22. Vino y sangre
Vino y sangre
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Vuelvo del velatorio a una casa que ya no tiene a nadie a quien cuidar.
Es lo primero que noto al abrir la puerta: el silencio distinto.
Durante meses esta casa tuvo un silencio con una respiración dentro, al fondo del pasillo, y yo me movía por ella pendiente de esa respiración, subiendo y bajando bandejas, copas, agua fresca, contando.
Ahora el silencio está entero, sin nadie respirando debajo, y es más grande de lo que cabe en una casa de dos plantas.
La casa está como la dejé esta mañana: blanca, esterilizada, sin un olor que no sea lejía, la más limpia de Las Acacias, vacía.
He pasado siete años cuidando primero un cuarto cerrado y luego un hombre en la cama, y ahora no hay cuarto que limpiar ni hombre que cuidar, y las manos, que es lo único que me funciona desde hace meses, no saben adónde ir.
Así que hacen lo que saben. Voy a la cocina.
Saco la copa, la de él, la de pie largo y boca ancha, la que no usa nadie más.
La enjuago aunque está limpia. Abro el tinto, sirvo dos dedos, ni uno más, la medida que tiene la mano aprendida de tantas noches, y me vuelvo hacia la escalera para subírsela.
Y me paro a mitad del giro, con la copa en la mano, porque arriba no hay nadie.
No es que se me haya olvidado que se ha muerto.
Lo enterramos esta tarde, lo vi bajar por la escalera en una caja, le cerré yo los ojos anoche con dos dedos.
Lo sé. Pero la mano no lo sabe. La mano ha servido la copa de las once durante meses y esta noche, a las once, la ha vuelto a servir, sola, por su cuenta, para subírsela a un hombre que ya no está, porque el cuerpo guarda lo que la cabeza tira, y mi cuerpo lleva siete años cumpliendo rutinas mientras yo estoy en otra parte.
Me quedo de pie en mitad de la cocina con la copa servida para nadie.
Y entonces la mano, la derecha, la del temblor, la de las grietas, deja de sostenerla.
No la suelto a propósito; simplemente la mano, en algún momento, decide que ya no puede más, que lleva meses sin poder, que está en carne viva de tanto fregar y que cerrarse sobre un pie de cristal es como cerrarse sobre un cuchillo, y se abre.
La copa cae. Se rompe en el gres blanco con un ruido limpio, y el tinto se extiende, despacio, en una mancha roja que avanza por las juntas que tantas veces he fregado, buscando los bordes, roja, brillante, viva contra el blanco de hueso.
Me arrodillo a limpiarla. Claro que me arrodillo a limpiarla.
Es lo que hago. Cojo el paño, la lejía, el cubo, y me pongo de rodillas en el suelo, como me he puesto cada mañana de estos meses, con la misma calma, una calma de domingo, y empiezo a frotar el rojo.
Y al frotar, los cristales pequeños que no he visto se me meten en las grietas de las manos, en los nudillos partidos, y las grietas, que ya sangraban de antes, sangran más, y mi sangre se mezcla con el vino en el suelo, y por un momento, frotando, no sé cuál es cuál.
El rojo del tinto y el rojo de mis manos corren juntos hacia el desagüe del centro de la cocina, el mismo rojo, indistinguible, y yo paso el paño por encima de los dos a la vez, sin separarlos, porque no se pueden separar, porque la lejía no pregunta de qué es lo que borra.
La sangre y el vino se limpian igual. Solo cambia lo que una recuerda mientras frota.
Eso es lo único que cambia. El gesto es el mismo: de rodillas, el paño, la lejía, el agua que se va aclarando hasta que ya no arrastra nada.
Lo he hecho con el tinto de su copa cada noche durante meses, recogiendo el poso, viéndolo irse rosa primero y luego nada.
Lo hago ahora con el tinto y con mi sangre mezclados, y la mano no nota la diferencia, frota igual, aclara igual.
La diferencia no está en el suelo. Está en la cabeza.
Mientras froto el vino solo, recordaba la copa, los dos dedos, sus ojos abiertos mirándome beber.
Mientras froto esto, lo recuerdo todo: la copa y la niña y el minuto y la mano que solté hace siete años y la mano que él me apretó hace dos noches para no soltarme.
Friego lo mismo y recuerdo más, y por eso esta mancha, que sale a la primera, que es solo vino y sangre, que se va con dos pasadas, es la más difícil que he limpiado nunca: porque la limpio acordándome de todo, sin un cuarto que cuidar ni un marido que cuidar para taparme el recuerdo.
Gonzalo no derramaba nunca. Lo pensé hace meses, una noche, lavándole la copa: que de las pocas cosas que seguía haciendo tan bien como siempre era beber sin manchar.
La que derrama soy yo. La que sangra soy yo.
Las únicas manchas que ha tenido esta casa en siete años han sido siempre mías: la que solté yo, la que sirvo yo, la que se me cae a mí de las manos que ya no cierran.
Él nunca dejó una mancha. Ni siquiera al morirse dejó una; se fue limpio, dejándose, sin un rastro que limpiar.
Toda esta lejía de toda esta casa ha sido siempre para borrar lo mío.
Termino. El suelo vuelve a estar blanco, sin rojo, sin nada.
El agua del cubo está rosa, y la tiro, y la veo irse por el desagüe, y por una vez no espero a que se aclare.
Recojo los cristales con cuidado, uno a uno, los envuelvo en papel para que no corten la bolsa de basura, una costumbre de madre que no se me ha ido ni esta noche.
Me lavo las manos. Me las seco. Las grietas siguen abiertas, ahora con cristal dentro a lo mejor, no me importa.
El anillo de mi madre, la perla, sigue en el borde del fregadero, en el platillo del jabón, donde lo dejo para fregar, blanco, mirándome.
Y me quedo de rodillas un rato más, en el suelo limpio, sin nada que frotar.
Porque hay manchas que salen a la primera, como esta, vino y sangre, dos pasadas y fuera.
Y hay manchas que tardan años y aun así salen, si una se empeña, con paciencia, con lejía, como salió Gonzalo de esta casa, despacio, copa a copa, hasta que no quedó.
Y hay una mancha, la peor, que sé que no va a salir nunca, no porque sea más roja ni más vieja, sino porque es la única que ya no quiero quitar.
La del minuto. La de la mano soltada. La del nombre escrito en una cuartilla en el fondo del cajón.
Esa la podría frotar el resto de mi vida y no se iría, y aunque pudiera irse no la frotaría, porque quitarla sería quitar lo único que me queda de Clara: la culpa de haberla perdido.
Una culpa es algo. El suelo limpio no es nada.
Y entre un suelo limpio y una culpa, ya elegí hace siete años, y vuelvo a elegir ahora, de rodillas en la cocina más limpia de Las Acacias, sin un solo testigo, sin una sola mancha que no sea la que llevo dentro y no pienso quitar.
Me levanto. Guardo la lejía bajo el fregadero, en su fila.
Cuelgo el paño. Apago la luz de la cocina y cierro la cortina, la única, la de la noche, aunque ya no haga falta cerrar nada de noche, aunque ya no haya nadie arriba a quien proteger de lo que se ve desde fuera.
La cierro igual. Por costumbre. Porque las manos saben.
Subo a oscuras, que me sé la casa. Me acuesto en su lado de la cama, en el de Gonzalo, frío y vacío, y no cuento ninguna respiración, porque no hay ninguna que contar, y el silencio entero se me echa encima como una sábana, y por primera vez en siete años no tengo nada que limpiar mañana, ni nadie a quien cuidar, ni una sola tarea que ponerle a las manos para que no se queden quietas mirando lo que llevo dentro.
Mañana habrá que inventarse algo. Una casa limpia, sin nadie dentro, es la cosa más peligrosa del mundo para una mujer que solo sabe estar de pie mientras friega.