La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 7
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Capítulo 7

Fabiola está emocionada. Camina hacia la zona de llegadas del aeropuerto con una maleta de cabina y una sonrisa perenne en los labios.

El resto de sus pertenencias las ha enviado con antelación.

Da gracias por haber encontrado un vuelo que llega a Valencia por la tarde.

En cuanto cruza la salida, los ve. Su madre, elegante como siempre, con un vestido de lino en color crudo, corre hasta ella.

Su padre, sin embargo, aguarda con el porte sobrio que lo caracteriza.

— Xiqueta , estás guapísima, cuánto me alegro de que estés en casa —dice Carmen estrechándola entre sus brazos—. Déjame que te mire. —La separa de ella—. Habrá que ponerte a dieta y podrías haber elegido otro atuendo, ¿vaqueros y deportivas?

—Mamááá, ¿este es tu recibimiento, después de un viaje de doce horas?

—La imagen es importante.

—En tu mundo, en el mío no —protesta Fabiola.

—¡Qué tonterías dices, cariño! Saluda a tu padre, te ha echado mucho de menos.

Avanza hasta él.

—Hola, papá —saluda remolona, a la espera de la reacción de Vicente.

—Ven aquí —la invita extendiendo los brazos.

Fabiola no lo duda ni un segundo, se cobija en el pecho de su padre. Lo admira, lo quiere.

—Nos esperan en casa. —Vicente deshace el abrazo. Es un hombre serio y poco dado a demostrar sus emociones en público, aun así, Fabiola aprecia en su cara una expresión difícil de definir.

—Sí, tenemos una sorpresa para ti —añade Carmen.

—¿Mi fiesta?

—Tu fiesta y algo más.

Los tres salen del aeropuerto de Manises, les espera el coche familiar.

Fabiola le entrega la maleta al chófer, un joven algo mayor que ella y atractivo.

Este le dedica una sonrisa de dientes perfectos que la sonroja.

Sus relaciones amorosas han sido pocas y aún es virgen, más por miedo a quedarse embarazada que por el hecho de tener sexo. No quería atarse a nadie en EE. UU.

Emprenden el viaje, Carmen no para de hablar de temas superficiales, como el clima, las últimas fiestas a las que han sido invitados, la remodelación de la zona ajardinada y la piscina… Vicente, sentado en la parte delantera, permanece callado.

A los quince minutos, divisa el cartel que da la bienvenida a la urbanización Los Monasterios, en Puzol.

Es una zona residencial elitista entre la montaña y el mar, a los pies de la Sierra Calderona.

Un lugar idílico, según dice Carmen; vigilado las veinticuatro horas del día, piensa Fabiola.

El chófer saluda al guardia de la garita y este acciona la barrera levadiza.

Al cruzar la entrada de la parcela, Fabiola baja del vehículo ilusionada por la sorpresa. Desea celebrar lo que resta de su día por todo lo alto, ni siquiera el desfase horario se lo impedirá.

—Tranquila, xiqueta, las señoritas no corren.

—Odio las etiquetas —refunfuña. Advierte una sonrisa cómplice del chófer al entregarle la maleta.

—¿Has perdido los buenos modales? —la pregunta de Carmen suena a regañina.

—No, mamá —contesta, evita decirle lo que piensa. Está feliz de volver, aunque sabe que la libertad con la que vivió en América ha terminado al pisar suelo levantino.

Camina con pasos comedidos hasta el chalé de lujo, de líneas modernas y ventanales de suelo a techo. La puerta se abre.

—¡Tata! —grita entusiasmada. La recibe una empleada del servicio, uniformada con una bata azul. La abraza. Es una mujer de sonrisa dulce, ojos azules y cabello rubio recogido en una coleta. En su rostro se aprecia el paso de los años, con arrugas de expresión en la frente.

—¡Ay, mi niña! Por fin en casa.

Elvira, la tata, como Fabiola la llama cariñosamente, trabaja en la casa de los Mariscal desde que ella nació. Es su segunda madre, apelativo que a Carmen no le agrada escuchar.

Nacida en Madrid, emigró a la costa valenciana para buscarse la vida.

Consiguió un empleo de limpiadora en las oficinas de la naviera de Vicente y después de unos años, al ser una persona honesta y de total confianza, pasó al servicio de la familia como cuidadora de Fabiola. Enviudó joven, solo tiene una hija.

—Cómo te he echado de menos. —La achucha y recibe dos besos sonoros en las mejillas.

—Yo a ti también, tenemos mucho de qué hablar.

—Claro que sí…

—Sube a tu cuarto, cámbiate, los invitados no tardarán en llegar —interrumpe Carmen.

—Mañana nos vemos en el desayuno —dice Fabiola para no enfadar a su madre, sabe que siente celos por la complicidad de ambas.

Sube la escalera de mármol hacia la zona de las habitaciones y comienza su primer calvario.

Carmen ha colocado encima de la cama varios vestidos, media docena de zapatos en el suelo y una selección de pendientes sobre la mesita de noche.

Al menos tendrá la opción de elegir. Se decide por un vestido lencero de seda, negro, amplio, así disimulará los kilos de más.

Al sentarse frente al espejo del tocador, advierte los mofletes abultados y reconoce como cierto el comentario de su madre.

La suerte de lucir una melena azabache rizada los camufla.

No suele maquillarse, le gusta la belleza natural, así que solo retoca sus mejillas y da color a los labios con un rosa suave.

Está preparada. La puntualidad es otra de las normas de la familia Mariscal; a las nueve menos un minuto baja al salón.

Su madre ha dispuesto una cena del tipo bufé, tendrá que soportar la estrechez de los zapatos de tacón, al menos estos disimulan su escasa altura, si la compara con la de sus padres.

Los invitados comienzan a llegar; lo más granado de la alta sociedad de Valencia.

La saludan como si la conocieran de toda la vida, y ella apenas los recuerda.

Empresarios, abogados, políticos… y poca o ninguna persona de su edad.

Tras una comida ligera y soplar las velas de la tarta, Vicente Mariscal tintinea en su copa.

—Señores, muchas gracias por acompañarnos en este día tan especial para nuestra familia.

Fabiola ha concluido sus estudios en la Universidad de Yale con un expediente académico sobresaliente.

—Los asistentes aplauden, Fabiola enrojece y levanta su copa en señal de agradecimiento—.

Comienza una nueva etapa para ella, así como para la Naviera Mariscal.

Por favor, Roberto, quiero que estés a mi lado.

—Un hombre de unos cuarenta años, al que Fabiola ha conocido esa misma noche, se acerca hasta él—.

Puedo anunciar que nuestras dos empresas se han fusionado en el Grupo Sanz-Mariscal.

A partir de hoy, somos la mayor naviera de España en el transporte de mercancías y pasajeros.

La noticia se celebra con aplausos y saludos personales.

Unas horas después, los invitados han abandonado la fiesta, excepto Roberto Sanz, quien junto a sus padres, conversan en el sofá. Fabiola, aburrida, y con los pies doloridos, decide irse a descansar.

—Papá, buenas noches, estoy agotada —los interrumpe.

—No, siéntate, queremos hablar contigo.

Obedece. Se acomoda al lado de su madre, frente a los dos hombres.

—Ya conoces a Roberto, nuestro socio y amigo.

—Ella asiente—. Bien…, como sabes, hemos llegado a un acuerdo comercial que garantizará la estabilidad de nuestra empresa y tu futuro.

—Vicente mira a su hija, quien advierte la tensión en el rostro de su padre—.

El contrato incluye tu matrimonio con Roberto.

—¿Matrimonio…? —pregunta aturdida, alterna la mirada entre sus progenitores, incrédula.

—La boda civil se celebrará en una semana, por ahora no queremos que los medios se hagan eco de la noticia —añade Vicente.

—Pero… Soy… Quiero… No… —balbuce. Intenta ordenar una frase coherente en su cabeza.

—Hija, Roberto es… —pretende explicar Carmen.

Fabiola se levanta y contesta enfurecida:

—¡Me da igual quién sea! ¡¿Esta es la sorpresa?! —grita enérgica.

—Tranquila, xiqueta, podemos hablar civilizadamente. —Su madre da dos palmadas en el sofá—. Siéntate, por favor.

—Ni xiqueta ni nada. ¡No quiero sentarme!

—Fabiola, obedece a tu madre —la frase contundente de su padre la hace entrar en razón. Vicente espera a que se acomode—. Esta decisión también es dura para nosotros, pero no nos queda otra alternativa. La naviera está atravesando por problemas económicos bastante graves.

—¿Con la fusión no es suficiente? —pregunta más calmada.

—Sin matrimonio, no hay trato —sentencia Vicente.

Fabiola observa a Roberto. Está callado y no interviene en la conversación.

—¿Por qué quieres casarte conmigo? —se dirige a él. Requiere una explicación lógica.

—Buena pregunta —contesta incorporándose en el sofá—.

Necesito una mujer que defienda mis intereses, en este caso son los tuyos también.

Por otro lado, pronto cumpliré cuarenta y un años, y deseo tener descendencia.

Tú eres una joven discreta y, por lo que me ha contado tu padre, serás una buena madre.

Hasta ahora, no he tenido suerte con las mujeres.

Todas buscaban el interés más que un amor sincero.

—Yo no te quiero y nunca te querré —dice con rotundidad.

—Sí, lo sé, pero no habrá mentiras entre nosotros. Solo es un acuerdo comercial y firmaremos las condiciones en un convenio prematrimonial, yo pondré las mías y tú las tuyas. Una de ellas será que, si antes del año no te quedas embarazada, podrás divorciarte.

—No es un consuelo, todo lo contrario —dice cabizbaja.

—Fabiola —interviene Vicente—, no hay marcha atrás.

Se levanta y corre despavorida.

—Entrará en razón, solo hay que darle un poco de tiempo —conjetura Carmen. Comentario que su hija escucha antes de subir las escaleras.