La Buena Esposa 24. La nueva
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24. La nueva

La nueva

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El camión vuelve a subir la cuesta, pero esta vez sube lleno.

Han pasado meses. No los he contado; desde que dejé de contar respiraciones se me da mal contar el tiempo, y los días, sin nadie a quien cuidar, se parecen tanto unos a otros que el calendario es casi de adorno.

Pero ha pasado lo suficiente para que el doce, que llevaba vacío desde que se llevaron a aquella mujer en otro camión, vuelva a tener dueños.

Lo veo desde mi ventana —desde el sitio donde ahora me siento yo por las tardes, que es el sitio donde se sentaba Amparo, porque a Amparo ya le cuesta bajar y la calle, sin querer, me la ha ido dejando a mí—.

Veo el camión pararse delante del doce con su suspiro de frenos, y esta vez los hombres de azul no sacan una vida: meten una.

Un sofá nuevo, una cama de matrimonio sin estrenar, cajas con la letra grande y optimista de quien todavía no sabe lo que va a guardar en esos cuartos.

Y detrás del camión, un coche, y del coche bajan ellos.

Jóvenes. Él, alto, con esa manera de los hombres que gustan de moverse como si la calle ya fuera un poco suya; le da una propina al de la mudanza, bromea, encandila.

Ella, menuda, con un vestido claro, de pie en la acera mirando su casa nueva con las dos manos juntas sobre el pecho, como quien reza o como quien no se cree la suerte que tiene.

Se vuelve hacia él. Él le pasa el brazo por los hombros. Se ríen.

Los conozco. No a ellos: a lo que son. Esa misma escena la hice yo en esta misma calle hace una vida, recién casada, con Gonzalo pasándome el brazo por los hombros delante de una casa que olía a pintura, y una vecina mayor regando los geranios me miró de arriba abajo, me hizo el inventario, y me dijo «qué suerte tienes».

Era Amparo. Yo era la nueva. Y ahora la vieja que riega los geranios y hace el inventario soy yo.

Bajo a conocerlos esa misma tarde. No hace falta que baje; podría dejar que se asentaran, que ya vendrían ellos.

Pero hay normas que no están escritas y que son las que mandan, y una de ellas dice que a la nueva se la recibe el primer día, que se la mira de cerca, que se le enseña pronto cómo se vive aquí, porque una casa que empieza torcida tuerce a las de al lado.

Cojo unos tomates de los míos —sigo comprándolos cada semana, sigo apuntándolos en la lista aunque ya no haya quien se los coma, la mano lo escribe sola— y cruzo la calle con ellos en una bolsa, como me cruzaron a mí los táperes cuando me quedé sola.

—Bienvenidos —les digo en la puerta del doce—. Vivo enfrente. Si necesitáis algo, lo que sea, esta puerta no tiene cerrojo para vosotros.

Lo digo y me oigo decirlo con la voz de Amparo, con sus mismas palabras, las que ella me dijo a mí en el recibidor el día del velatorio y antes, mil veces, en mil reuniones.

Las palabras se heredan en esta calle como los rosales.

La chica coge los tomates, me da las gracias con una sonrisa que no le cabe en la cara, me pregunta mi nombre.

Se lo digo. Le pregunto el suyo. Lo aprendo y lo olvido enseguida, porque para mí, ya lo sé, va a ser «la nueva» mucho tiempo, igual que yo fui «la nueva» para Amparo hasta que dejé de serlo, que fue el día en que enterré algo en el cuarto del fondo.

Paso. Me enseña la casa con el orgullo de los recién llegados, los cuartos vacíos que ya tiene repartidos en la cabeza —«aquí el comedor, aquí el despacho de él, y este, este de momento lo dejamos así, ya veremos»—, y al decir «ya veremos» se le va la mano sin querer a la tripa, un gesto pequeñísimo, de un segundo, que ella no nota que hace y que yo, que me paso la vida leyendo lo que las mujeres hacen sin notarlo, leo entero.

Este, el cuarto del «ya veremos», es el cuarto de las rayitas que todavía no existen.

Miro la pared lisa, sin nada escrito a media altura, y no digo nada.

Hay cosas que en esta calle no se dicen.

Solo se ven venir desde una ventana de enfrente.

Le doy unos consejos. Los que se dan. Que el agua para el jardín es de siete a nueve. Que la basura tiene su día. Que las cortinas, aquí, se descorren antes de las ocho.

—¿Las cortinas? —se ríe ella, extrañada—. ¿Es obligatorio?

—Obligatorio no. —Le sonrío—. Pero en Las Acacias se abre. La gente que no tiene nada que esconder, abre. Ya lo irás viendo.

—Qué cosas. —Se le escapa la risa otra vez; todavía le sobra risa, todavía no sabe en qué se gasta—. Pues nada, abriremos.

Me acompaña a la puerta. En el umbral, antes de irme, me pregunta —porque las nuevas preguntan, todavía no han aprendido a no preguntar— cómo es vivir aquí, si se está bien, si la gente es maja. Y yo le digo lo que es verdad, lo único que tengo para darle además de los tomates.

Le digo que en Las Acacias una buena esposa siempre tiene la casa limpia. Sonrío. Es verdad.

No le digo nada más. No le digo que la casa más limpia de esta calle fue la mía, ni por qué, ni lo que se friega cuando ya no queda nada que ensuciar.

No le digo que las cortinas descorridas no demuestran que no escondes nada, solo que has aprendido dónde se esconden las cosas que no se ven por la ventana.

No le digo que los cuartos del «ya veremos» a veces se llenan y a veces se quedan cerrados con una corriente de frío saliendo por debajo el resto de tu vida.

No le digo que el amor, aquí, se cultiva como los tomates, con cuidado, con horario, y que a veces, sin que sepas por qué, te crece uno deforme, con el corazón partido en dos lóbulos, y ya no se endereza.

Eso lo descubrirá ella sola, como lo descubrí yo, con los años, con las listas que se acortan, con un hombre que un día deja de bajar a cenar.

Vuelvo a mi casa. Cruzo la calle de vuelta y, antes de entrar, me vuelvo un momento, sin querer, hacia el doce.

La chica ha entrado ya. En la ventana de la cocina se enciende la luz —la primera luz que se enciende en esa cocina en mucho tiempo— y la veo a ella moverse dentro, colocando, ordenando, empezando, con el marido detrás que la abraza por la cintura y le dice algo que la hace reírse otra vez.

Empieza su rutina. Esta noche pondrá la primera lista en su nevera nueva.

Mañana descorrerá las cortinas antes de las ocho.

Y yo la veré hacerlo desde aquí, desde mi ventana, cada mañana, contándole las luces como le contaba a Gonzalo las respiraciones, velándola sin que ella sepa que la velo, vigilándola que es lo mismo que cuidarla que es lo mismo, a veces, con los años, que otra cosa que se le parece y que no tiene nombre.

Entro en mi casa. Está limpia, callada, perfecta, sin nadie dentro.

Dejo el resto de los tomates en el frutero, encima de los de la semana pasada, que ya se pasan.

Pongo el agua. Mientras hierve, ordeno lo que ya está ordenado.

Y antes de subir miro el frutero, y ahí, entre los tomates que sobran, hay uno —siempre hay uno— que ha crecido con la hendidura en mitad, partido en dos lóbulos, con esa forma que no quiero nombrar y que aprieto un poco entre los dedos hasta que cede y asoma el rojo.

Pienso en la chica, en su risa que le sobra, en el cuarto del «ya veremos», en la luz recién encendida de su cocina.

Y pienso, sin pena, casi con ternura, que es una buena chica, que va a ser una buena esposa, que va a tener la casa limpia.

Que ya somos dos en esta calle de blanco.

Saco una cuartilla. La corto del tamaño de siempre. Y escribo la lista de mañana, porque mañana, aunque no haya nadie a quien comprarle nada, sigue habiendo lo que falta, y lo que falta se apunta antes de que se olvide.