La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 11
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Capítulo 11

Aurora es incapaz de probar bocado.

Necesita ordenar en su cabeza la información del diario. No ha dormido en toda la noche, enganchada a la historia de Fabiola. A pesar de ello, está sentada a la mesa junto a su familia, en el piso de protección oficial del barrio de Carabanchel, donde nació.

—¡Hija! ¿No comes? La paella es tu plato favorito, por eso la hago los domingos —Dolores la regaña. Es una mujer con temperamento, más cerca de los sesenta que de los cincuenta, aunque para sus conocidos hace tiempo que no cumple años. Coqueta, incluso para ir a tirar la basura.

—No tengo hambre, he desayunado tarde.

—Estás muy delgada, y esas ojeras, por Dios. No habrás vuelto a…

—Vale, mamá, lo sé, no quiero escucharlo de nuevo.

—Deja a la niña —interviene su padre, Antonio, con firmeza.

Un hombre con una paciencia infinita. Debe tenerla, es conductor de autobuses municipales en Madrid.

El trabajo sedentario ha contribuido a su cambio físico, sobre todo, en la curva de la felicidad, aunque conserva un pelo castaño fuerte para su edad.

—Tú siempre defendiéndola, no tienes remedio, luego pasa lo que pasa —dice Dolores moviendo la cabeza como los muñecos que se colocaban en el salpicadero de los coches. A su padre le encantaban.

—¿Qué tal en el periódico? —pregunta Irene, por sosegar la conversación.

—Bien, como siempre —evita contarle que está de vacaciones—. ¿Cómo es que no ha venido tu marido?

—Le ha tocado turno en el almacén.

—La maquinaria de Amazon no para ni de noche ni de día, ni siquiera los domingos —comenta su padre mientras apura la última cucharada de arroz.

—Y tú, ¿cómo llevas el embarazo? —pregunta Aurora.

—Por ahora, sin ninguna molestia.

—Es pronto, solo estás de una falta. Verás cuando comiences con las náuseas, los vómitos…

—¡Dolores! Estamos comiendo —la interrumpe Antonio.

—¡Vaya! Hoy, por lo que se ve, no puedo abrir la boca.

—Mamá, tengo una pregunta para ti —interviene Aurora—. ¿En qué año regresó la abuela a Madrid? —Aunque conoce la fecha por el diario, le parece una buena estrategia para comenzar a indagar sin que su madre sospeche nada.

—¡Uy! Espera que lo piense… ¡Ah, sí! Fue en el verano del 94.

Lo recuerdo bien porque unos meses después nació tu hermana.

¡Maldita la hora en que se vino con esa niñata!

Primero desapareció y luego, por su culpa, la despidieron y la pobre sufrió mucho.

Nunca llegué a entender por qué la apreciaba tanto.

Sin carta de recomendación, no encontró trabajo con una familia decente.

Por fin, gracias al enchufe de un primo lejano, consiguió un puesto de limpiadora en el Hospital Jiménez Díaz.

—Sí, lo recuerdo. Allí se jubiló. ¿Quién era «la niñata»? —se anima a preguntar.

Dolores mueve de nuevo la cabeza como un resorte.

—Le prometí a tu abuela no decir su nombre en esta casa y así lo haré —dice levantándose enérgica—. Si habéis terminado, me llevo los platos.

—Mamá, la abuela no está, no creo que le importe que me lo cuentes.

—¡He dicho que no y punto!

Dolores sale del salón.

—Fabiola Mariscal —murmura su padre.

—¿Recuerdas cuándo la despidieron? —pregunta en el mismo tono de voz.

—En otoño de 1995. Aunque era interna en la casa de los Sanz-Mariscal, el domingo era su día libre y lo pasaba con nosotros. Apareció una noche de lluvia, empapada, muerta de frío y con su maleta.

—¿No os dio ninguna explicación del motivo de su despido?

—No, repetía una sola frase: «Ella volverá». Estuvo unos días enferma, con fiebre, casi creímos perderla. Cuando se recuperó, nos pidió a tu madre y a mí que borráramos el nombre de Fabiola de nuestra memoria, y así lo hicimos.

—¿Alguien quiere postre? —Dolores asoma la cabeza por la puerta del salón y ambos callan.

—¡Yo! —salta Irene.

Después de un café, las hermanas se despiden de sus padres. Antes de llegar a la estación de metro Vista Alegre, Aurora le sugiere a Irene pasear por el barrio de Carabanchel.

—¿Qué tramas? —Irene la conoce bien.

—¿Podrías hacerme un favor? —le suplica con la mirada.

—Lo sabía, suéltalo.

—Necesito que busques cualquier dato de Fabiola Mariscal en la Seguridad Social: visitas médicas, hospitalizaciones, uso de la tarjeta sanitaria…

—No, sabes que como funcionaria debo respetar la confidencialidad de los datos personales que manejo.

—¿Y si te lo pidiera un familiar?

—Tendría que aportar los documentos que demuestren la relación, con una autorización firmada por la persona en cuestión.

—De acuerdo, escríbeme un correo con lo que necesitas mañana a primera hora y lo tendrás.

—Un momento, ¿en qué andas metida? —Irene para en seco en medio de la calle.

—No puedo contártelo, secreto profesional.

—Soy tu hermana, ¡joder!

—Por eso mismo, cuando llegue el momento, serás la primera en saberlo. Por cierto, estoy de vacaciones.

—¿En octubre?

—Sí, y el segundo favor que te pido: no les digas nada a nuestros padres.

—Ahora entiendo el interrogatorio durante la comida, ¿por qué tanto secretismo?

—Quizá esté ante el artículo de mi vida.