La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 10
17%

Capítulo 10

Después de vaciar la maleta, como suponía, el vestidor sigue igual, desangelado.

Coloca la pecera en el escritorio y el bote de copos cerca de la ventana. El pez dorado, Ringo, nada de un lado a otro, desorientado.

—Tranquilo, pequeño, hasta dentro de un mes no tendrás que viajar en coche de nuevo —lo calma Aurora.

Siempre quiso tener una mascota. Valoró la posibilidad de adoptar un perro debido a que es alérgica a los gatos, pero era demasiada responsabilidad.

Hace un par de meses entró en el supermercado cuando cerraban y, por casualidad, había una oferta de dos por uno si comprabas peces de colores.

Ringo estaba solo en una pecera, supuso que el azar lo cruzó en su camino.

Era el último que quedaba y, si ella no lo evitaba, acabaría en la basura.

Ordena su zona de trabajo: portátil, tableta digital, libreta de notas, cargadores, soporte del móvil y estuche.

También coloca la foto de su abuela en el escritorio.

Echa de menos el diario, lo más importante.

Recuerda que Rodrigo lo guardó en uno de los cajones de la mesa del salón.

Sale por el pasillo y la curiosidad le puede, entreabre la puerta de la habitación de Rodrigo.

Se ilumina de inmediato. No acaba de acostumbrarse a que esté todo automatizado.

Si la suya le parece inmensa, la de él es colosal; decorada en los mismos tonos que el resto del ático, colores tierra y blancos.

Entra en el baño. El plato de ducha es a ras del suelo, con accesorios para dos personas, uno a cada lado de la pared.

También dispone de dos lavabos y un jacuzzi .

Desliza su mano hacia una toalla colgada, la roza con la yema de los dedos.

Siente la textura suave y mullida del algodón, y le devuelve el recuerdo del albornoz de su madre.

Ese que siempre cuelga detrás de la puerta del baño.

Luego, abre un armario blanco, encuentra un perfume, lo destapa y se lo lleva a la nariz.

—Como buena periodista, estás fisgoneando —escucha la voz de Rodrigo.

Aurora lo suelta y cierra el armario abruptamente. Él está apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, por su expresión, no sabe discernir si está enfadado o no.

—Perdona, yo…—Está avergonzada. Sin saber cómo reaccionar, se atusa el pelo.

—Tranquila, puedes abrir todos los cajones, no tengo nada que esconder. Ven, te he comprado un par de cosas que te vendrán muy bien.

Al entrar en el salón, Rodrigo le muestra dos cajas. Aurora se acerca a una de ellas.

—¿Qué es? ¿Otra televisión? —deduce por las dimensiones.

—No, es un tablero acrílico borrable, para anotar los datos de la investigación.

—Has visto muchas series. No es necesario, existe el Keep de Google. Me extraña que un ingeniero como tú no lo haya utilizado.

Rodrigo se rasca la nuca.

—Entonces, ¿lo devuelvo?

—Sí, no quiero ese trasto en la habitación. ¿Y esto? —Señala la otra caja.

—Una impresora multifunción.

—Me la quedo, me será útil. Mi jefa ha autorizado mis vacaciones y en un mes no podré acercarme al periódico. Muchas gracias.

—Te lo dije, tendrás lo que necesites. ¿Has abierto el frigorífico? No sabía tus gustos.

—Todavía no he tenido tiempo. Siempre que haya café, fruta y pasta me bastará.

—¿Quieres revisarlo?

—No, prefiero seguir leyendo el diario y comenzar a desgranar la información, ahora que tengo mi ordenador.

—De acuerdo, instalo la impresora. Si quieres, puedo venir el domingo sobre esta hora y comemos.

—Lo siento, tengo un compromiso. —Aurora no puede faltar a la cita con su familia. No es una excusa.

—¿Importante? —pregunta Rodrigo alzando las cejas, intrigado.

—Muy importante.

—Entiendo —contesta, aunque su respuesta no le satisface.

Rodrigo carga la caja de la impresora hacia la habitación. Aurora sonríe. Desde que aceptó, tenía claro que actuaría de forma profesional, nada de confianzas. Ella no pertenece a su mundo, nunca podrían ser amigos.

Localiza el diario y se sienta en el sofá. Después del encuentro con el chófer, Fabiola no vuelve a escribir hasta agosto de ese mismo verano de 1994.

Querido diario:

Siento haberte abandonado durante estos dos meses.

No sé ni por donde empezar. Tras la noche en la playa, hablé con mis padres.

Me explicaron de nuevo que la situación económica de la naviera estaba en un momento crítico, por ese motivo accedieron a firmar el trato con Roberto Sanz.

A la pregunta de concertar mi matrimonio, me pidieron perdón, aunque no podían dar marcha atrás.

Roberto quería descendencia y no confiaba demasiado en las mujeres que conocía.

Yo era una chica joven, inexperta y de buena familia, y la heredera del cuarenta y nueve por ciento que aún conservaban mis padres después de la fusión.

Para él, un negocio redondo; para mí, un futuro que no deseaba.

La boda se celebró en la intimidad, y fue oficiada por el juez del registro civil de Massamagrell.

Añadí una condición, la tata vendría conmigo a Madrid.

La necesitaba a mi lado. No hubo traje de novia, ni banquete, ni luna de miel, ni amor, ni un beso…

—¡Instalada! Ha sido fácil. Te he dejado las instrucciones sobre el escritorio para configurarla en tu ordenador.

Aurora, sumida en la lectura, al escuchar la voz de Rodrigo, salta en el sofá.

—¡Uy! ¿Te he asustado?

—Estaba leyendo, he alucinado. Sigo sin creer que a finales del siglo XX aún existieran matrimonios concertados.

—Eran más comunes de lo que piensas, sobre todo, entre los hijos de las familias influyentes, así consolidaban su riqueza y poder. Incluso existen en la actualidad.

—El caso de Fabiola fue distinto. Tu padre era veinte años mayor que ella y no lo conocía de nada. ¿Tú lo harías?

—Yo no, mi hermano quizá.

—¿Está comprometido?

—Por ahora, ninguno de los dos, si es lo que querías saber.

—Si seguimos hablando, no podré adelantar mucho —desvía la conversación.

—Es cierto, estaré por aquí, por si me necesitas.

Aurora deja el diario sobre la mesa, se levanta y camina hasta él. Lo mira a los ojos.

—Seré clara contigo. No quiero ofenderte, pero prefiero estar sola, trabajar sola y vivir sola. Agradezco tu interés por…

—No sigas, lo capto. Me voy, cuando quieras compartir la información, me llamas —dice con voz tensa y borra la sonrisa fácil de sus labios.

Rodrigo camina hacia el ascensor, entra y pulsa el botón. Aurora lo observa hasta que las puertas se cierran.

—Tenías que hacerlo —dice autoconvenciéndose.

«Nunca sale bien», piensa.

Sin sopesar demasiado lo ocurrido, toma el diario y comienza a leer de nuevo dirigiéndose a la habitación. La última frase la deja paralizada:

Estoy embarazada, no sé si es de Roberto.