Capítulo 12
Fabiola siente una caricia en su espalda desnuda.
Una caricia con la que despierta cada mañana.
Desde que Roberto ha conocido la noticia de que está embarazada, su actitud hacia ella ha cambiado.
La cuida, la mima, la quiere, o así lo ha confesado.
Lo que comenzó como un matrimonio de conveniencia se ha transformado primero en amistad, luego en complicidad y, después de cuatro meses, en amor.
La madurez de Fabiola, a pesar de su juventud, ha sorprendido a Roberto.
Ella está convencida de que cuando dé a luz, podrá retomar su sueño.
De hecho, ha indagado en varias instituciones privadas bilingües de la Comunidad de Madrid.
Según sus cuentas, los mellizos nacerán a mediados de marzo del año siguiente y podrá comenzar a trabajar cuando cumplan seis meses. La tata la ayudará con la crianza.
—¡Arriba, perezosa! Hoy tenemos comida —dice Roberto a la vez que la abraza aún en la cama.
Fabiola se gira remolona hacia él. Abre los párpados despacio y le dedica una sonrisa. Permanece unos segundos en silencio, recorriendo su rostro con la mirada. Luego, con el dedo índice, dibuja el contorno de su mandíbula fuerte y pómulos marcados, siente el tacto áspero de la barba incipiente.
—Eres guapo, ¿lo sabías?
—¿Y hasta ahora no te has dado cuenta? Tú tampoco estás mal. —Alza las cejas con una expresión divertida.
—¿Lo dices por mis kilos de más? —No encaja la broma de Roberto.
—¿Qué kilos? Eres perfecta. ¿Por qué no naciste antes?
—Porque nuestro momento es ahora.
Ambos se unen en un beso profundo y sincero. La admiración es mutua.
—Será mejor que nos levantemos —interrumpe Roberto o las muestras de cariño los retrasarán. Salta de la cama y camina hacia el baño.
—¿Quién viene? —pregunta Fabiola incorporándose, apoya la espalda en el cabecero.
—Es una sorpresa. —Roberto asoma la cabeza por la puerta—. Por cierto, tengo una reunión con el despacho de abogados en la oficina. Antes de las dos estaré aquí.
—¿En serio? Es domingo —afirma contrariada.
—Lo sé, pero estamos negociando las tasas portuarias de Baleares y quiero perfilar la cita de mañana en Palma de Mallorca con la administración —añade, y desaparece de nuevo.
Fabiola escucha el sonido del agua caer.
—A veces pienso que adora más su trabajo que a mí —dice en un susurro.
—¡¿Qué decías?! —grita Roberto desde la ducha.
—¡Nada!
La mañana de Fabiola transcurre monótona y aburrida. Elvira la ayuda a elegir el conjunto para la comida: un traje de chaqueta con hombreras en tonos crudos y pantalón de pinzas a juego.
—Estás elegante y guapa. El embarazo te sienta muy bien.
—¿Tú crees? Estoy gorda —dice mientras intenta abotonarse la chaqueta.
—Deja de decir tonterías, además, se lleva abierta. —Le quita las manos con suavidad para que desista.
—En cuanto nazcan los mellizos, me pondré a dieta.
Hace un par de semanas visité las oficinas de la naviera, en el Edificio Windsor.
Roberto está rodeado de mujeres despampanantes, desde la recepcionista a las secretarias de dirección.
Me miraban con ojos recelosos, preguntándose cómo era posible que fuera su mujer.
—Son imaginaciones tuyas, solo sienten curiosidad. Además, él te quiere —afirma convencida.
—Por eso mismo, debo cuidarme o dejará de hacerlo.
—Tenía que aparecer el hombre de tu vida para que te tomaras en serio los consejos de tu madre.
—Sí, es verdad, pero no le des la razón en mi presencia.
—Tranquila, no lo haré. Es tarde, seguro que Roberto habrá llegado.
Fabiola se despide de Elvira con un beso juguetón en la mejilla. Al bajar las escaleras, la sorpresa la espera con los brazos abiertos.
—¡Papá! ¡Mamá! ¿Qué hacéis aquí?
Sin dejar que ninguno conteste, salta desde el último escalón para fundirse en un abrazo con los dos. Hace tiempo que los ha perdonado.
—No aprietes tanto, xiqueta , que me arrugarás el traje.
Deshacen el abrazo.
—Mamá, eres única. ¿Por qué no me dijisteis que vendríais?
—Roberto nos llamó hoy a primera hora, parece ser que él no podrá asistir a la reunión en Palma de Mallorca.
En esta ocasión, lo sustituiré. Quería hablar conmigo en persona sobre los temas a tratar —explica Vicente—.
Esta misma tarde regresaremos a Valencia y mañana el helicóptero de la empresa nos llevará a las Baleares.
Tu madre me acompañará, hace tiempo que no nos tomamos unos días de descanso.
—Bien merecidos.
—¡Señor! Se ha dejado el maletín en el coche —dice el chófer, dirigiéndose hacia ellos.
Fabiola y él cruzan sus miradas. Ella, avergonzada; él, impertérrito.
—Gracias, Francisco.
—Buenas tardes, señorita Fabiola. Enhorabuena.
—¿Por qué? —pregunta aturdida. Su presencia no es grata para ella.
—Me ha dicho su padre que está embarazada.
—Sí, sí, perdona, gracias.
—¿Sobre qué hora regresaremos? —pregunta Fran a Vicente.
—Ten el coche preparado a partir de las seis.
—De acuerdo.
Al salir de la mansión, se cruza con Roberto. Lo saluda inclinando la cabeza, luego, antes de bajar el primer escalón, dirige una última mirada a Fabiola. Sonríe.
—Suegro, suegra, me alegro de veros. —Estrecha la mano de Vicente y le da dos besos en la mejilla a Carmen—. Pasemos al salón, esperaremos al invitado que falta.
—Si me disculpáis, tengo que ir al baño —dice Fabiola, apurada.
—¿Te encuentras bien? —pregunta Roberto.
—Sí, cariño, en un minuto me reuniré con vosotros.
Fabiola sube las escaleras, entra en su habitación y allí encuentra a Elvira, está recogiendo la ropa.
—Esta aquí —suelta con angustia.
—¿Quién?
—El chófer, no te puedes ni imaginar lo que ha pasado por mi cabeza cuando lo he visto. ¿Y si le cuenta lo nuestro a Roberto?
—No creo que se atreva. Además, ¿qué interés tendría en hacerlo?
—No lo sé, estoy hecha un lío. Cada día me arrepiento más de aquella noche. —Los ojos de Fabiola están a punto de estallar.
—Escúchame, mi niña —Elvira toma sus manos—, hay muy pocas posibilidades de que te quedaras embarazada la primera vez. Te lo digo por experiencia. Esos niños son de Roberto. Ahora, tranquilízate, disfruta de la comida y compórtate como la señora de la casa.
—No sé disimular, estoy angustiada y lo notarán.
—Nadie lo hará.
Medio convencida, templa los nervios.
—Gracias, tata, no sé qué haría sin ti.
—Anda, baja.
Antes de entrar en el salón, respira hondo.
—¡Ah! Ya estás aquí. Ven, quiero presentarte a alguien.
Roberto la agarra de la mano y la guía hasta el ventanal con vistas a la piscina. Hay una mujer. Está de espaldas, es alta, delgada, con el pelo corto caoba y luce un vestido negro ajustado con tacones de infarto.
—Victoria —Roberto llama la atención de la mujer. Esta reacciona girándose y Fabiola queda impresionada por su belleza, a pesar de que le parece unos diez años mayor que ella—. Te presento a mi esposa, Fabiola Mariscal.
—Encantada, tenía ganas de conocerte, me han hablado muy bien de ti. —Victoria pasa su mano de forma cariñosa por el brazo de Roberto.
—Lo mismo digo —miente lanzándole una mirada de interrogación a su marido.
—Como sabes —Roberto marca las palabras, ha entendido la expresión de Fabiola—, Victoria Esparza es la abogada que, a partir de ahora, nos llevará los asuntos referidos al Grupo Sanz-Mariscal.
Su padre, Antón, a quien conoces, como socio mayoritario del bufete y abogado de tu padre, así lo ha decidido.
—Una buena noticia, supongo —comenta Fabiola.
—Para mí lo es, siempre he querido trabajar con la naviera. Hasta ahora mi padre era el responsable, pero debido a su salud y pronta jubilación, ha decidido delegar en mí.
—Cuando quieran los señores, la comida está lista para servir —la voz del mayordomo interrumpe la conversación.
—Perfecto, Fidel, gracias —contesta Roberto, ajeno a las miradas que ambas mujeres se cruzan.
Fabiola no disfruta de los deliciosos platos que ha preparado la cocinera.
Observa celosa la complicidad de Roberto con Victoria.
Está claro que su relación no es solo de negocios.
Escucha en silencio las anécdotas legales, los viajes que han compartido y los intríngulis del funcionamiento de la naviera, que dominan a la perfección.
Se siente como un florero. Después del café, Carmen sube a una de las habitaciones a descansar.
Su padre, Roberto y Victoria se reúnen en el despacho para ultimar los detalles de la cita en Palma de Mallorca.
Fabiola, aburrida de esperar a que terminen, decide tomar el aire.
Lo necesita. Pasea por el jardín cuando encuentra a Fran sentado en un banco, bajo la sombra de un olivo centenario.
—Hola —lo saluda.
—Hola.
—¿Puedo sentarme?
—Claro, eres la dueña de esto. —Echa un vistazo alrededor.
—¿Cómo te va?
—Bien, tus padres son buenos jefes, no me quejo.
—Yo… quería… hablar… —Fabiola no se atreve a exponerle su preocupación.
—¿Te ocurre algo?
—No quiero que nadie sepa lo que hicimos el día de mi cumpleaños —suelta sin rodeos.
—¿Por qué? Aún no estabas casada, eras libre. ¿O quizá estés pensando lo mismo que yo?
—¿A qué te refieres?
—A tu embarazo. ¿Cuándo lo supiste?
—Es algo que no te incumbe.
—¿De cuánto tiempo estás?
Fabiola, atrapada de nuevo en el pasado y con un gesto de rabia, se levanta.
—¡No vuelvas a insinuarlo! ¡Nunca! ¡¿Me has entendido?! ¡Nunca!
—Solo me interesaba por ti…
—¡Fabiola! —Victoria está a unos pasos de los dos—. Hemos terminado, tus padres quieren despedirse de ti.
—Nunca —repite en un susurro y advierte una sonrisa ladina de Fran.
—¿Dónde te habías metido? —pregunta Victoria.
—Estaba buscando al chófer para que tuviera preparado el coche de papá.
—Señoritas, debo irme —interviene Fran.
Ambas lo observan mientras se aleja de ellas.
—Demasiado guapo —comenta Victoria.
—¿Sí? Ni me había fijado.
La despedida es un alivio para Fabiola, no tanto por sus padres, sino por perder de vista a Fran.
Las palabras de consuelo de Elvira no le han servido de nada.
Duda de las intenciones del chófer, quien, de forma descarada, le ha dado a entender su sospecha.
Reza porque mantenga la boca cerrada. Una vez en la cama, hay otra cuestión en el aire que le causa desazón.
Cuando Roberto se tumba a su lado, le lanza una pregunta:
—¿Te has acostado con Victoria?