Capítulo 2
Residencia Sanz-Mariscal
Al mensajero le extraña que el sobre no tenga remitente.
El guardia de la garita se opone en un principio a que entre, sin embargo, el mensajero le advierte:
—O lo entrego personalmente a Alexandro y Rodrigo Sanz, o me lo llevo de vuelta. —El guardia le da paso porque conoce la empresa de reparto de otras ocasiones y no quiere recibir una amonestación de su jefe.
El mensajero conduce despacio por las calles de la urbanización de lujo hasta que localiza la vivienda.
Estaciona ante la propiedad, echa un vistazo y, aunque está acostumbrado, se sorprende no solo del muro que la rodea, sino de las cámaras de seguridad.
Antes de bajar del vehículo, comprueba la dirección de nuevo.
Deja la furgoneta en marcha, se apea y llama al videoportero situado en el lateral de la puerta.
Es blanca, infranqueable, y blindada contra fisgones.
A los pocos segundos, contesta la voz enlatada de un hombre.
—Residencia Sanz-Mariscal. ¿Qué desea?
—Entregar un paquete. —Levanta el sobre para que sea visible.
—Entre a pie —le indica.
Antes de acceder a la finca, apaga el motor de la furgoneta y guarda las llaves en el pantalón de su uniforme, aunque supone que ningún señoritingo de los que viven allí le robará la tartana.
La puerta se desplaza hacia el interior con lentitud; en cuanto la atraviesa, cierra tras él.
La finca es amplia, con un césped cuidado y árboles dispersos, sin muchas florituras, sencilla y elegante. Se dirige decidido hacia la mansión de grandes ventanales por un camino de pizarra negra. Sube los dos escalones que lo separan de la puerta y, antes de llamar, alguien abre.
—Buenas tardes, ¿es usted Alexandro o Rodrigo Sanz? —pregunta de inmediato. Ha perdido demasiado tiempo y aún le queda faena.
—Ninguno de los dos, puede entregármelo a mí —contesta un hombre cercano a la jubilación, uniformado con camisa blanca, chaleco y pajarita.
—No es posible, la entrega tiene que ser a una de las personas indicadas.
—Lo siento, pero acaban de llegar del funeral de su padre y no están…
—Fidel, ¿quién es? —lo interrumpe un joven vestido con traje de chaqueta negro al igual que su corbata.
—Es un mensajero, trae un sobre para usted.
—Puedes retirarte, Fidel. Yo lo atenderé.
El mayordomo asiente y se aleja en silencio.
—¿Es usted Alexandro o Rodrigo Sanz?
—Sí, soy Rodrigo.
—¿Puedo comprobar su identidad?
—¿Es necesario? —pregunta arrugando el entrecejo.
—Sí, tengo instrucciones.
Rebusca en el bolsillo interior de su chaqueta, saca una cartera de piel, la abre y le muestra el DNI con un gesto cínico.
El mensajero constata que es la persona que busca y le entrega el sobre.
—Firme aquí —le indica en la pantalla del móvil y Rodrigo le echa un garabato—. Gracias.
El mensajero se da media vuelta, ha cumplido con el encargo.
Rodrigo agita el sobre, pesa poco. Cierra la puerta sin apartar la vista del paquete.
Busca quién lo envía, pero solo aparece su dirección.
Camina hacia el despacho; es la primera estancia situada a la derecha del vestíbulo, que han pintado de un blanco impoluto como el resto de la vivienda.
Localiza el abrecartas encima de la mesa, lo alcanza y rasga el papel.
Vuelca el contenido del sobre; cae un estuche de CD y una hoja doblada.
Observa los dos objetos durante un instante.
No es la forma habitual de mandar un fichero y no advierte ningún etiquetado que lo identifique. Coge el papel y lo lee en voz alta:
—El archivo adjunto es para los hermanos Sanz Mariscal, ninguna otra persona puede acceder a esta información.
Le resulta curioso que el mensaje se haya escrito a máquina sin usar ningún procesador de textos. Voltea la hoja de papel por si hubiera una pista del remitente. No encuentra nada. Luego, abre la funda de plástico transparente y saca el disco.
—¿Un DVD? ¿Quién narices utiliza en el siglo XXI un DVD?
—¿Y esa cara? —escucha la voz de su hermano, Alex, irrumpir en el despacho. Advierte que ha cambiado el traje negro por ropa informal.
—Hemos recibido esto —contesta, a la vez que se lo muestra.
—¿Algo importante? —pregunta mientras camina hacia él.
—No lo sé, y hasta mañana no podremos averiguarlo. Aquí no disponemos de reproductor de DVD.
—¿Estás de coña? —Alexandro le quita de las manos el estuche y evidencia que no miente.
—He pensado lo mismo —sonríe al suponer que su hermano mayor, solo por unos minutos, ha imaginado que era una broma de las suyas.
—Madre nos espera en el salón, no le des más importancia.
Mañana lo llevaré a la oficina, uno de los informáticos lo analizará.
No es la primera vez que intentan jaquearnos o instalar un virus en el sistema.
Cuando compruebe que no es una amenaza para la empresa, nos dirá si el contenido es relevante —explica Alex.
—Sí y no —contesta Rodrigo con su cara de póquer.
—¿Qué quieres decir? —pregunta con un gesto que provoca una arruga en su frente.
—Hay una nota en la que nos advierte, con claridad, que solo nosotros podemos conocer la información del DVD. Nadie más —apunta tajante—. Si quieres, nuestro informático puede analizarlo, pero las imágenes las visionaremos juntos y a puerta cerrada.
—¡Vamos, Rodri! ¿Y seguirás las instrucciones al pie de la letra? Tú, ¿el que pasa de las normas y siempre hace lo contrario de lo que se le dice?
Rodrigo entiende el comentario de Alexandro. Mantener la boca cerrada no es una de sus virtudes, y asumir responsabilidades, menos.
—Esta vez, tengo una intuición. ¿No te parece extraño que haya llegado hoy? El mismo día de la muerte de papá.
—Quizá solo es casualidad. Recibimos documentación y paquetes casi a diario—objeta Alex.
—En la empresa, aquí pocas veces. Nuestra familia prefiere comprar in situ y si es en la calle Serrano, mucho mejor. —Rodrigo pasa sus manos por la solapa de la chaqueta.
—No hace falta que lo jures, madre y tú os parecéis mucho en ese aspecto, o mejor dicho, es en lo único que os parecéis. ¿Por qué quieres ocultárselo? Le estamos dando más importancia de la que merece.
—Puede, de todas formas, prefiero que lo mantengamos en secreto. Además, madre está hundida, no es oportuno que la molestemos por esto. ¿No te parece?
—Tienes razón, acabamos de enterrarlo. —Esta vez, la sensatez inusual de Rodrigo lo convence—. Sabíamos que su corazón no duraría mucho y desde el último ictus, no era el mismo. Verlo en la silla de ruedas, sin articular palabra y con la mirada perdida… —recuerda Alexandro.
Rodrigo lo agarra por los hombros con intención de consolarlo. Su relación con el cabeza de familia fue complicada y, a su manera, lo quería. Sin embargo, para su hermano era un modelo a seguir.
—Olvídalo, vayamos con madre, nos espera para comer. —Alexandro asiente con los ojos vidriosos.
Guardan el DVD y la nota en uno de los cajones del escritorio.
—Solo es para nosotros —apostilla Rodrigo antes de salir del despacho.
—Solo para nosotros —repite Alexandro.
—La comida está servida —escuchan a Fidel. Está en la puerta del despacho, con su posición habitual: espalda recta, hombros relajados y las manos cruzadas a la altura del abdomen.
—Muchas gracias —dicen los mellizos al unísono.
Fidel hace un movimiento de cabeza y se pierde por el pasillo.
—Odio que haga eso —se queja Rodrigo.
—¿El qué?
—Aparecer como un fantasma, ¿alguna vez has escuchado sus pasos?
—No, nunca.
—Recuérdame que le pregunte qué tipo de calzado utiliza.
—Tú y tus idioteces.
Alexandro se adelanta cabeceando, Rodrigo lo sigue.
Ambos salen y cruzan el recibidor hasta el salón principal, dividido en dos ambientes.
Victoria está en su asiento favorito, preside la mesa del comedor.
Es una mujer de extrema delgadez y el negro riguroso no opaca su elegancia.
En cuanto los ve entrar, desdobla la servilleta de tela y la coloca sobre su regazo.
—¿Dónde os metéis? Es una pena que se enfríe la sopa de miso.
—Lo siento, madre, ha sido culpa mía —dice Rodrigo.
—Estás perdonado. —Asiente con la cabeza e intenta sonreír.
Los hermanos se acomodan uno a cada lado de Victoria y los tres fijan la mirada en la silla vacía. Comen en silencio, sin ganas, sobre todo Alexandro, que marea la sopa con la cuchara.
—¿No tienes hambre? —pregunta su madre.
—Tengo un nudo en el estómago. No sé cómo os apetece comer.
—Debemos estar fuertes, vienen días duros, y para ello, necesitamos alimentarnos. No estábamos preparados… —Victoria suelta la cuchara, coloca las manos sobre la mesa e intenta serenarse.
—No quería entristecerte con mis palabras, lo siento. —Alexandro aferra la mano de su madre. Rodrigo permanece impasible.
—Tranquilo, no te preocupes. Solo necesito un minuto. Voy al baño. —Deja la servilleta sobre la mesa y sale del comedor.
Los dos observan cómo se aleja. A pesar de la tristeza, camina erguida.
—Rodri, ¿se puede saber qué te pasa? Ni siquiera has intentado consolarla. —No pierde la oportunidad de reprochárselo ahora que están solos.
—¿Qué quieres decir? —pregunta rascándose la nuca. Prueba inequívoca de que su hermano tiene razón, siempre lo hace ante una situación incómoda.
—Podrías haber tenido un gesto cariñoso con ella.
—Tú has metido la pata con el comentario. ¿Crees que eres el único al que no le apetece comer?
—Desde que ha llegado el sobre misterioso te comportas de una forma diferente.
—Son imaginaciones tuyas. —Toma una cucharada de sopa, huye de dar una respuesta contradictoria a lo que piensa su hermano.
—Te conozco bien, eres impaciente. Si no fuera por el día que es, estarías en la oficina del informático.
—¿Para qué necesitas al informático? —pregunta Victoria entrando en el salón. Rodrigo espera a que se acomode para darle una explicación convincente.
—He recibido un informe del último portacontenedor que ha flotado la naviera, quería revisarlo —miente.
—Puede esperar a mañana, terminemos de comer.
—Sí, madre.
Rodrigo le dirige una mirada inquisidora a su hermano. Desconfía de él. Intuye que Alexandro tiene dudas, que no está de acuerdo con el «solo para nosotros» y que su madre pronto lo sabrá.