Epílogo
Es de noche. Enfrente, en la cocina del doce, hay luz.
La nueva está poniendo su casa al día —se la ve moverse, colocar, ordenar, empezar—, y yo la cuento desde mi ventana, igual que cuento todas las cosas que se encienden y se apagan en esta calle.
Tiene la cortina sin descorrer todavía. Ya aprenderá.
Pongo el agua. Mientras hierve, ordeno lo que ya está ordenado. Saco una cuartilla, la corto del tamaño de siempre y escribo la lista. Ya no les pongo fecha; los días, sin nadie a quien cuidar, son todos el mismo, y una fecha es para quien todavía lleva la cuenta de algo.
– Leche
– Tomates
– Lejía
– Flores blancas
La pego en la nevera, debajo del imán, encima de todas las demás. Hay un taco de años ahí debajo.
Tacho la leche, que la tengo en el escalón cada mañana, en su botella, puntual. Tacho los tomates; tengo de sobra, y alguno, como siempre, ha salido con el corazón partido en dos. La lejía no me falta nunca; de eso me encargo yo.
Las flores blancas no las tacho. Esas se compran frescas, el día justo, ni antes ni después.
Pero las dejo apuntadas, las primeras de la lista del corazón aunque vayan las últimas del papel, porque en Las Acacias una buena esposa siempre tiene las flores a mano, y nunca se sabe cuándo va a hacer falta recibir a alguien.