La Buena Esposa 23. Lo que no se ordena
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23. Lo que no se ordena

Lo que no se ordena

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Ahora que estoy sola, podría saberlo. Eso es lo que me digo el primer día sin Gonzalo en la casa: que por fin no hay nadie a quien esconderle nada, ni una persiana que dejar a media asta, ni una buena cara que poner en la calle, y que en este silencio entero, sin testigos, una mujer debería poder al menos saber la verdad de su propia vida.

Es lo único que le queda a una cuando ya no le queda nadie. Saber.

No se deja.

Lo intento como hago todo: con método. Saco del cajón los papeles, los del año y los del fondo, los tacos atados, la cuartilla de «Clara», la de «lo cuidó hasta el final», la lista de aquella semana con su cuaderno y su merienda.

Los pongo en fila en la mesa de la cocina, por fechas, como puse aquella noche las del declive de Gonzalo, y me siento delante a leerlos hacia atrás, despacio, buscando el orden que los explique todos.

Y los papeles me dicen lo que dicen las listas: lo que faltaba.

Cuaderno. Merienda. Y luego cuatro días en blanco.

Y luego una leche en vez de dos. El hueco sigue siendo un hueco.

Por más que ordene los papeles que hay alrededor, el del medio no existe, nunca lo escribí, son los días que perdí, y de un hueco no sale una verdad por mucho que le pongas bien colocados los bordes.

Lo intento de otra manera. Subo al fondo del pasillo, a la puerta entornada, y esta vez la abro del todo.

Entro. Ya puedo: no hay nadie a quien le importe que entre, ni Gonzalo en la cama oyéndome ir, ni la calle viendo qué ventana abro.

Enciendo la luz, que llevaba años sin encender.

Y miro el cuarto entero, a plena luz, por primera vez en siete años: la cama pequeña hecha, las rosas en el jarrón, las rayitas en la moldura, una edad que no pasó.

Me siento en la cama de Clara, en el sitio donde se sentó Gonzalo aquel día que lo subí, y espero.

Espero que la habitación me lo diga. Que las paredes, las marcas, el frío, me devuelvan aquella mañana, aquel minuto, lo que hice o no hice.

Espero una imagen, un olor, una voz, algo que llene el hueco.

No viene nada. La habitación es solo una habitación.

Una cama pequeña, unas flores, unas rayas a lápiz que mido con la mano sin saber ya a quién pertenecían exactamente, porque hasta la cara empieza a írseme, y eso es lo que más miedo me da, que la cara se me vaya como se me fueron los cuatro días.

El cuarto que tendría que guardar la respuesta no guarda nada.

Lo cerré durante siete años creyendo que dentro había algo, una verdad esperándome, y resulta que dentro solo hay lo que pongo yo cuando entro: hoy pongo preguntas, otros días puse culpa, otros, nada.

El cuarto es un espejo. Te devuelve lo que traes.

Porque podría ser que fuera mi minuto. Lo digo con todas sus letras desde hace días, desde la noche en que coloqué la pieza: solté su mano, fue mi descuido, la rutina perfecta me ocupó un minuto las manos y la dejé sola.

Lo creo. Lo creo como se cree lo que una se ha repetido siete años.

Pero no lo recuerdo. Y entre creer y recordar hay toda la distancia de un hueco.

Porque también podría ser que no fuera de nadie.

Que aquella mañana corriente pasara una de esas cosas que pasan, sin culpa, sin mano que soltar, sin minuto que reprocharse, una desgracia limpia de las que no tienen a quién echarle nada, y que yo, para poder levantarme del suelo y seguir comprando leche, necesitara un culpable, y como no había ninguno me fabricara uno: primero Gonzalo, durante siete años, y al final, cuando ya no me servía Gonzalo, yo misma.

Que la culpa no sea la verdad de lo que pasó, sino la única forma que encontré de que lo que pasó tuviera una forma.

Porque una culpa, ya lo dije, es algo. Y el hueco no es nada.

Y una madre puede vivir con casi cualquier algo antes que con la nada.

Y podría ser, también, que las dos cosas fueran verdad a la vez, o ninguna, y que la única persona que estaba allí entero, que vio lo que yo no recuerdo, que podría haberme dicho «fuiste tú» o «no fuiste tú» y cerrarme el hueco de una vez, se haya ido esta semana de mi mano, sin que yo le dejara hablar, porque me daba más miedo la respuesta que la pregunta.

Maté al único que sabía no para que nadie supiera, sino para no saber yo.

Y ahora sé menos que nunca. He fregado el único suelo del que conocía el origen de la mancha.

Hay verdades que no se pueden ordenar sin que dejen de ser verdad.

Eso es lo que entiendo, sentada en la cama de Clara, con la luz encendida por primera vez en siete años.

Que esto que me ha pasado no tiene una versión buena, una de esas que se cuentan de principio a fin y cuadran y dejan a una en paz.

Si lo ordeno hacia la culpa, miento, porque no lo recuerdo.

Si lo ordeno hacia la inocencia, miento, porque tampoco.

Si lo dejo en el hueco, no es una historia, es un agujero, y con un agujero no se vive.

La verdad de lo que le pasó a mi hija es justo la cosa que se rompe en cuanto la pones en orden: en cuanto le das principio, medio y final, se vuelve un cuento, y deja de ser lo que fue, que fue un minuto en blanco del que solo queda el después.

Lo único honrado que puedo hacer con esa verdad es no ordenarla.

Dejarla descolocada, como está, como estuvo siempre: yo creyendo que fui, sin poder jurarlo; ellos muertos sin habérmelo dicho; el cuarto vacío devolviéndome lo que traigo.

Apago la luz del cuarto. Lo dejo abierto, por una vez; ya no hay razón para entornarlo, ya no entra nadie a quien esconderle el frío.

Bajo. Recojo los papeles de la mesa, los vuelvo a atar, los devuelvo al cajón.

No los tiro. Nunca tiro una lista, y estas menos, aunque ya sé que no me van a decir nunca lo que quiero saber, porque guardo lo que faltó, no lo que pasó, y lo que pasó no se apunta, no se compra, no se ordena.

Y entonces hago lo que hago. Pongo el agua.

Mientras hierve, ordeno lo que ya está ordenado.

Saco una cuartilla, la corto del tamaño de siempre, y escribo la lista de mañana, aunque ya no hay nadie a quien comprarle nada, aunque la leche templada no se la va a beber nadie.

Leche. Tomates. Lejía. La escribo igual, con la mano firme, porque es lo único que sé hacer cuando no se puede saber lo demás, porque ordenar la compra es lo más cerca que voy a estar nunca de ordenar la vida, y porque una mujer que ha entendido que la verdad de su vida no se deja poner en fila necesita, más que nada en el mundo, algo pequeño y diario que sí se deje: una lista, un suelo, una copa. Tres renglones que cuadran.

La pego en la nevera, debajo del imán. Tacho la leche, que tengo. Lo demás puede esperar. Lo demás, en esta casa, siempre puede esperar, salvo lo único que ya no espera y que tampoco viene: la respuesta.

Mañana habrá que hacer algo con todo este orden y nadie dentro de él.

Una casa limpia, una vida limpia, una buena esposa sin marido al que cuidar ni hija a la que perder, son demasiado orden para una sola mujer.

Habrá que poner ese orden en alguna parte.

Habrá que dárselo a alguien, antes de que me lo coma a mí.

Pero eso es mañana.