La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 6
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Capítulo 6

—¿Por qué estamos aquí? —pregunta Aurora cuando suben en el ascensor, sin mirarlo.

—Prefiero que nadie nos vea juntos.

—Entiendo —dice con un tonillo neutro que no deja indiferente a Rodrigo.

—No, perdona —se apresura—, no quería insinuar lo que piensas. Es por otro motivo. Si lo que dice el diario es cierto, puede que la desaparición de Fabiola Mariscal no fuera voluntaria.

—¿Desaparición?

El ascensor se detiene en la última planta del edificio, con acceso directo a la vivienda.

—Sí, entremos en el estudio. —La invita con un gesto de la cabeza.

Rodrigo teclea el código de la alarma. La caja está situada al lado de un extintor.

Mientras, Aurora recorre con la mirada la estancia, es fría y desangelada, con colores tierra combinados con blanco.

No hay fotos familiares, ni adornos, solo unos cuadros minimalistas.

Su olfato reconoce la colonia amaderada.

—¿Estudio? —pregunta, sorprendida. El salón es tan grande como su piso.

Rodrigo la observa con expresión cómica antes de responder.

—Lo has vuelto a hacer.

—¿El qué? —dice ella, sin entender muy bien a que se refiere.

—Repetir la última palabra que digo.

—No era mi intención. —No es una disculpa, ni siquiera se ha dado cuenta.

—¿Quieres beber algo? —pregunta tras una breve pausa, buscando la forma correcta de comportarse.

—No, gracias, no tengo sed.

—Como quieras —dice él, sin insistir. No quiere hacerla sentir incómoda—. ¿Nos sentamos?

Ambos se acomodan en el sofá. Aurora deja su mochila en el suelo y Rodrigo abre uno de los cajones de la mesa central. Le muestra el diario; es una libreta rosa con encuadernación en espiral.

—Quiero que me ayudes a descubrir dónde está Fabiola Mariscal. Aquí tienes la información que necesitas.

—¿Por qué yo? —Sus pequeños ojos almendrados se agrandan.

—En primer lugar, no estás vinculada a mi familia; en segundo lugar, nadie de mi entorno o de la naviera debe estar al tanto de la investigación, y, en tercer lugar, eres periodista de sucesos. Tienes fuentes a las que acudir sin levantar ninguna sospecha —explica convencido.

—Podrías tener al mejor detective privado de Madrid, yo solo soy… —Se atusa el pelo. Le pesa haberle mentido sobre su trabajo en el periódico.

—Lo sé, una periodista joven, sin embargo, tú eres mi mejor opción. Te pagaré.

—El dinero es lo de menos —miente.

Rodrigo se levanta. Aurora supone que es su forma de centrarse y convencerla de que es la persona ideal para el encargo.

—¿Sabías que tu abuela trabajó para Fabiola?

—No.

—Ella la llamaba tata, la quería como a una madre. Quizá, el hecho de que fueras tú la elegida para enviar el sobre no es fruto de la casualidad.

—¿A dónde quieres llegar?

—Trabajemos juntos, seguro que tu abuela deseaba tanto como yo encontrarla. Hazlo por ella. ¿Por qué si no lo ha guardado en secreto durante tantos años? —Le muestra de nuevo el diario.

—No estoy preparada, y sería difícil compaginarlo con el periódico. —La proposición de Rodrigo le parece una locura, la mentira ha llegado demasiado lejos. Aun así, no lo contradice.

—Pide vacaciones o un permiso sin sueldo —insiste.

—No puedo permitírmelo.

—¿Cuánto ganas?

—Soy mileurista —admite sin pudor.

—Lo doblo, y además te pagaré dietas, así como los viajes que realices, y siempre tendrás la nevera llena.

—Tendría que pensarlo, ni siquiera sé a lo que voy a enfrentarme. Déjame el diario esta noche y mañana te daré una respuesta. —Al intentar arrebatarle el diario, lo aleja de ella.

—Me temo que no puedo entregártelo, solo lo haré si aceptas el encargo —Rodrigo lanza su órdago.

—¿Puedo pensármelo?

—Sí, claro, te dejo unos minutos a solas. Tengo que hacer una llamada.

Sale a la terraza del estudio y cierra la puerta corredera acristalada. Aurora siente calor, se quita la cazadora, supone que debido a la proposición. En la primera persona en la que piensa es en Pepe Flores.

Él no dejaría pasar una oportunidad como esta, seguro que no.

Si la sospecha de Rodrigo resulta cierta, está frente a un caso que podría abrirle las puertas de la sección de sucesos, justo lo que siempre ha querido.

Pero ¿le daría él la primicia? ¿Quería realmente trabajar en la sombra?

¿Y si al final no obtenía la recompensa esperada? El dinero, al menos, le vendría bien.

«¡A la mierda! Mejor no darle más vueltas».

Rodrigo termina la llamada y entra de nuevo.

—¿Y bien? —Sus ojos ni parpadean a la espera de una respuesta.

—Acepto —contesta comedida.

—¡De puta madre! —Cierra los puños y celebra la victoria como un futbolista cuando mete un gol.

—No sabía que los de tu clase decíais tacos —apunta sorprendida por la reacción de Rodrigo, excesiva para su gusto.

—Solo en la intimidad —sonríe y se recompone.

—De acuerdo, tenemos un trato. Comenzaré hoy mismo, dame el diario. Mañana hablaré con mi jefa para que me dé las vacaciones de este año.

—Estamos en octubre, ¿aún no las has disfrutado?

—No he tenido tiempo —contesta. «Ni dinero», piensa.

—Hay otra condición. El diario se queda aquí, es decir, vivirás en mi estudio el tiempo que dure la investigación. Así podré estar al tanto de tus averiguaciones.

—¿Pretendes secuestrarme? —pregunta, incrédula.

—No, ni mucho menos. Tienes total libertad para moverte, solo que este edificio es más seguro.

Tiene alarma conectada, portero, plaza de garaje y nadie puede acceder a este ático sin mi autorización y sin esta llave del ascensor.

Solo hay dos copias, y esta es la tuya. —Mete la mano en el bolsillo del pantalón y la deja sobre la mesa.

—¿Por qué tanto secretismo?

—Averígualo tú. Lee. —Le entrega el diario.

Se sientan de nuevo. Rodrigo la observa expectante. Aurora pasa la primera página. La letra de Fabiola es redonda y legible.

17 de Junio, 1994

Querido diario:

Hoy cumplo veintiuno.

Por fin regreso a Valencia graduada en Filología Inglesa por Yale.

No soy superdotada, pero casi. He pasado más tiempo de mi corta existencia en EE.

UU. que en España. He sentido tristeza al despedirme de los pocos amigos que he dejado, confío en que a papá no le importe que vuelva en vacaciones.

Estoy deseando aterrizar, aunque aún tengo que hacer un transbordo.

No entiendo por qué mis padres no han contratado un vuelo privado, como en otras ocasiones.

Me espera una fiesta doble; de bienvenida y cumpleaños, y el mismo sermón de siempre: «Fabiola, estás capacitada para estudiar la carrera de ingeniería naval».

La tradición, siempre la tradición. Sin embargo, mi deseo es dedicarme a la enseñanza, seguro que encuentro una plaza en alguna universidad privada.

Son las cuatro de la mañana. He cometido el mayor error de mi vida.