19. El único testigo
El único testigo
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Hay una cosa que entendí anoche, sosteniéndole la mano, y que es peor que todo lo que entendí antes: que cuando Gonzalo se apague no se apagará lo que sé. Se apagará el único que lo sabía conmigo.
Llevo dos noches creyendo que lo callo. Que lo borro como se borra una mancha, despacio, con cariño, hasta que no quede nadie capaz de decir en voz alta que la mano era la mía.
Eso me dije en el suelo de la cocina, fría, exacta, con las dos cuartillas encajadas: lo mato porque es el único testigo.
Y es verdad. Pero la verdad, en esta casa, nunca es toda la verdad, ya lo aprendí, y debajo de esa hay otra que no había querido mirar, más fea, más mía, que no tiene nada de cálculo y todo de miedo.
Podría parar. Eso es lo primero que pienso esta mañana, con la casa blanca de lejía y las manos que ya no me cierran.
Podría no darle más. Dejar que sea la enfermedad la que termine, que Reme dice dos días, tres, y llevamos dos.
No haría falta la copa; el cuerpo va solo cuesta abajo.
Podría sentarme a esperar como una viuda decente y nadie sabría nunca que hubo unos meses en que ayudé al cuesta abajo.
Podría. Y no paro. Y al preguntarme por qué no paro, por qué le sigo subiendo la copa que ya casi no bebe, por qué no dejo simplemente que se vaya, doy con lo otro, con lo que hay debajo del testigo.
No soporto que sepa.
Eso es. No el que lo cuente —no va a contar nada, lleva siete años sin contar nada, se llevó mi minuto y lo hizo suyo para que yo no tuviera que cargarlo—.
Lo que no soporto es que lo sepa. Que cada noche, al ponerle la copa en la mano, haya entre los dos una cosa que los dos sabemos, viva, mirándonos desde sus ojos cuando bebe sin cerrarlos.
Que en esta casa, además de la mancha, haya un par de ojos que la han visto.
Llevo siete años bajo esos ojos. Los confundí con los del barrio, con los de Amparo en su ventanal, con los de Reme leyéndome la cocina, y me equivoqué: los únicos ojos que de verdad me vigilan, los únicos que saben lo que hay que vigilar, son los de mi marido, y no me vigilan para cazarme, me vigilan para acompañarme, que es peor, porque a los del barrio se les engaña y a estos no.
Y yo, que no soporto que me acompañen en esto, voy a quedarme sin la única compañía que tuvo.
Esa es la crueldad, y por debajo de la crueldad, el pánico: cuando él no esté, la mancha seguirá, y ya no habrá quien la mire conmigo.
Estaré sola con ella. Sola del todo, por primera vez en siete años, porque siete años he creído estar sola y no lo estaba: estaba con él, los dos callando lo mismo, los dos poniéndole rosas blancas a la misma puerta, repartiéndonos el silencio a mitades.
Y ahora me apaño para quedarme con las dos mitades, con el silencio entero, sola, como quien apaga la única luz de la casa para no tener que ver que está sola y se da cuenta, a oscuras, de que estarlo era justo lo que la luz no la dejaba.
Le cuento las respiraciones para saber cuántas me quedan de no estar sola con lo que sé.
Subo. Le pongo la copa en la mano por costumbre, dos dedos, ni uno más, aunque ya no la coge, aunque se la sostengo yo entera y le acerco el borde a los labios y apenas moja.
La bebo yo el resto, sentada en el borde, la suya, como hice la otra noche.
Sabe a tinto. Solo a tinto. Y al beberla pienso que esto es lo más cerca que vamos a estar ya nunca, los dos en la misma copa, él en un sorbo que no traga y yo en el resto, los dos sabiendo, por última vez, lo mismo.
Porque hay otra cosa que me callo incluso ahora, incluso aquí, que es la peor de todas.
Aquellos cuatro días no los tengo. Son el hueco, los días sin lista, los que perdí.
Yo digo «solté su mano», lo digo con la certeza de las cosas que una se ha repetido siete años, pero la verdad es que de aquel minuto no me queda nada, solo el después: el cuarto cerrado, las rosas, esto.
No sé qué pasó exactamente en aquel hueco.
No lo sé. Y la única persona que estaba allí, la única que lo vio entero, la única que podría decirme de una vez, al oído, antes de irse, qué fue lo que de verdad hice o no hice aquella mañana, si solté la mano o no la solté, si fue mi minuto o me lo he inventado para tener al menos una culpa que abrazar en lugar de un vacío, es este hombre que se apaga en mi cama y al que estoy ayudando a apagarse.
Lo callo a él, y con él callo la única voz que podría devolverme aquel minuto.
Después de esto no quedará nadie que sepa lo que hice.
Pero tampoco quedará nadie que pueda decirme lo que hice.
Me quedaré con la culpa y sin la historia, con la mancha y sin saber de qué es, condenada a frotar para siempre un suelo del que ni yo conozco el origen de lo que froto.
A lo mejor por eso lo hago. A lo mejor en el fondo no lo callo para que nadie sepa: lo callo para no oírlo yo, para no arriesgarme a que en un último momento de lucidez me diga «no, Elena, no fuiste tú, fue así y asá», y me quite la única cosa que me ha sostenido siete años de pie, que es ser culpable.
Una culpa, por lo menos, es algo. El hueco no es nada.
Y entre quedarme con el hueco o con la culpa, elegí la culpa, y para quedármela limpia, sin que nadie me la discuta, tengo que callar al único que podría discutírmela.
Eso ya no sé si es crueldad o es cobardía o es las dos a la vez con el mismo gesto, como todo en esta casa.
Gonzalo abre los ojos un momento. Me busca.
Los tiene ya muy lejos, en ese sitio del que se vuelve cada vez menos, pero me encuentra, y mueve los labios, y me acerco, y dice algo que no entiendo del todo, dos palabras, tres, y entre ellas me parece oír «no» y me parece oír «niña» y me parece oír mi nombre, y no sé si me está diciendo que no fui yo, o que no me quede sola, o que no le dé más copa, o nada, palabras de hombre que se va, y no le pregunto, no le hago repetir, no me arriesgo a entenderlo.
Le aprieto la mano. Le aparto el pelo de la frente.
Le digo que descanse, que está todo limpio, que no queda nada.
Y me callo lo único que querría preguntarle, lo único que me llevaré sin respuesta el resto de mi vida, porque preguntárselo sería darle la última oportunidad de quitarme la culpa o de confirmármela, y las dos cosas me dan el mismo miedo.
Lo dejo irse con la pregunta dentro de mí, sin hacer, y me quedo sentada en el borde, sosteniéndole la mano que se enfría despacio, contándole la respiración, la pausa cada vez más larga, esperando, contando, sola ya casi, sola del todo enseguida, con lo que sabemos los dos a punto de quedarse en lo que sé yo sola, que es menos, que es solo media verdad, que es el hueco con una culpa pegada encima para que no se note que está vacío.