20. Dejarse
Dejarse
♦
Una cosa es morirse y otra dejarse, y yo no sabía que eran distintas hasta esta noche.
Llevo meses creyendo que mataba a un hombre.
Y es verdad, ya lo dije, no me escondo: la copa, los gramos, los horarios.
Pero esta noche, sentada en el borde de su cama, con su mano de hueso en la mía, entiendo que hay una parte del final que no la pongo yo.
Que un cuerpo, por muy gastado que esté, por mucho que una lo haya ido vaciando, todavía puede agarrarse.
Los he visto, en los reportajes que ponen de madrugada cuando no duermo: gente que aguanta días que no debería, semanas, que se pelea por cada respiración como si la última fuera a ser distinta.
El cuerpo no se rinde solo. Hay que dejarlo.
Y Gonzalo se está dejando.
Lo noto en que ya no se pelea. La respiración, que cuento desde hace meses, ha dejado de ser una lucha y se ha vuelto otra cosa, un irse a plazos, una marea que se retira y tarda cada vez más en volver.
No hay angustia en su cara. No hay ese gesto de los que se resisten.
Tiene la cara lisa, casi joven a la luz de la mesilla, la cara de quien por fin baja los brazos después de sostener mucho tiempo algo muy pesado.
No se le escapa la vida: se la entrega. A mí.
Como me entregó la copa cada noche con los ojos abiertos.
Como se entregó la culpa de aquel minuto hace siete años.
Gonzalo lleva toda la vida dándome cosas que no eran suyas para que yo no tuviera que cargarlas, y esta noche me da la última: se quita de en medio él, que es lo único que todavía podía pesarme.
Le sostengo la mano. No la suelto. A Clara le solté la suya un minuto, hace siete años, y por ese minuto estamos los dos aquí esta noche; a él no se la voy a soltar, no le voy a soltar la mano ni un segundo, aunque sea lo único que me quede por hacer bien en toda esta historia.
Le aparto el pelo de la frente, el gesto de cuarenta años.
Le humedezco los labios con la gasa. No le pongo la copa; esta noche no hay copa, hace días que no hay copa, el trabajo de la copa ya está hecho y lo que queda ahora no lo hace el tinto, lo hace él, dejándose.
Me acuerdo de lo que me dijo aquella noche en que bebió sin cerrar los ojos.
Que no quería irse de la mano de nadie que no fuera yo.
Que no quería el hospital, ni las máquinas, ni el camión que se llevó a la del doce.
De aquí me sacas tú o no me saca nadie. Y aquí está, sacándose él, en su cama, en su casa, conmigo sentada donde estoy, cumpliéndome la promesa al revés: yo creía que el promesa la cumplía yo, sacándolo; y resulta que la cumple él, dejándose sacar, ahorrándome incluso el último empujón, yéndose por su pie de esta vida igual que bajaba por su pie la escalera cuando todavía podía, para que yo no tenga que cargar también con el final del final.
La respiración se hace más larga entre una y otra.
Cuento. Espero. Vuelve. Cuento. Espero. Tarda más.
Vuelve, pero más floja. Llevo meses haciendo esto, contándole las respiraciones como quien tacha renglones de una lista, y siempre, cada noche, llegaba la siguiente, y yo bajaba a hacer lo de la noche tranquila de que seguía.
Esta noche cuento y espero y no bajo a ninguna parte.
Esta noche me quedo en el renglón, esperando el siguiente, sabiendo que en algún momento no vendrá y que ese hueco, el que no venga, será el último que yo le cuente.
Abre los ojos una vez más. No sé si me ve.
Los tiene puestos en mí, o en la puerta, o en el fondo del pasillo, o en algo que está detrás de todo eso.
Mueve los labios. No sale nada, o sale tan poco que no es palabra, es solo aire con forma de querer decir.
No me acerco a entenderlo. Anoche me dijo algo y me pareció oír «no» y «niña» y mi nombre, y no le hice repetir, porque entenderlo del todo era arriesgarme a que me quitara la culpa o me la confirmara, y las dos cosas me dan el mismo miedo.
Esta noche tampoco me acerco. Lo dejo decir lo que diga al aire.
Que se lleve él lo que sabe. Que se lleve la respuesta.
Yo me quedaré con la pregunta, que es más fácil de cargar que cualquier respuesta, porque una pregunta se puede frotar toda la vida y no se gasta.
Le cierro los ojos yo, con dos dedos, antes de que se enfríen. Es lo último que le hago con la mano firme.
Cuento una respiración que no llega. Espero.
No llega. Espero más. No llega. Y en algún punto del esperar dejo de esperar, y eso, descubro, no se nota cuando pasa: no hay un instante, no hay un timbre, no hay nada que se rompa.
Solo hay un renglón que se queda sin tachar, una marea que se retira y ya no vuelve, y una mano en la mía que pesa igual que pesaba pero que ya no es de nadie.
Se ha dejado. Y dejarse es lo más parecido al perdón que me ha dado nadie.
No me lo ha dado con palabras, que las palabras las habría podido discutir, y yo soy buena discutiendo conmigo misma, llevo siete años ganándome todas las discusiones.
Me lo ha dado quitándose. Un hombre que se aparta para que tú no tengas que apartarlo, que se muere a tiempo para que no te pese ni siquiera el último gramo, que se lleva tu secreto y tu pregunta y tu minuto y te deja solo lo que puedes cargar, eso es lo más cerca del perdón que va a estar nunca esta casa.
No me ha dicho «te perdono». Me ha dicho, con todo el cuerpo, dejándose: anda, sigue tú, que yo ya no hago falta para sostenerte.
Y se ha ido a buscar a la niña, si es que la niña está en algún sitio, a explicarle —él, que no tiene nada que explicarle— por qué su madre le soltó la mano un minuto una mañana corriente.
A cargar también con eso, allá donde esté, para que yo no tenga que cargarlo aquí.
Me quedo sentada en el borde de la cama, con su mano enfriándose en la mía, en la casa más limpia y más callada de Las Acacias.
Fuera, la calle duerme. La luz del salón de Amparo está apagada por una vez; hasta ella se ha ido a dormir esta noche, justo esta noche, como si supiera que no hacía falta velar más, que ya estaba velado.
Estamos solos él y yo, como hemos estado solos siete años, salvo que ahora él ya no está, y por primera vez entiendo lo que veía venir: que su muerte no apaga lo que sé, solo apaga al único que lo sabía conmigo.
A partir de ahora soy la única. La buena esposa.
La que cuidó hasta el final. La que sostuvo la mano hasta que la mano dejó de ser de nadie.
Y la única que sabe, y que ya nunca sabrá del todo, lo que pasó en aquel minuto en blanco.
No friego. No lloro —hace años que lo que sale por otro sitio, no sé cuál—.
No llamo todavía a Reme, que me dijo que cuando pasara la llamara, que ella firma lo que hay que firmar.
Eso es para mañana. Esta noche no. Esta noche me quedo, sin soltarle la mano, sin contar ya ninguna respiración, en el renglón último, el que se quedó sin tachar, mirándole la cara lisa de hombre que por fin ha bajado los brazos, agradeciéndole en silencio el único regalo que sabía hacerme: irse a tiempo, dejarse, quitarse de en medio para que yo pudiera seguir pareciendo lo que él, mejor que nadie, sabía que no era.
Mañana habrá que limpiar. Lo sé. Habrá una cosa de verdad que limpiar, la primera en siete años. Pero eso es mañana.
Esta noche solo le sostengo la mano.