La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense Capítulo 5
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Capítulo 5

La mañana de Aurora comienza con la bronca de su jefa de sección.

Toma asiento frente al ordenador con un bloqueo brutal.

Podría haber aprovechado su encuentro con Rodrigo para el artículo de la muerte de Roberto Sanz, sin embargo, debido a su ética, y porque aquel tío no le había caído del todo mal, lo evitó.

Además, su abuela se hubiera levantado de la tumba.

«Hay que ser honesta, nunca utilices la confianza como un medio para abrirte paso; con el tiempo, te pasará factura», recuerda sus palabras, siempre acertadas.

Sin nada jugoso a lo que meterle mano, mira a su alrededor y decide visitar a su amigo Pepe Flores. Un hombre con un olfato especial para las noticias de sucesos y una forma de escribir impactante. Lo envidia, ha conseguido el puesto que desea y solo es unos años mayor que ella.

Está a un par de mesas de distancia. Su atuendo es fácil de reconocer gracias a la camisa de cuadros y el chaleco; su fondo de armario con infinitas combinaciones.

Habla por teléfono casi acostado en el respaldo de la silla giratoria, la cual balancea de un lado a otro, como si el movimiento le ayudara a concentrarse en la conversación.

Aurora se sienta en el pico de la mesa; el único espacio que encuentra entre los papeles desordenados. Espera a que Pepe termine la llamada.

—Tienes mala cara, ¿te has peinado o afeitado hoy? —pregunta Aurora.

—Ayer no fue un día demasiado bueno, discutimos otra vez —admite. Suelta el teléfono sobre la mesa, se alisa el pelo hacia atrás y se frota la cara con la palma de las manos.

—¿Volviste a beber? —Es más una afirmación que una pregunta.

—Solo un par de copas.

—Dijiste que lo dejarías después de la última pelea.

—No soy un alcohólico —afirma con rotundidad.

—Aún no, tu mujer tiene razón, y no me extraña que…

—¿Qué quieres? —Pepe cambia de tema. Alcanza una pelota antiestrés negra con su mano derecha y la aprieta con fuerza.

Aurora comprende que si continúa con los reproches, solo logrará acrecentar su mal humor.

—Estoy en blanco, ¿tienes algo para mi sección?

—Escribe sobre Rafa Nadal y su retirada.

—Los de deportes están con ello.

—Ellos hablan de trofeos, logros y demás, tú puedes enfocarlo desde el lado humano. Tengo un contacto que puede ayudarte. —Suelta la pelota, coge una agenda manoseada de piel, busca entre sus páginas hasta que lo localiza y copia el número en un pedazo de papel—. Aquí lo tienes.

—¿Aún sigues anotándolos ahí? —Señala la reliquia y sonríe.

—No me fio de la tecnología, como decía mi abuelo: «Más vale lápiz corto que memoria larga». —Alza las cejas, como quien habla desde la experiencia.

—Buen consejo. ¿Quién es? —pregunta, intrigada.

—Alguien de su entorno —contesta con una sonrisa de complicidad.

—¡Gracias! —dice al leer el nombre en la nota—. Si no estuvieras casado, te tiraría los tejos. —Aurora rodea la mesa y le planta un beso en la cabeza. Advierte un olor que no le agrada y arruga la nariz—. Hueles a tabaco.

—Solo me quieres por el interés, sal de mi vista, Enana. —Pepe le lanza la pelota sin apuntar, con un gesto burlón.

Regresa a su mesa y cuando se dispone a marcar el contacto que le ha pasado Pepe, Inma, la compañera de escritorio, capta su atención con una pregunta:

—¿Conoces las envolturas? Mira. —Gira la pantalla de su ordenador y le muestra la foto de una chica con las piernas cubiertas de plástico transparente—.

Está bastante de moda, sirve para disminuir la retención de líquidos, activar la circulación y mejorar la elasticidad de la piel, incluso pueden tratar la celulitis.

—¿Es una indirecta? —pregunta Aurora, a la defensiva.

—¡Hija! Tampoco es para que te lo tomes así. —Le quita importancia al comentario—. Tú estás delgada, aunque un poco fofa.

—Gracias, de nuevo —dice, irónica.

—Es para mi artículo del dominical —añade su compañera—. He pensado probarlo, para ser lo más veraz posible sobre su eficacia. ¿Quieres venir conmigo? Tengo cita esta tarde.

—Lo siento, no puedo, aún no he terminado con el mío.

—En fin, tú te lo pierdes.

—Sí, una pena —dice con tristeza fingida.

Inma es la redactora de la sección de salud y belleza, muy acorde a su físico.

Obsesa del gimnasio, el pádel, la comida sana y los potingues de marca.

Una rubia de bote, cuarentona, operada de las tetas y el culo, que ella sepa, porque imagina que no son las únicas partes retocadas de su cuerpo perfecto, aunque es simpática.

Comen juntas los lunes. Su vida afectiva es un vaivén de «buenorros», como ella dice, aunque nunca la ha visto con ninguno, y por lo que le cuenta, duran poco.

Más de una vez ha soportado los monólogos sobre sus decepciones amorosas; Inma sentada en el retrete a puerta cerrada y ella sujetándole el paquete de pañuelos.

Vibra el móvil de Aurora, suele dejarlo en silencio cuando trabaja. Es su madre.

—¡Buenas! ¿Qué tal el día? —dice con una alegría excesiva, que a ella le resulta sospechosa.

—Bien, como siempre —contesta, sin mucho entusiasmo.

—¡Tengo una noticia! Tu hermana está embarazada. —Lo suelta como una bomba, sin anestesia.

Aurora se queda un instante en silencio, tratando de asimilar la noticia.

—¿Cómo? ¿Y no me ha llamado?

—Lo hará, y cuando lo haga, no le digas que te lo he dicho.

—¡¡Mamá!! —protesta, enfadada—. A ella le hubiera gustado contármelo.

—Lo sé, hija, lo sé —responde su madre, con un suspiro.

—No tienes remedio —dice Aurora, resignada.

—¿El domingo te espero para comer?

—Sí, como siempre —contesta más calmada.

—Te quiero mucho.

—Yo a ti también. —Sus palabras suenan a: «¿Qué voy a hacer contigo?».

Su madre corta la llamada.

Aurora se queda pensativa por unos instantes.

Su hermana Irene, cuatro años mayor que ella, en cuanto consiguió aprobar las oposiciones de la Seguridad Social, se casó con su novio de toda la vida.

Tras seis meses de feliz matrimonio, está embarazada; sin embargo, ella no avanza, ni como periodista ni con sus relaciones.

Evita recordar el pasado. Aunque no desea ser madre, al menos por ahora; con un sobrino o sobrina le bastará.

Aleja los pensamientos que no la llevan a nada y se concentra en el trabajo.

Coge la nota que le ha pasado Pepe, guarda el número en el móvil e intenta, en un par de ocasiones, contactar con él.

Está fuera de cobertura. La alegría reciente se le queda a medio camino y una punzada de fastidio le recorre el estómago.

Suspira. Hoy parece que nada termina de salirle bien.

Para distraerse, intenta recuperar el ánimo buscando noticias relevantes del protagonista de su artículo.

—¡Aurora! —escucha gritar a Inma.

—¡¿Qué?! —contesta, sobresaltada.

—Te llaman, el móvil vibra. —Señala el aparato con sus uñas de gel rojo sangre.

—Seguro que es mi hermana.

Lo coge sin prestar atención.

—¡Hola, cariño! —saluda, confiada.

—Hola, Aurora —contesta una voz de hombre.

—Perdona, creí que eras otra persona. ¿Con quién hablo?

—Soy Rodrigo, he leído el diario. Necesito tu ayuda.