La búsqueda: novela de thriller, misterio y suspense
© inepub.com
Capítulo 1
—Buenos días. Arrancamos la mañana desde el Cementerio de la Almudena, cuando son las…
—El reportero mira el reloj de su muñeca— once menos cuarto.
Seguimos con la noticia del fallecimiento de Roberto Sanz, el magnate del Grupo Sanz-Mariscal, a la edad de setenta y un años.
La familia no ha querido revelar la causa de la muerte.
La naviera queda huérfana, así como sus dos hijos, Alexandro y Rodrigo.
Se especula si ambos podrán asumir la dirección de la empresa, debido a la falta de experiencia, o delegarán en su esposa, Victoria Esparza, quien ha trabajado mano a mano desde los inicios con el ahora difunto.
—Se escucha un revuelo y el reportero advierte la llegada del séquito—.
Esto es todo por ahora, continuaremos informando.
La expectación es notable ante la entrada del coche fúnebre.
La prensa nacional y extranjera intenta cubrirse con paraguas sin soltar el micrófono.
Aurora, la reportera del periódico digital Enhora.es , soporta con resignación los codazos de los compañeros.
Quiere obtener las primeras palabras de los familiares del fallecido y está preparada con su móvil para grabarlas.
A su lado, la cadena nacional logra hacerse un hueco para transmitir la noticia en directo.
Un hombre atractivo, de unos cuarenta años, con un anorak azul marino, se coloca los pinganillos y despeja su frente del flequillo humedecido para estar presentable ante la inminente conexión.
Aurora, con el barullo, consigue un sitio privilegiado, pero es inútil. Los vehículos pasan delante de sus narices y ni siquiera puede ver el interior porque los cristales de las ventanillas son tintados.
—Se acabó —murmura entre dientes. Ajusta la capucha del abrigo sobre su cabeza, guarda el móvil en la mochila y abre el paraguas.
Camina hacia su coche con cierta desazón. Necesita una noticia que la aleje de la sección de Sociedad. La odia y envidia a los compañeros que se dedican a sucesos.
Cuando estudió Periodismo en la Complutense, nunca pensó que sería tan difícil labrarse un futuro. Terminó la carrera con un buen expediente académico, y gracias a la recomendación de uno de sus profesores, comenzó como becaria en Enhora.es y allí se quedó.
Después de tres años, sigue estancada y con un sueldo precario.
Pulsa el mando de su Peugeot 307, una reliquia que anda de milagro.
Abre la puerta trasera y arroja con desgana el paraguas y la mochila en el asiento, como es su costumbre.
Así evita la tentación de curiosear en el teléfono mientras conduce.
Se acomoda frente al volante, baja el quitasol y destapa el espejo.
Su aspecto es patético, no solo por la media melena mojada, sino por las ojeras.
Tira de un coletero, que siempre lleva en la muñeca, y se recoge el pelo en un moño improvisado.
—Mucho mejor —se dice a sí misma.
Arranca el coche al tercer intento.
Conduce distraída, incluso algún taxista le dedica un bocinazo.
Hace oídos sordos y sube el volumen de la radio, suena uno de sus grupos favoritos: Queen.
Se dirige al ensanche de Vallecas, donde vive.
No le merece la pena volver a la redacción del periódico.
Aunque es digital, acude todos los días, excepto cuando hay una noticia en la calle, como en esta ocasión.
Sin ninguna primicia, seguro que mañana, en la reunión semanal, escuchará a su jefa de sección soltar lindezas, por decirlo de alguna manera.
En quince minutos está bajando la rampa del aparcamiento.
Al morir su abuela, heredó un piso de setenta metros cuadrados con plaza de garaje y un trastero. Fue la única forma de independizarse de sus padres, porque con su sueldo le hubiera sido imposible comprar nada en Madrid.
Consigue estacionar a la primera.
Accede al ascensor, pulsa el botón del quinto y se recuesta en el fondo, como aquella que ha corrido una maratón.
La voz metálica le anuncia que ha llegado a la planta.
Sale y justo en frente está la puerta de su hogar, dulce hogar.
Introduce la llave, no hasta dentro, porque la copia que hizo está defectuosa.
La gira y empuja la puerta con el hombro.
Suelta la mochila y el abrigo en el recibidor, que para su abuela era un tesoro y que para ella es un trasto de nogal anticuado como el resto del mobiliario.
En general, la decoración resta luminosidad al piso.
Cuando su economía se lo permita, la cambiará, aunque sea con muebles del Ikea.
Toma asiento en el sofá y alcanza, de la mesa rinconera del salón, un portarretratos con la foto de su abuela. Lo coloca sobre las piernas.
—Hoy es el día —habla como si la imagen pudiera escucharla—.
Espero que el encargo que me dejaste no me meta en ningún lío.
He pasado una noche de perros, no he pegado ojo.
¿Por qué tanto misterio? Si me hubieras dado una explicación, no estaría aquí preguntándome si esto tiene algún sentido.
Podrías manifestarte, mandarme una señal o ¡qué sé yo! Soy estúpida, qué hago hablando sola.
Se tumba en el sofá con el portarretratos sobre su pecho y cierra los ojos.
El cansancio la sume en un sueño profundo que se convertirá en pesadilla.