Capítulo 8
—¿Un matrimonio concertado? —pregunta Aurora, escéptica. Cierra el diario, lo deja sobre la mesa y, con el coletero, se hace un moño. Sigue sintiendo calor, lo achaca a la situación.
—Sí, así es. Tengo que ser sincero contigo.
—Inicia un paseo por el salón a ningún lugar—.
La naviera Sanz era una de las más importantes en el transporte de mercancías.
La alianza con Mariscal fue una oportunidad para consolidar su negocio, como detalla Fabiola en el diario —puntualiza—.
Además, salvó la empresa de Vicente de la bancarrota.
Según mi padre, Fabiola fue un accidente en su vida o una mala decisión, se dejó engatusar por su juventud porque no formaba parte de sus planes.
Después de unos meses de matrimonio, le exigió que le comprase las acciones y nos abandonó.
—Sin embargo, tenemos la prueba que desmiente esa versión. Fabiola formaba parte del trato —añade convencida.
—Ella pudo falsear sus palabras cuando lo escribió.
—Qué poco conoces a las mujeres, ¿nunca has tenido un diario?
—No, me parece una chorrada escribir tus secretos más oscuros para que alguien lo encuentre y los lea. —Aurora advierte una sonrisa irónica.
—Gracias a él podremos seguir su rastro.
—Como te dije, lo he leído todo, y te puedo asegurar que te sorprenderá. No quiero adelantarte nada. Analízalo y, cuando termines, pondremos en común las conclusiones a las que hemos llegado.
—Estoy de acuerdo, seguiré leyendo esta… —Antes de alcanzar el diario, Rodrigo lo coge y lo guarda en el cajón de la mesa.
—No, ¿a no ser que quieras quedarte desde hoy en el estudio?
—Perdona, no recordaba tu condición —dice acentuando las dos últimas palabras.
—¿Qué necesitas?
—¿Qué quieres decir?
—Para instalarte mañana.
Aurora está acostumbrada a los espacios reducidos e íntimos. En el salón sería incapaz de concentrarse.
—¿Una habitación? —pregunta irónica.
—Acompáñame, te la enseñaré.
Entran por el pasillo de la derecha. Las luces se encienden a su paso.
—La primera es la mía—. La señala como un azafato de vuelo sin dejar de caminar. Está cerrada—. Y esta es la tuya, con baño incluido, es más pequeña.
Cuando Rodrigo abre la puerta, Aurora intuye que ambos no tienen la misma percepción del espacio.
Para ella es inmensa, con una cama de matrimonio de dos por dos, una televisión plana en la pared, un escritorio —en el que podrían comer seis personas—, y una silla blanca giratoria de diseño, como las que muestran los influencers en TikTok. Observa que aún está plastificada.
—¿Sabías que aceptaría?
—No, pero soy previsor. Además, quería tener una de estas.
Rodrigo se acomoda en la silla y sonríe.
—¿Siempre consigues lo que deseas? —Aurora odia a la gente prepotente.
—A veces.
—¿Qué haces en la naviera?
—Estudié ingeniería naval, como ves, yo seguí la tradición familiar. Superviso el diseño, la seguridad, administro los recursos y la logística para optimizar el rendimiento de los barcos, inspecciones técnicas…
—Vale, vale, o sea, que no vives del cuento.
Rodrigo se levanta.
—«Ser rico no implica ser un vago». Es una frase que aprendí de mi padre. Al acabar la carrera, me tomé un año sabático y decidí viajar.
—¿En los barcos de la naviera?
—No, de mochilero.
—Un mochilero con la cartera llena —ironiza Aurora.
—Estás muy confundida. Por supuesto, tenía ahorros, pero mi presupuesto fue muy ajustado. Aquella aventura me sirvió para valorar lo afortunado que era, mejor dicho, que soy. ¿Alguna pregunta más?
—¿Dónde está el armario? —Echa un vistazo a las paredes, que parecen desnudas.
—Son empotrados con sistema de apertura inteligente, así como la iluminación y el control de temperatura. El mando está en el salón.
Rodrigo se levanta y, con un movimiento de la mano, le indica que camine hacia la pared que está justo enfrente de la cama. Cuando están a menos de un metro de distancia, dos puertas se deslizan hacia los lados y dejan al descubierto un vestidor con iluminación led. En el centro hay un tocador.
—Con la ropa que tengo, no creo que llene ni dos baldas.
—Ja, ja, ja, si necesitas vestuario, solo tienes que pedirlo.
—Me gusta mi ropa, gracias.
Rodrigo levanta las manos, a modo de disculpa, al percibir tensión en sus palabras. Aurora camina hacia el ventanal. La orientación sur del ático le muestra una vista espectacular de la Torre Picasso.
—Allí tenéis las oficinas de la naviera, ¿verdad? —Señala con el dedo índice el majestuoso edificio.
—Sí, planta diecinueve.
—No me importaría visitarla.
—Ahora no es posible, nadie puede relacionarnos —dice con un tono serio.
—Lo entiendo, ¿y la cocina?
—En el otro pasillo, aunque nunca la he utilizado.
—¿Y cómo sobrevives?
—Vivo en La Moraleja, con mi querido hermano Alexandro, y mis pad…, Victoria —rectifica con un halo de tristeza—. Tenemos cocinera, mayordomo, limpiadora, chófer y dos jardineros.
—¿Dos jardineros?
—Lo has hecho de nuevo, repetir mis últimas palabras.
Ambos sonríen, después, un silencio cortante se instala entre los dos. Aurora no necesita su amistad. «Nunca sale bien», piensa.
—Debo irme.
—Sí, claro.
Regresa al salón apresurada. Coge la llave del ascensor, la guarda en la mochila y se coloca la chaqueta.
—Espera, necesitarás la clave de la alarma para entrar y el mando del garaje. Mañana no estaré a primera hora. Es 1687. ¿La recordarás? —Aurora asiente—. Si alguna vez la olvidas, puedes buscar cuándo se publicó Principia Mathematica de Newton.
—Original.
—Es un libro con teoremas físicos esenciales para la ingeniería.
A Aurora la última información le sobra.
—Hasta mañana.
—Bajo contigo y te llevo a casa.
—No es necesario, cogeré el metro y te pasaré el tique. A partir de ahora, como tú has dicho, será mejor que no nos vean juntos.