisado, estaba esperándole. Mi turno acaba en media hora. Será mejor que pasemos al despacho —advierte la presencia de Aurora—. ¿Y usted es?

—Mi mujer —se adelanta Rodrigo. Ella disimula la cara de sorpresa.

—Entonces, puede acompañarnos.

El despacho está justo a la entrada. Es sencillo, con muebles de melamina y luminoso. El doctor les invita a sentarse en dos sillas auxiliares, él se acomoda en la suya.

—Desconocía que Constanza tuviera familia, solo recibe la visita de su tutor legal una vez al mes. Le trae bombones, le encanta el chocolate —sonríe.

—Es complicado de explicar, hasta hace unos días yo tampoco sabía que existía —aclara Rodrigo—. Por eso quiero que me informe sobre su estado de salud.

—Su tía padece trastorno bipolar.

—Ignoro la enfermedad, si pudiera explicármela de forma sencilla, se lo agradecería.

—Es una patología mental que causa cambios extremos en el estado de ánimo de la paciente. Es decir, alterna episodios de euforia y depresión. Ahora se encuentra en un periodo estable, aunque debido a su edad, padece demencia senil.

—¿Podríamos visitarla?

—Por supuesto, solo les pido que no la alteren demasiado. No les conoce, no fuercen la conversación.

—Entendido.

—Una enfermera los acompañará hasta su habitación. —El doctor abre el cajón del escritorio, saca una tarjeta de visita y anota un número—. Aquí tienen el contacto del centro y mi móvil de trabajo por si lo necesitan.

—Muchas gracias, doctor. —Rodrigo la coge y la guarda en la cazadora.

Abandonan el despacho. Una enfermera corpulenta los guía por el pasillo del centro de paredes blancas y carteles pegados con información médica. Aurora siente como un escalofrío le recorre la espalda, no quiere recordar. Es doloroso para ella. «Ahora estoy bien», piensa.

La enfermera les indica una puerta.

—Aquí es, entraré con ustedes —abre despacio, para no sobresaltar a la paciente—. Tienes visita, Constanza.

La mujer está sentada en un orejero frente a la ventana, con las manos apoyadas en el regazo y la mirada perdida en algún lugar fuera de aquella habitación, ni siquiera se inmuta por las palabras de la enfermera.

Su cuerpo es menudo y el tiempo ha surcado su rostro, aunque aún se pueden apreciar huellas de una belleza ya marchita.

—A veces le cuesta ubicarse, los dejo a solas. Si me necesitan, estaré fuera.

—Gracias —contestan los dos.

Rodrigo no tiene ni idea de cómo enfrentarse a la situación. Así que se coloca a un lado del sillón, agachándose para estar a su altura.

—Hola, Constanza —dice con suavidad.

Ella reacciona girando la cabeza hasta que sus ojos se cruzan. Los de ella, azabache; los de él, color miel.

—Vicente, ¿eres tú? —pregunta con voz temblorosa.

Rodrigo desvía la mirada a Aurora, esta afirma. Debe seguirle la corriente.

—Sí, aquí estoy, hermana.

Constanza lleva sus manos al rostro de Rodrigo.

—¡Qué guapo estás! Por ti no pasan los años.

—Por ti tampoco. ¿Cómo estás?

—Bien… ¿Y la niña? ¿Dónde está? ¿Por qué no ha venido? Ya no me escribe desde que está con los gringos.

—Ella…

—Ayúdame a levantarme —lo interrumpe.

Rodrigo le ofrece el brazo para que se apoye y la acompaña hasta el armario. Lo abre y saca una caja de zapatos. Luego, vuelve a su sillón. Quita la tapa y le muestra un manojo de cartas atadas con un lazo rosa.

—Aquí tengo guardadas las últimas que me mandó, cuando vivía con mis padres. —Rodrigo entiende que debido a la demencia está confundida, pero no rebate su error—. También hay una foto, espera que la busco. —Deshace el lazo y abre uno de los sobres—. Aquí está.

—¿Puedo verla?

—Claro.

Rodrigo la coge acercándose a la ventana. Es ella, sin duda. Mira en el dorso, aparece una nota: «Verano 1993». No se aprecia cambio físico con el vídeo que él visualizó. Captura la imagen en el móvil.

—Estaba muy guapa —dice, entregándosela.

—Sí. —Le da un beso y la guarda de nuevo. De repente, su expresión cambia, rígida—. ¿Me has traído los bombones?

—No, la tienda estaba cerrada.

—¡Quiero mis bombones! —grita con los ojos desorbitados—. ¡Quiero mis bombones! —repite dándose golpes sobre los muslos. La caja y su contenido caen al suelo. Rodrigo le sujeta los brazos, teme que pueda hacerse daño.

—Aurora, llama a la enfermera.

No le da tiempo a salir de la habitación, entra alertada por las voces.

—Salgan, yo me ocupo.

Unos minutos después, la enfermera se reúne con ellos en el pasillo.

—Ya está más calmada, relaciona la visita con los bombones. Francisco la tiene muy mal acostumbrada.

—Siento haberla disgustado, para la próxima traeré una caja.

—Eso espero.

—Antes de irme, ¿podría facilitarme el contacto de su tutor?

—Sí, no hay problema, aunque necesito la autorización del doctor García. —Mira el reloj de pulsera—. Ya se habrá marchado.

—Soy el sobrino de Constanza, y mi intención es recuperar su tutoría legal. Por esta vez, ¿no puedes hacer una excepción? —La tutea, dedicándole una mirada seductora.

—No es el procedimiento habitual y no quiero meterme en un lío. Necesito este trabajo.

Rodrigo saca la cartera del bolsillo de la chaqueta y le ofrece unos billetes.

—Acéptalos, me harías un gran favor.

La enfermera mira hacia ambos lados del pasillo.

—Por ahora, bastarán.

Con los datos de Francisco Bataller, abandonan el centro. Aurora le pide a Rodrigo que le pase la captura de la foto de Fabiola. Es como la había imaginado. Está en bañador, con el pelo húmedo, aunque se aprecian los rizos rebeldes, sonríe. Al fondo puede ver el mar.

Suben al coche.

—Estoy impactado —dice Rodrigo.

—Me imagino que habrá sido duro para ti.

—Pobre mujer. Lleva encerrada la mitad de su vida.

—Ella no es consciente, al menos, ahora no.

—He visto en sus ojos la misma mirada perdida que la de mi padre. —Aurora aprecia la tristeza en el rostro de Rodrigo.

—¿De qué murió? —lanza la pregunta que media España quiere saber.

—Después del último ictus, le falló el corazón.

—Ahora entiendo por qué llevaba un par de años sin salir en los medios.

—Victoria no quería exponerlo, instaló en casa un hospital. Tuvo los mejores especialistas y cuidados, aun así, no pudimos… —deja de hablar, afectado.

—Lo siento, será mejor que regresemos al hotel. Necesitas descansar —le aconseja Aurora.

—Te acerco en un momento, tengo que ir a las oficinas de la naviera.

—Es verdad, no lo recordaba.

Rodrigo arranca el motor y sube el volumen de la música. Aurora identifica la canción Paint it black, de los Rolling.

Esta vez Rodrigo no canturrea la canción, es una de las más oscuras del grupo inglés, cargada de desesperanza, negación y deseo de borrar el dolor. Aurora, desde que lo conoce, nunca lo ha visto así. Sabe que es un error, pero debe hacerlo; darle una oportunidad.

—Si vuelves temprano, ¿cenamos juntos?

—Sí, cuenta conmigo —contesta sin alterar la expresión de su rostro.

«Nunca sale bien», piensa Aurora.