Capítulo 4
La joven que abre la puerta no es Elvira Martín.
—¿Quién eres? —pregunta Rodrigo antes de entrar.
—Aurora Durán. Elvira era mi abuela. —Lo observa durante unos segundos, tiene que levantar la cabeza para alcanzar sus ojos de color miel. Su rostro es cuadrado, casi perfecto—. Entra, no pretenderás que hablemos en el pasillo. —Al pasar a su lado, advierte el olor amaderado de su colonia.
Rodrigo accede a la vivienda. Acostumbrado a los grandes espacios, el piso le parece un zulo, oscuro y rancio.
—¿Quieres un café? —pregunta ella, con una cortesía algo forzada. No suele recibir muchas visitas.
—No, gracias —contesta él, tras una mirada rápida a su alrededor, incómodo.
—Yo necesito uno. —Aurora entra en la cocina, aunque conoce a los hermanos Sanz por las noticias, Rodrigo impone en persona. De forma instintiva, se mira en el cristal del mueble—. Parezco una muerta —dice para sí.
Mientras, Rodrigo curiosea los libros de la estantería y los adornos colocados en el mueble.
Por la decoración, no parece el piso de una chica joven.
Al lado de la televisión hay una pecera de plástico con una tapa azul.
En su interior nada un pez dorado diminuto.
Llama su atención dando unos toques con los dedos y el pececillo sigue el sonido, abre y cierra la boca de forma constante.
—¿Tienes hambre? —le dice como si pudiera entenderlo.
Luego se dirige a la mesa rinconera y localiza una foto.
—¿Es tu abuela? —pregunta cuando ve aparecer a Aurora con una taza de café humeante.
—Sí, murió hace un par de años. ¿Nos sentamos? —le indica con la cabeza el sofá.
—No, solo he venido a recoger el diario de Fabiola Mariscal. ¿Has sido tú quien ha mandado el DVD?
—Sí, mi abuela me lo pidió, aunque no sabía el contenido del sobre —aclara ella encogiéndose de hombros.
—¿La llegaste a conocer? —pregunta Rodrigo midiendo su reacción.
—¿A quién?
—A Fabiola.
Aurora se toma unos segundos antes de contestar:
—No, ni siquiera había oído hablar de ella hasta que mi abuela me llamó unos días antes de morir.
—¿Sabes quién es?
—No, bueno, sí, supongo que tu madre. —Agarra la taza con las dos manos y da un sorbo al café.
—¿Supones? —Rodrigo arruga el entrecejo.
—Es cuestión de asociación de ideas, Sanz Mariscal, esos son tus apellidos, ¿no?
—Claro, claro, perdona, ha sido una pregunta estúpida. —Se rasca la nuca.
—Juzga a un hombre por sus preguntas más que por sus respuestas.
—¿La frase es tuya?
—No, de Voltaire.
—¿A qué te dedicas? ¿Eres profesora? —Rodrigo escudriña con la mirada a la chica. No es su mujer ideal, pocas curvas y menuda, aunque hay algo que le llama la atención, y no es su camiseta de los Rolling. Quizá su belleza natural, sin aditivos ni artificios.
—No, soy… —duda unos segundos. Los periodistas de las páginas de sociedad o del mal llamado «cotilleo» no son los favoritos de familias influyentes—, periodista de sucesos—. Se atusa el pelo, su tic nervioso, más por la mentira que acaba de soltar que por vergüenza.
—Qué interesante. ¿En qué periódico?
Aurora vislumbra una mirada de admiración en Rodrigo.
—Sí, no está mal. En el digital Enhora.es .
—Perdona, te estoy haciendo perder el tiempo. ¿Tienes el diario?
—No exactamente. —Aurora deja la taza sobre la mesa y abre el primer cajón del mueble—. Tengo esto. —Le entrega una cajita de cartón, las típicas de las joyerías.
—¿Qué es? —Rodrigo la agita acercándosela al oído.
—La llave de un apartado de correos a nombre de mi abuela, dentro encontrarás la dirección. Durante este tiempo lo he pagado de mi bolsillo. Esa fue su voluntad. En cuanto recojas el contenido, lo cancelaré, así que no tardes mucho.
—Dime cuánto te ha costado y te lo pagaré. —Hace el amago de sacar la cartera.
—No es necesario, solo me debes un café. —Se arrepiente de sus palabras. «¿Cómo se me ha ocurrido esta tontería?».
—Por supuesto —dice Rodrigo.
—Si no te importa, me esperan en la redacción. —Coge la taza para apurarla.
—¿Cómo quedamos?
—¿Para qué? —pregunta, despistada.
—Para tomarnos un café.
—¡Ah, sí! Te doy mi número de teléfono.
Ambos intercambian los contactos.
—Gracias, Aurora.
—No hay de qué. —Deja la taza sobre la mesa.
—Debo marcharme.
—Te acompaño a la puerta.
—Hasta la próxima. —Rodrigo le ofrece la mano.
—Hasta la próxima. —Aurora se la estrecha obligada. El contacto físico, con quien no tiene confianza, no es de su agrado.
Cierra y se lleva la palma de la mano, impregnada del olor a madera, a la nariz.
Rodrigo permanece unos segundos parado en el pasillo. Observa la caja, la abre y saca la llave. Luego, mira hacia la puerta y sonríe.