21. El velatorio
El velatorio
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Reme viene a las ocho a firmar lo que hay que firmar.
La llamé en cuanto amaneció, como me dijo que la llamara.
Sube, deja la bolsa, se acerca a la cama donde Gonzalo lleva toda la noche con los ojos que le cerré yo, y hace lo suyo: le toma lo que ya no hay que tomarle, le mira lo que ya no mira, apunta la hora.
No la de verdad —la de verdad no la sabe nadie más que yo, que dejé de contar respiraciones en algún punto de la madrugada—, sino la que pone ella, la oficial, la que valdrá para los papeles.
—Se fue tranquilo —dice. No es una pregunta.
—Se fue dormido. No sufrió.
—Eso se nota. —Me mira la cara, las manos, la casa por encima del hombro, la cocina al fondo, blanca, sin un olor que no sea lejía—. Se nota cuando alguien se ha ido bien cuidado. Tiene la cara de paz.
Saca el impreso. Escribe. No veo qué escribe, ni se lo pregunto, pero sé lo que se escribe en estos casos: la edad, la enfermedad larga, el desenlace esperado, la muerte en domicilio bajo cuidados.
Lo natural. Lo que firma una enfermera que lleva treinta años entrando en casas donde se muere gente y sabe distinguir, dice ella, cuándo una casa cuida a un enfermo y cuándo hace otra cosa que se le parece.
Firma. Me da una copia. Y antes de cerrar la bolsa se queda un momento mirándome, con esa cara suya cerrada, la del primer día.
—Lo hizo usted muy bien, Elena —dice—. Mejor que en muchas casas con dinero.
—Una pausa que dura medio segundo de más—.
Yo en mi informe pongo lo que he visto. Y lo que he visto es a una mujer que cuidó a su marido en casa hasta el final, con la casa limpia y el enfermo limpio.
Eso pongo. Lo demás no lo he visto, así que no lo pongo.
No sé qué quiere decir con «lo demás». No se lo pregunto. Le doy las gracias. Ella recoge, baja, y en la puerta, sin volverse, suelta lo último:
—Y ahora cuídese usted, que ya se lo dije. Que la que se estaba acabando más deprisa de los dos no era él.
Se va. Me quedo con la copia del papel en la mano y sin saber si Reme acaba de avisarme de que sabe, o de tranquilizarme de que no, o las dos cosas a la vez con la misma frase, como todo en esta casa.
A media mañana viene el coche. El de la funeraria, negro, largo, que sube la cuesta despacio igual que subió el camión de la del doce, y se para delante de mi puerta con el mismo suspiro de frenos.
Los hombres que bajan van de oscuro, no de azul, pero hacen lo mismo: se llevan lo de una vida en una mañana.
Se llevan a Gonzalo. Y mientras lo bajan por la escalera, con cuidado, los dos solos, sin que pese, me acuerdo de lo que me pidió: a mí no dejes que me saquen en camión, Elena, de aquí me sacas tú o no me saca nadie.
Y lo saca él, al final, dejándose; pero también lo saca este coche negro, por la puerta, a la vista de toda la calle, que está fuera, en las aceras, como estuvo para la del doce, mirando cómo se llevan al hombre que servía el vino en las cenas.
No pude cumplirle ni eso del todo. Tampoco a él lo libré del coche.
El velatorio lo monta el barrio. Yo no monto nada; yo me dejo montar, como me dejé alimentar con táperes, porque a una viuda de Las Acacias no la dejan sola con sus muertos igual que no la dejan sola con sus vivos.
Hay rosas. Blancas. No las he puesto yo: las trae la calle, ramo tras ramo, y alguien las coloca alrededor de él, y al final hay tantas rosas blancas que parece el recibidor de mi casa multiplicado, esas que compro todos los jueves desde hace siete años para una puerta cerrada y que ahora, por fin, sirven para lo que en el fondo las compraba.
Llevo siete años ensayando este velatorio sin saberlo, una rosa blanca cada jueves, y ahora que llega de verdad el sitio está lleno de las flores exactas, como si lo tuviera todo preparado de antemano.
Las de Amparo son las más cerca de él. Me dijo que me las cortaba por si hacían falta pronto para otra puerta. Hicieron falta.
Viene todo el mundo. Rosario con los ojos rojos, que a Gonzalo lo quería como se quiere al marido guapo de la vecina.
Los Carrasco. Las hermanas. Marisa, la de la caja, que me coge las dos manos y me las aprieta y abre la boca para decir algo y otra vez no lo dice, otra vez se queda con la pregunta dentro, y yo le sostengo la mirada sin que me tiemble la cara, que para eso he tenido cuarenta años de práctica y un marido que me decía que se me daba bien que no se notara lo que cuesta.
Vienen y me dicen lo que se dice: que descansa, que se fue en paz, que tuvo suerte de tenerme, que no cualquiera cuida así.
Que era un santo. Que servía el vino como nadie.
Y yo asiento, y les doy las gracias, y les ofrezco café, y soy, delante de la calle entera, exactamente lo que necesitan que sea: la buena esposa que perdió a su marido después de cuidarlo hasta el final con las cortinas descorridas y la casa limpia.
Me están construyendo la coartada sin saberlo.
Cada uno que entra y dice «cómo lo cuidaste, Elena» pone un ladrillo en la pared que me va a proteger el resto de mi vida.
La calle entera, llorando a Gonzalo, jurando que fui una santa, levantando entre todos, sin querer, el muro que esconde el minuto, los gramos, los horarios.
Cenan conmigo, comen mis pastas, me cogen las manos, lloran a mi muerto, y ninguno sabe que velan a la mujer que lo fue apagando copa a copa.
Es lo más seguro que voy a estar nunca: rodeada de testigos que juran lo contrario de lo que vieron sin verlo.
Y entonces llega Amparo.
Viene la última, cuando ya queda poca gente, cuando el café se ha enfriado y las rosas empiezan a abrirse del todo con el calor de la sala.
No dice lo que dicen las demás. No me dice que fui una santa, ni que descansa, ni que tuve suerte.
Se sienta a mi lado, en la silla de al lado, sin pedir permiso, igual que abre las persianas y los armarios, y se queda un rato callada mirando a Gonzalo entre sus rosas.
Luego, sin mirarme a mí, me coge la mano.
Me la coge entera, con sus dos manos grandes de podar rosales, las que cortan lo que sobra para que la planta viva, y me la aprieta, y la sostiene, y no la suelta.
Amparo me coge la mano en el velatorio y no sé si me consuela o me detiene.
Porque su mano podría ser las dos cosas.
Podría ser el consuelo de la vecina más vieja, la que estaba aquí hace siete años, la que no dejó de saludarme cuando yo dejé de devolver los saludos, la única que sabe para quién eran de verdad las rosas blancas.
O podría ser otra cosa. Amparo lleva años en su ventanal contando la luz que pongo y dejo de poner; cortó el rumor de la reunión para que no entrara nadie en mi casa; me dijo «yo no sé lo que haces ahí dentro, ni quiero saberlo», y una no dice «no quiero saberlo» de lo que de verdad no sabe.
Una lo dice de lo que sospecha. Su mano en la mía, ahora, podría ser la de quien acompaña a una amiga en su pena, o la de quien sujeta del brazo, con cariño, sin escándalo, a la altura de toda la sala, a una mujer a la que ha decidido no soltar hasta saber qué hace con lo que sospecha.
Consolar y detener se hacen igual: cogiéndole a una la mano y no soltándola.
—Ya está —dice, por fin, en voz baja, solo para mí—. Ya descansa él. Y tú.
—Y yo.
—Lo cuidaste hasta el final. —Me aprieta más la mano.
Me sostiene la mirada con el segundo de más, el que le echa al rosal antes de decidir qué rama corta—.
Eso lo digo yo en esta calle y no lo discute nadie.
¿Me oyes? Lo que pasó en tu casa, pasó como yo lo cuente.
Y yo lo cuento bien. —Una pausa—. Mientras me dejes contarlo bien.
No sé qué quiere decir con eso último. No se lo pregunto.
Hay cosas que en esta calle no tienen contorno y que es mejor dejar sin él.
Le aprieto yo también la mano, las dos manos heridas de fregar contra las suyas duras de podar, y nos quedamos así, dos mujeres de blanco en una sala llena de rosas blancas, velando a un hombre, cogidas de la mano, y nadie que nos viera sabría —ni nosotras del todo— si lo que hay entre nuestras manos es el cariño de toda una vida o un trato que aún no se ha cerrado.
Cuando todos se van, la sala queda llena de rosas que mañana habrá que tirar y de un silencio que se parece al de mi casa.
Me levanto. Voy a casa. Y al abrir la puerta, en el recibidor, me espera lo que llevo desde anoche sin querer mirar, lo que dejé para mañana, y mañana ya es hoy: la casa más limpia de Las Acacias, esperándome, con una sola cosa todavía sin fregar.