La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Todavía estupefacta por la noticia, entra en su habitación y cierra de un portazo.

No da crédito a los planes de sus padres.

En ese momento entiende por qué no ha viajado en un avión privado, el recibimiento en el aeropuerto, la conversación nerviosa de su madre y el talante taciturno de su padre.

Se desviste y lanza el vestido al otro lado de la habitación.

Los zapatos los tira por la ventana. Bajo la almohada está su pijama favorito, es blanco con lunares rosas.

Al meterse en la cama, explota y la rabia contenida moja la almohada.

Sigue sin comprender cómo se les ha ocurrido concertar un matrimonio con una persona desconocida para ella y que le dobla la edad.

El futuro que había imaginado se desvanece.

Intenta cerrar los ojos y no pensar. No deja de dar vueltas en la cama. La llantina y el cansancio son insuficientes para conciliar el sueño.

—No me casaré, no me casaré. Los odio —repite una y otra vez, como un mantra.

Mira el despertador digital de la mesita; es la una de la mañana.

En pijama, se calza las deportivas y baja las escaleras.

Luego, sale a la zona ajardinada. Allí está aparcado el coche familiar y el BMW deportivo de su padre.

Quiere huir, salir de aquella cárcel de cristal.

Recuerda que las llaves de los vehículos las guarda el chófer.

Se dirige a la casa auxiliar, solo para el servicio.

Tiene suerte y la puerta no está cerrada.

Las encuentra en el recibidor. Con sumo cuidado, para no despertar a los trabajadores, las coge.

Cuando se dispone a salir, alguien la agarra por el brazo. El susto casi la hace gritar.

—¿Adónde vas? —Es el chófer. Viste con un pantalón corto y una camiseta básica.

—A ti no te importa. ¡Suéltame! —Se deshace de su agarre.

—No, no me importa, es cierto. Aunque el guardia de la garita no te dejará pasar. Tu padre ha dado instrucciones muy precisas.

—¿A qué te refieres? —la explicación del chófer la sorprende.

—Siempre que salgas, lo harás acompañada.

—¡Eso es una estupidez!

—De acuerdo, inténtalo. Tengo sueño. Buena suerte. —Hace el amago de girarse.

—Espera, si tú me llevas, me dejará pasar.

—Estás en pijama, ¿dónde quieres ir con esa pinta? —La mira de arriba abajo.

—A cualquier sitio lejos de aquí.

—Es tarde, hace fresco y…

—Soy tan dueña de esta casa como mi padre. Te ordeno que me lleves —exige con determinación.

El joven levanta las manos.

—De acuerdo, al menos déjame que me ponga unas zapatillas.

Fabiola desvía la mirada a los pies descalzos del joven.

—Te espero en el coche, no tardes.

A regañadientes, ella acepta que el chófer conduzca, aunque no consiente sentarse en la parte trasera. Al pasar por la garita, el guardia se asoma al interior del vehículo.

—Buenas noches, menudas horas para salir. ¿Don Vicente lo sabe?

—Es una urgencia, la señorita Fabiola no ha querido despertar a sus padres. La llevo a la farmacia de guardia del pueblo.

—¿Se encuentra bien?

—Sí, cosas de mujeres —dice Fabiola.

—¡Ah! Entiendo.

El hombre se aparta y el coche atraviesa la entrada de la urbanización.

—¿Adónde quieres ir? —pregunta el chófer.

—A la farmacia no, eso seguro. Buena ocurrencia, por cierto.

—Gracias —sonríe.

—¿Cuánto llevas trabajando con mi padre? ¿Cómo te llamas? —Fabiola adopta la postura de yoga, cruza las piernas en el asiento del vehículo y espera las respuestas.

—A la primera pregunta, tres meses, y a la segunda, Francisco. Mis amigos me llaman Fran, a secas —aclara.

—No soy tu amiga.

—Entonces, llámame como quieras. ¿Adónde vamos? —insiste. Conduce sin rumbo fijo.

—A la playa.

Justo antes de entrar en el pueblo, Fabiola le indica que pare en un bar de copas.

—¿Tienes dinero?

—No, he salido con lo puesto.

—Espera. —Fabiola descruza las piernas, abre la guantera, saca la documentación del coche y encuentra lo que busca—. Toma este billete de cinco mil pesetas. Mi padre siempre lo lleva por si surge una emergencia y esta lo es. Compra vodka, hielo, naranja y vasos, aunque sean de cristal.

—No es una buena idea. Además, ¿quién toma vodka con naranja?

—Yo, no me gusta el sabor del alcohol.

—Entonces, ¿por qué quieres beber?

—Cómpralo —le ordena ofreciéndole el billete. No le debe ninguna explicación.

Después de la compra, no tardan en llegar y estacionan sin dificultad en los aparcamientos gratuitos.

En junio el clima es agradable. La temporada alta comienza en julio y se alarga hasta agosto, por lo que la playa está desierta.

Al bajarse del BMW, Fabiola siente la brisa fresca en la cara, toma una bocanada de aire que le sabe a sal y escucha el ritmo pausado de las olas.

—Cómo echaba de menos este olor, cada playa huele de una forma particular.

—Si tú lo dices —comenta Fran mientras cierra el coche—. ¿Y ahora qué?

—¡Sígueme!

Fabiola corre por la arena como la niña que descubre por primera vez el mar. A medida que avanza, se despoja del pijama hasta que, en ropa interior, llega a la orilla. No lo piensa, entra decidida en el agua.

—¡Vamos! ¡Báñate! —anima a Fran, quien no está por la labor.

—No, gracias, mejor te espero aquí —dice sentándose sobre la arena.

—¡Eres un aburrido! —Se zambulle y bucea unos metros.

—¡Fabiola! —grita Fran, al perderla de vista.

Unos segundos después la ve asomar la cabeza.

—¡Sal ya! Si te ahogas, tu padre, además de echarme, me mata.

—Ja, ja, ja, soy muy buena nadadora.

De repente, Fabiola comienza a hacer aspavientos en el agua, chapotea con las manos e intenta mantenerse a flote. Fran, asustado, se descalza y corre en su ayuda. La alcanza antes de que se sumerja por completo.

—He conseguido que entres en el agua —dice juguetona.

—¡Niñata! —grita, y la hunde.

—¡Eres tonto! Casi me ahogas —consigue decir cuando saca la cabeza.

—Lo tienes merecido. No me gustan este tipo de bromas.

—Salgamos, quiero emborracharme —Fabiola ignora el enfado de Francisco.

—No es buena idea, debemos…

Lo deja con la palabra en la boca. Está harta de que le digan lo que puede o no puede hacer.

Nada hasta la orilla, localiza las dos piezas del pijama y después de vestirse, se prepara un cubata.

Le ofrece a Fran, pero él declina la invitación, tiene que conducir.

A partir de la tercera copa, Fabiola, con la lengua de medio trapo, comienza a contarle los planes de futuro que sus padres han ideado; un matrimonio con un hombre mayor que ella y que no conoce de nada.

—Míralo por el lado positivo, el tío está forrado y, si solo es una boda de conveniencia, no te hará ni caso. Seguro que te dejará hacer lo que quieras.

—¡Soy virgen! —grita angustiada—. Mi primera vez será con un viejo. ¿No lo entiendes? No lo deseo, no lo quiero y nunca lo querré. Solo de pensarlo siento náuseas.

—Las náuseas son por el alcohol —bromea.

—¡Eres imbécil! No sé para qué te cuento nada, solo eres un chófer.

—Yo no he preguntado.

—Sírveme otra copa —exige, mostrándole el vaso vacío.

—Será mejor que regresemos, tus padres pueden darse cuenta de que no estás y escucharán llegar el coche a altas horas de la madrugada. No quiero meterme en un lío.

—Ja, ja, ja, duermen en habitaciones separadas; mi madre con tapones y mi padre con la radio. —Se acerca al oído de Fran, como si alguien pudiera escucharla—. ¿Tienes novia? —le pregunta mientras le roza con los labios el lóbulo de la oreja. Está salado.

—No —contesta incómodo, y ladea la cabeza para separarse de ella.

—Entonces, me servirás, quiero hacerlo contigo. Aquí y ahora.

—¡Estás borracha! No sabes lo que dices.

—Estoy borracha, pero sé lo que digo. Hazme este favor. —Toma la cara de Fran entre sus manos y le roba un beso. Luego, baja hacia la entrepierna del joven y enseguida percibe que está excitado—. Fóllame, Fran.