Capítulo 3
Son las nueve de la mañana, Rodrigo y Alexandro se sientan ante la pantalla del ordenador.
El informático, de espalda ancha y sin un pelo en la coronilla, introduce el DVD en la disquetera.
—¿Se puede analizar sin reproducirlo? —pregunta Rodrigo.
—Sí, aunque no suele ser un medio común para la distribución de virus. No obstante, si ha sido manipulado, es posible que contenga archivos ejecutables o software malicioso —explica mientras teclea sin desviar la mirada del ordenador.
Los hermanos Sanz aguardan impacientes.
—¿Tardarás mucho? —pregunta Alex.
—No, el escaneo con el antivirus no ha encontrado nada sospechoso. Solo contiene un VOB.
—Traduce, por favor —dice Rodrigo.
—Es un archivo de vídeo principal; el formato habitual que se utilizaba en los años noventa.
—En cuanto abrí el sobre, lo imaginé. Déjanos a solas —le ordena Rodrigo.
—Está preparado, solo pulsa enter.
Cuando el informático sale por la puerta, Rodrigo cierra con el seguro, se sienta al lado de su hermano y pulsa la tecla.
Acostumbrados a la alta definición de la actualidad, la imagen no es demasiado nítida.
Alguien mueve la cámara hasta que encuentra un buen encuadre; al fondo hay un bosque frondoso, podría ser cualquier parte.
Una chica de piel blanca y pelo rizado oscuro aparece en el campo de visión.
Lleva una camiseta de manga corta rosa con lunares blancos.
Está de pie, se aparta dos mechones de la cara y parece que cuenta hasta tres antes de comenzar a hablar. Suspira, mira al objetivo y se decide.
—Supongo que si os ha llegado este vídeo es porque estáis fuera de peligro. Las razones de la ruptura de mi matrimonio con Roberto Sanz están recogidas en un diario. Queda muy poco para que la verdad salga a la luz y, cuando suceda, volveremos a ser una familia. Soy Fabiola Mariscal, vuestra madre.
—¡Páralo! —grita Alexandro y se levanta airado.
Rodrigo pausa el vídeo—. ¿Nuestra madre?
Esta mujer es una timadora profesional. Papá nos dejó claro que su primera esposa lo abandonó, nos abandonó —aclara—, y desapareció con una fortuna.
Seguro que se habrá quedado sin blanca. Habla de un peligro, ¿qué narices ha querido decir?
—No saques conclusiones antes de terminar, ¿podemos seguir?
—Haz lo que quieras.
Rodrigo pulsa enter de nuevo.
—Sentí abandonaros con apenas unos meses, aunque os dejé en buenas manos.
La tata os habrá cuidado bien. —Por un momento, la rigidez de su rostro cede y sonríe—.
Es mi persona de confianza y la única que conoce mi localización.
En unas semanas, esta situación acabará.
Si no sale como espero, os facilito la dirección donde podréis encontrar mi diario.
—Fabiola muestra un pedazo de papel y lo acerca a la cámara.
Rodrigo coge un folio en blanco de la impresora y anota la dirección.
Tras una pausa, continúa—: Os quiero más que a nada en este mundo, deseo abrazaros de nuevo.
—Aprecian como su voz se rompe, aprieta los labios y baja la cabeza.
Después, la imagen es un fundido en negro.
—¡Increíble! ¿Quién coño es la tata? ¿Por qué has tomado nota de la dirección? —pregunta Alexandro, camina de un lado a otro por el ridículo despacho del informático.
—¿No tienes curiosidad? ¿Te has fijado en su pelo? Si no fuera por el fijador que llevas, se parece mucho al de ella. ¿Y si es verdad?
—No, no creo ni una palabra, y si así fuera, solo tengo una madre y es Victoria.
Además, no tiene ningún sentido nada de lo que ha dicho.
Nuestro padre nunca habló de ella, su recuerdo era ingrato para él y jamás hemos estado en peligro.
¿Cuántos años han podido pasar desde que esa mujer grabó el vídeo?
—Si no me equivoco, casi treinta años; nuestra edad, más o menos.
—Quizá esté muerta. Dame el DVD, lo destruiré.
Rodrigo consigue sacarlo de la disquetera antes que su hermano y lo guarda en el interior de su chaqueta junto con la dirección.
—Si no quieres saber nada de esto, lo entiendo. —Se levanta de la silla, camina hacia la puerta y, antes de abrirla, se gira—. ¡Ah! Por cierto, nada de contárselo a Victoria, al menos hasta que compruebe si es cierta la historia de Fabiola Mariscal.
—¿Ahora llamas a madre por su nombre? Es la única que conocemos.
—Tú lo has dicho, es la única que conocemos.
Sin mediar una palabra más, sale caminando por los pasillos de la planta diecinueve del edificio.
El Grupo Sanz-Mariscal se trasladó a la Torre Picasso tras el incendio que devastó el Edificio Windsor en 2005, su antigua sede.
Al igual que el bufete de abogados Esparza, ubicado ahora en la cuarenta y dos, y vinculado a la naviera por el padre de Victoria, el alma máter del despacho.
Cuando murió, su hija heredó el negocio especializado en aduanas, comercio exterior, fiscalidad y control de exportaciones.
El matrimonio Sanz-Esparza fue el tándem perfecto.
Rodrigo sube al ascensor. Rebusca en el bolsillo, saca el papel y lee de nuevo la dirección para memorizarla. Al llegar al aparcamiento subterráneo, lo rompe en varios pedazos y lo tira en la primera papelera que encuentra.
Sale con su Mercedes de alta gama a toda velocidad por la rampa de acceso y sigue las instrucciones del GPS. Carabanchel Bajo no es una zona que suela transitar a menudo; es el distrito con menor poder adquisitivo de Madrid. Sus barrios son para los inmigrantes y la clase media.
—Su destino está a la izquierda —escucha la voz robotizada.
Baja el elevalunas y asoma la cabeza. Es un edificio de cuatro plantas de ladrillo visto, que tuvo tiempos mejores. Aparca en un vado y deja las luces de emergencia. Echa un vistazo al coche y piensa: «Espero encontrarlo intacto».
Se encamina hacia el portal y pulsa el telefonillo; una, dos, tres veces y nada.
Aprovecha que sale un vecino para colarse.
Busca la puerta del ascensor, sin éxito.
Su buena forma física le ayuda a subir los escalones de dos en dos hasta el cuarto piso.
Tras tocar el timbre y esperar un par de minutos, nadie contesta.
Insiste con los nudillos hasta que la puerta de enfrente se abre con timidez.
—¿A quién busca? —pregunta una mujer de pelo blanco y cara redonda.
—A Elvira Martín —contesta Rodrigo mientras camina hacia ella.
—Se mudó hace unos años.
—¿Podría darme su teléfono?
—¿Vende enciclopedias?
Rodrigo se mira de arriba abajo. El traje de chaqueta ha confundido a la señora.
—No, soy abogado —miente—, debo comunicarme con ella para entregarle una documentación.
—Espere, creo que lo tengo anotado. —La mujer, desconfiada, cierra la puerta en sus narices y a los pocos segundos, la abre. Lleva una agenda en la mano y se ha colocado las gafas.
Rodrigo anota los números que le dicta en el teclado del móvil.
—Muchas gracias, señora.
—Nada, nada.
Mientras baja, aprovecha para hacer la llamada y escucha el mensaje:
—El número marcado no existe.
—¡Maldita sea!
Regresa sobre sus pasos y toca la puerta de la vecina.
—¿Qué quiere ahora? —masculla, sin disimular el fastidio.
—Verá usted, el teléfono que me ha dado no existe. ¿No tendrá la dirección actual de Elvira?
—¿Seguro que es abogado? —Rodrigo recuerda que guarda en la cartera una tarjeta del despacho de Victoria y se la muestra. La mujer le echa un vistazo—. Espere aquí, me la dejó por si le llegaba correspondencia.
Con la información que necesita y tras comprobar que el coche no ha sufrido ningún daño, conduce hasta la nueva dirección.
Tiene suerte, el portal está abierto y hay ascensor.
Cuando llega, toca el timbre. Una joven vestida de negro, con vaqueros, una camiseta amplia y media melena sin gracia alguna, abre la puerta.
—Soy Rodrigo Mariscal, busco a Elvira Martín.
—Suponía que alguno de vosotros daría conmigo. Te estaba esperando. Entra.