Capítulo 14
Rodrigo abre la caja fuerte del despacho.
Está camuflada por un retrato de su padre con Victoria de cuerpo entero; un lugar poco original elegido por su abuelo.
Además de una pistola, varios fajos de billetes y joyas, encuentra las carpetas que busca: las escrituras de propiedad y los certificados de matrimonio y nacimiento de la familia.
Levanta las baldas, incluida la de la parte inferior.
Como suponía, no hay ningún documento de Fabiola Mariscal, ni una simple foto.
—¿Qué haces con la cabeza metida ahí dentro? —pregunta Alexandro.
Rodrigo no lo esperaba. Al incorporarse con un movimiento rápido, recibe un golpe en la coronilla.
—¡Joder! Cada vez te pareces más a Fidel —dice masajeándose la zona dolorida.
—Cuando he entrado por la puerta, he dicho «buenas tardes». —Llega hasta él y echa un vistazo al interior de la caja fuerte.
—No te he oído.
—¿Por qué la has vaciado?
—Estaba preparando las escrituras para el tema de la testamentaría. No quería pasar nada por alto —explica mientras coloca de nuevo lo que no necesita.
—Estás que te sales, hermanito. Más allá de tus barcos, nunca te has preocupado por la empresa.
Rodrigo se apoya en la pared con los brazos cruzados.
—Supongo que, con la muerte de papá, he madurado.
—Hermano, te conozco, ¿necesitas dinero? ¿Algún capricho inconfesable? No es la primera vez que desaparece efectivo de la caja fuerte.
—No, ninguno, nada de apuestas ni juego. Te lo prometo. —Levanta la palma de la mano para ratificarlo. Luego, cierra la caja, introduce el código y cuelga el cuadro.
—De acuerdo, te creo. Por cierto, no hemos vuelto a hablar de… Espera. —Camina decidido hacia la puerta, asoma la cabeza, comprueba que no hay nadie y la cierra—. ¿Fuiste a la dirección?
—Sí, aunque recuerdo que no querías saber nada sobre ella.
—Sé lo que dije, aun así, siento curiosidad. ¿Por qué una madre abandonaría a sus hijos?
—Encontré el diario, lo leí y he deducido que Fabiola no desapareció de nuestra vida de forma voluntaria. En primer lugar, porque nos quería, y en segundo lugar, porque papá y ella estaban enamorados, hasta que…
—Ja, ja, ja, es otra de tus bromas —lo interrumpe—. Él la odiaba. Si fuera verdad lo que dices, ¿por qué nunca nos habló de ella? ¿Por qué no intentó convencerla para que se quedase? ¿Por qué Fabiola no hizo nada para conseguir la custodia? ¿Qué madre no lucha por sus hijos?
—¿Quieres sacar tus propias conclusiones? Mañana tendrás el diario.
—No, gracias, prefiero que solo uno de nosotros pierda el tiempo.
La naviera ya tiene bastantes problemas con las nuevas directrices de la Unión Europea sobre las tasasde emisiones de CO₂.
Nos está suponiendo un esfuerzo económico considerable cambiar las rutas comerciales a países extracomunitarios.
—Tú eres el economista, sabrás manejarlo con el apoyo del Consejo de Administración y Victoria, quien espero no esté al corriente de nada —recalca la última palabra.
—Tranquilo, hicimos un pacto y lo mantengo, siempre que no se te vaya de las manos. Ella debe ser nuestra prioridad, desde la muerte de papá está distinta. Ha vuelto al trabajo, no sale de su despacho de la Torre Picasso excepto para comer o cenar con nosotros.
—Es mejor que esté distraída.
Escuchan unos toques en la puerta: dos seguidos y uno distanciado, identifican a la persona enseguida.
—Es Fidel, mamá habrá llegado —dice Alex.
—Ahora me reuniré con vosotros, quiero hablar a solas con él.
—¿A solas?
—Sí, quiero que me diga la marca de los zapatos —bromea.
—¡Uy! Un tema muy importante.
Cuando Alexandro sale del despacho, Rodrigo le pide al mayordomo que entre y cierre la puerta. Fidel obedece.
—Sentémonos.
—No es necesario, puedo…
—Siéntate, por favor —repite, y le indica el sofá que está enfrente de la chimenea.
Fidel alza las cejas, se acomoda con la espalda erguida en el sofá y coloca las manos sobre su regazo.
—Relájate, no voy a despedirte —Rodrigo se rasca la nuca, no sabe por dónde empezar—. ¿Recuerdas el sobre que llegó hace unos días?
—Sí, señor.
—Bien, ante todo, quiero que lo que hablemos no salga del despacho. ¿Me has entendido?
—Sí, señor.
—Ese sobre traía información de Fabiola Mariscal, mi madre. Sé que estabas trabajando aquí cuando ella llegó de Valencia y que conociste tanto a sus padres como al chófer a su servicio y a Elvira.
—Sí, señor —contesta escueto de nuevo, sin mover un solo músculo de su rostro.
—¿Recuerdas si a Fabiola la visitó algún familiar o amigo antes de marcharse?
—No, señor…, aunque… escuché una conversación, por casualidad, en la que Elvira preguntaba a la señora por una tía suya.
Rodrigo intuye que Fidel no está cómodo, siempre se ha caracterizado por su reserva.
—Sé que eres discreto, pero puedes confiar en mí.
El mayordomo relaja los hombros.
—Unos meses antes de la boda de los señores, Vicente, Roberto y el padre de Victoria mantuvieron una reunión en este mismo despacho para incapacitar a… —piensa unos segundos— Constanza, así se llamaba la tía de Fabiola, padecía una enfermedad mental.
—¿Lo consiguieron?
—Sí, Elvira lo comentó en la cocina. La ingresaron en un centro en Valencia.
—Gracias, Fidel. Tengo otra pregunta para ti. ¿Sabrías decirme el nombre del chófer de la familia Mariscal?
—Francisco.
—¿Y los apellidos?
—No, lo siento.
—¿Dónde podría localizarlo?
—Me temo que no puedo ayudarlo, nuestro contacto se limitó a una comida y un café.
—Gracias.
—¿Puedo retirarme?
—Sí, por supuesto.
Cuando Fidel abandona el despacho, busca el contacto de Aurora en el móvil y la llama.
—Tenemos que viajar a Valencia —dice sin esperar a que hable.
—Había pensado lo mismo.