La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 13
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Capítulo 13

A primera hora de la mañana, recibe el correo electrónico de su hermana Irene.

Aunque necesita contactar con Rodrigo, no quiere llamarlo, así que le escribe un wasap:

—Buenos días, te he reenviado un correo. Cuando puedas, contéstalo adjuntando la documentación que solicitan.

—¿Fundación? —piensa en voz alta.

Inmediatamente teclea el nombre en el Chat IA.

Fue creada por los abuelos de Fabiola con capital privado para fines científicos, sociales y educativos.

Durante los cincuenta años de su existencia ha realizado donaciones de diversa índole, incluida la construcción del hospital que lleva su nombre. La sede está en Valencia.

El sonido del móvil la interrumpe. Es una llamada de Rodrigo, la atiende.

—Buenos días —su voz suena áspera.

—Hola.

—No tengo la documentación que me pides.

—Lo suponía, ¿ni siquiera el libro de familia?

—Cuando mi padre se casó con Victoria, ella aceptó adoptarnos y solicitaron uno nuevo. ¿No hay otra forma de acceder a la información?

—Me temo que no, a no ser… —Aurora medita por unos segundos— que denuncies la desaparición de Fabiola.

—No es buena idea, saltarían todas las alarmas y el secreto de la investigación.

—Entonces, esta vía se cierra. ¿Tienes una foto de tu madre?

—No, ninguna, solo el DVD. Imagino que el informático de la naviera podría sacar la imagen, pero no puedo pedírselo. Es arriesgado.

—Entiendo… ¿Sabes si tiene algún familiar vivo o amigos con los que contactar?

—No que yo sepa, aunque puede que haya una persona que nos ayude.

—¿Tienes la dirección?

—No te preocupes, yo me encargo. Te llamo.

Rodrigo corta la llamada.

Está bloqueada, sin una pista de la que tirar. No tiene otra opción que llamar a Irene.

—¡Hola, cariño! —saluda su hermana con voz cantarina.

—¿Cómo te encuentras esta mañana?

—Igual que ayer. ¿Y esa pregunta? Suéltalo.

—Tienes que ayudarme, es imposible facilitarte la documentación. Estoy en un callejón sin salida. —Aurora suspira—. Dime qué tengo que decir o hacer para convencerte.

—Nada, no puedo perder el trabajo, y menos ahora. ¿Por qué te interesa tanto ese expediente? ¿Qué esperas encontrar? —pregunta Irene, dejando que su curiosidad salga de paseo.

—¿Otra vez con eso? —Aurora responde seca—. Tú tienes acceso a la información, y yo no. Por ahora, no puedo contarte nada más.

—¿No puedes o no quieres? —Irene se resiste—. Si la abuela viviera…, te diría que no removieras el pasado. Ya escuchaste, igual que yo, a mamá en la comida.

—Precisamente por la abuela te lo estoy pidiendo —la voz de Aurora suena más templada—. Ella quería a Fabiola Mariscal.

—No me pongas eso por delante… —Irene comienza a quebrarse—. Sabes que es mi punto débil.

—Pues ayúdame —insiste.

—Buff, Aurora, está bien, pero es la primera y la última vez.

—Gracias, te lo prometo.

—No puedo enviarte la información por correo.

—Tranquila, tengo buena memoria.

—Nombre completo.

—Fabiola Mariscal Soto.

—Espera un momento, mi compañera ha salido a desayunar, por si me pillan, lo consultaré en el suyo. Ambas tenemos nuestras claves de acceso para fichar por si llegamos tarde.

—Arpía.

—¿Quieres datos? Pues no cuestiones mis métodos.

—Vale, vale.

Se escuchan las ruedas de la silla y, tras unos segundos, teclear.

—No hay nada —dice Irene.

—¿Puedes ser más concreta?

—Aparece su nombre, datos personales, número de la seguridad social y última dirección. Sin embargo, es como si se la hubiera tragado la tierra. En treinta años, o al menos desde que se mecanizaron los expedientes, no existen ni visitas médicas ni ingresos hospitalarios… nada de nada.

—¿Cuál es el último domicilio?

—Los Monasterios, en Puzol.

—Gracias.

—Siento no haber sido de gran ayuda. Suerte, hermana, porque lo tienes crudo.

—Nos vemos el domingo, te quiero.

—Yo a ti también, lianta.

Ambas ríen y cortan la llamada.

Durante la conversación se le ha ocurrido una idea.

—¿Y si alguien denunció la desaparición?

Indaga en las páginas más importantes de ayuda a desaparecidos. Por el nombre de Fabiola Mariscal no aparece ningún registro y, sin una foto, es complicado localizarla. Tampoco hay rastro en redes sociales.

Aurora sabe cuál será su siguiente paso.