Capítulo 9
—¿De quién era el cochazo de ayer? —Inma la asalta en cuanto entra en la redacción.
—¿Qué coche?
—El que te recogió.
—Nadie —contesta y continúa su camino.
Inma la sigue a unos pasos, escucha sus tacones de aguja.
—Desembucha.
Aurora toma asiento y su compañera arrima la silla hacia ella, esperando una confidencia.
—No hay nada que contar. Es un viejo amigo de la familia —suelta la primera mentira que se le ocurre.
—¿Viejo? —pregunta desilusionada.
—Sí, quería visitar la tumba de mi abuela. —Segunda mentira.
—Qué siniestro.
—Un poco sí.
Inma, quien esperaba un cotilleo jugoso, desplaza la silla a su lugar.
Aurora respira aliviada. Todavía no sabe cómo decirle a su jefa que quiere disfrutar de las vacaciones.
Tiene dos opciones, confesarle la verdad o inventar cualquier excusa creíble, porque siempre deja esos días para Navidad y no depende solo de ella, sino del cuadrante de los compañeros.
Sin dejar que las dudas hagan mella en la decisión que ha tomado, se levanta.
—Si vas por un café, tráeme uno, porfa —le pide Inma, sin apartar la vista del ordenador.
No le contesta. Se atusa el pelo y camina resuelta hasta el despacho de Marisa, su jefa.
Cuando llega a la puerta acristalada, la observa por unos instantes.
Es una mujer de mediana edad, rubia, con el pelo rizado y unas gafas grandes de pasta, exageradas en proporción a su rostro, apoyadas en la punta de la nariz.
Aurora toma aire y toca con los nudillos en el cristal.
—Pasa —la escucha a la vez que le hace un gesto con la mano para que entre.
—Buenos días, Marisa.
—Buenas. —Es su forma habitual de saludar, seca. Es difícil deducir su estado de ánimo.
—Quería pedirte un favor.
Aurora consigue llamar su atención. Marisa se ajusta las gafas con un ligero toque de su dedo índice.
—¿Un aumento de sueldo?
—No, no, me preguntaba si sería posible cogerme las vacaciones.
—¿Ahora? ¿Sin avisar? Tendrás un motivo que las justifique.
—Sí, por supuesto… —Vuelven las dudas.
—¿Y bien? —pregunta Marisa impaciente.
—Sabes que desde hace tiempo estoy interesada en pasar a la sección de sucesos.
—Lo sé, y tú también sabes que no tienes la suficiente experiencia ni los contactos necesarios.
—Por ese motivo las preciso. Quizá, dentro de un mes, pueda convencerte para que me ayudes a conseguirlo. Tengo un caso de desaparición sobre el que quiero investigar.
—¿De quién se trata?
—En este momento no puedo darte más información, y te pediría que nadie de la redacción sepa la verdad sobre mi ausencia.
—De acuerdo. Aunque hay una becaria interesada en sustituirte, y debo decir que está haciendo méritos. Me gusta cómo escribe, es intuitiva y trabajadora. Podrías compaginarlo con tu trabajo, ¿estás segura de que merece la pena?
—Merece la pena.
—Si es tu decisión, nos vemos dentro de un mes. Espero que no te equivoques. Pásame el artículo de mañana antes de irte —le ordena.
—Lo tendrás antes de las once.
—¡Ah! Deja el portátil del periódico para tu sustituta.
Marisa desvía la mirada hacia la pantalla del ordenador, un gesto evidente de que puede marcharse.
Aurora camina como un autómata a la máquina del café, hasta que tropieza con Pepe.
—¿Qué pasa, Enana? ¿Dónde tienes la cabeza? —sonríe.
—Perdona, no te había visto.
—No hace falta que lo jures.
—Estás de buen humor. —Viste con su camisa favorita de cuadros marrones y chaleco a juego.
—Ayer no hubo bronca —le dedica un guiño.
—Me alegro por ti.
—Te he visto salir del despacho de Marisa, la exigente. —Levanta las manos y simula unas comillas con los dedos.
—Le he pedido las vacaciones.
—Creo que el año pasado ni siquiera las apuraste. ¿Estás enferma? —pregunta preocupado.
—No, es… —Confía en Pepe, pero recela de hacerle partícipe del que podría ser el gran artículo de su vida.
—¿Te encuentras bien? ¿Tienes algún problema?
—Mi hermana está embarazada, necesita reposo y me ha pedido que la ayude, con nuestro horario sería imposible.
—Enhorabuena, tita.
—Gracias, te echaré de menos.
—Un mes pasa rápido, espero que no te aburras mucho y, si me necesitas, solo tienes que darme un toque al móvil.
—Seguro que te llamaré.
Aurora busca en el bolsillo de sus vaqueros unas monedas para la máquina del café, las introduce y pulsa el botón. Observa cómo el líquido oscuro cae en el vaso de cartón, mientras reafirma la idea de que ha tomado la decisión correcta.
—¿Es mi café? —escucha a Inma a su espalda.
—Sí, cógelo. Tengo que terminar el artículo lo antes posible. Me he pillado las vacaciones.
—¿Vas a una playa exótica? —Aurora advierte la ironía de la pregunta y arruga la nariz—. Es broma, ¿me llamarás para comer algún día?
—Seguro que sí.
—¡Ains!, te echaré de menos. Pásalo bien y disfruta.
—Gracias, te dejo, todavía no me he ido.
Al regresar a su mesa, cruza por delante del despacho de Marisa.
Hay una chica hablando con ella y le señala su puesto de trabajo.
Para su sorpresa, el riesgo de que la becaria la deje sin su sección no le preocupa.
Tiene una intuición. La historia de Fabiola Mariscal será su aliada para conseguir lo que desea.