18. Lo que le hice yo
Lo que le hice yo
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Esta noche no puedo fregar.
No es que no quiera. Es que las manos no me responden: las tengo tan abiertas por las grietas, tan comidas de lejía, que cerrar el puño sobre el estropajo es como cerrarlo sobre cristales, y el agua, al entrar por la carne, ya no escuece limpio, escuece a otra cosa.
Suelto el cubo. Me quedo de rodillas en la cocina, sin nada que frotar, con las palmas abiertas sobre el gres frío, y por primera vez en días el ruido del agua no tapa el otro ruido.
Arriba, Gonzalo respira con esa pausa larga al final de cada vez, la que me hace contar y esperar.
Reme dijo dos días, tres. Llevamos dos. La casa está blanca como un hueso, sin olor, sin rastro, esterilizada hasta el dolor, y yo aquí abajo, de rodillas, sin poder fregar, mirando por fin el charco que llevo siete años fregando por encima.
Subo las listas. No sé por qué subo las listas; las piernas me llevan al cajón, las manos sacan el taco a pesar de las grietas, y extiendo en el suelo las dos cuartillas que no son de nadie: la de aquella semana, cuaderno, lápices de colores, merienda, y la de esta, leche, tomates, lejía.
Las pongo una sobre otra. Siete años entre ellas y la misma letra debajo, la mía, la mano que escribe lo que falta.
Y al ponerlas juntas, por fin, después de tantas noches dándoles vueltas, las dos semanas encajan, y veo lo que el hueco esconde, lo que esos cuatro días en blanco esconden, lo que yo escondí en ellos para poder seguir escribiendo listas el resto de mi vida.
Fue una mañana corriente. Eso es lo peor.
No hubo tormenta, ni señal, ni nada que avisara; hizo bueno, frío y bueno, una mañana de Las Acacias como todas, con las cortinas descorridas a su hora y la calle limpia de coches y de preguntas.
Escribí la lista —cuaderno, lápices, merienda, que al día siguiente había algo en el colegio— y salí a hacer lo que hace una buena esposa de esta calle: lo correcto, a la vista, a la hora.
Llevaba a Clara de la mano. La llevaba de la mano, y en algún momento de aquella mañana corriente solté esa mano un minuto.
Un minuto para hacer algo bien hecho, algo de la lista, algo que se esperaba de mí, algo que en Las Acacias se mira.
Solté su mano para quedar bien con la rutina, con la regla, con quien estuviera mirando desde alguna ventana, y un minuto, en esta vida, basta.
Un minuto bien empleado en ser la mujer correcta es todo el tiempo que hace falta para que se pare una rayita en una moldura.
No diré más. No porque me lo guarde: porque no lo sé.
Esos cuatro días no los tengo. Son el primer hueco de mi vida de listas, los días que no apunté, los que perdí entonces como pierdo horas ahora, y de aquel minuto y de lo que vino después solo me queda el después: el cuarto que se cerró, las rosas blancas, los siete años.
El minuto en sí está en blanco, como la cuartilla que nunca escribí.
A lo mejor por eso friego tanto. A lo mejor todo el frotar de estos años no ha sido más que pasar el estropajo por encima de un minuto que no recuerdo, para que no se vea que está vacío, para que parezca limpio el sitio donde solté una mano.
Y ahora viene la parte que no he querido mirar nunca, la pieza que tenía en el puño y que esta noche, sin manos para fregar, no puedo seguir tapando.
Gonzalo no hizo nada.
Eso es lo que llevo siete años sin colocar donde va.
Le he dicho a esta casa, me he dicho a mí, que aquella semana hubo una parte que fue suya, que él lo dejó pasar, que estaba y no estaba, que en su mano estuvo y no hizo.
Y él lo aceptó. Lo aceptó tan bien, con tanta mansedumbre, que terminé de creérmelo: si Gonzalo cargaba con ello, es que era suyo.
Pero Gonzalo no soltó ninguna mano aquella mañana.
La que la soltó fui yo. Gonzalo solo estaba cerca, como estaba siempre, y cuando todo se vino abajo y hacía falta que la culpa fuera de alguien para que yo pudiera levantarme del suelo y seguir comprando leche, él vio lo que yo necesitaba y se lo echó encima.
Cogió mi minuto y lo hizo suyo. Dijo «fue cosa mía» mirándome a los ojos, igual que años después bebería la copa mirándome a los ojos, y por la misma razón: para no dejarme sola con lo que yo no podía sostener.
Llevo siete años castigándolo por sostener mi culpa.
Y lo de la copa, lo de cada noche, los gramos y los horarios, no es lo que me dije en el suelo de esta cocina hace dos noches.
No es una sentencia por lo que él hizo. Él no hizo nada.
Es otra cosa. Es que Gonzalo es el único que estuvo allí.
El único que sabe que la mano era la mía.
El único que, si un día se le cruzaran los cables del todo, si en uno de esos ratos en que pregunta el año y el día se le soltara también esto, podría decir en voz alta, delante de Reme, delante de Amparo, delante de quien fuera, la única frase que no puede decirse en esta casa: que no fue él, que fui yo, que la buena esposa soltó la mano.
No lo estoy matando por lo que le hizo a Clara. Lo estoy matando porque es el único que sabe lo que le hice yo.
Lo pienso así, exacto, frío, de rodillas en la cocina, y no se abre ningún suelo esta vez, porque ya no queda suelo que abrir: estoy en el fondo, y el fondo es liso, y la frase, dicha entera, con todas sus letras, las dos mitades por fin, no me parte, me ordena.
Es horrible lo ordenada que me deja. Durante siete años el dibujo no cerraba porque le faltaba esta pieza, y ahora la coloco y cierra, cierra del todo, y resulta que el dibujo era yo.
La mujer que cuida, la que friega, la que sostiene la copa, la que pone rosas blancas y descorre las cortinas a la hora: todo eso, los siete años enteros de buena esposa, ha sido el estropajo pasado una y otra vez sobre un minuto en blanco.
Y cuando ese minuto amenazó con tener un testigo que un día podría nombrarlo, empecé, copa a copa, sin saber que lo sabía, a borrar al testigo como se borra una mancha: despacio, con cariño, hasta que no quede nada.
Subo. Tengo que subir. El testigo respira al fondo del pasillo, cada vez más despacio, y yo bajé hace años una mano y ahora subo otra, esta, la mía, abierta y comida de lejía, a sostenerle la cabeza que ya casi no levanta.
Me siento en el borde de la cama. Le aparto el pelo de la frente, el gesto de cuarenta años.
Tiene los ojos entreabiertos en ese sitio que no es ni sueño ni vigilia, y muevo los labios cerca de su oído y le digo, por primera vez, en voz baja, lo que nunca le he dicho en siete años, lo que él siempre supo y nunca me obligó a decir:
—Fui yo, Gonzalo. La solté yo.
No abre los ojos. Pero la mano, la de hueso, se mueve sobre la sábana hasta encontrar la mía, la abierta, la herida, y la aprieta, despacio, sin fuerza, lo justo, como se aprieta una copa para que no se derrame, y entiendo que me ha oído, que me oye, que me lleva siete años oyendo aunque yo no lo dijera, y que esto —apretarme la mano cuando por fin lo digo— es lo último que va a hacer por mí: no soltármela.
Y yo, que se la solté a la niña, no le suelto a él la suya.
Me quedo ahí, sosteniéndosela, contándole la respiración, la pausa cada vez más larga, esperando, contando, esperando, sabiendo que cuando deje de contar ya no quedará en el mundo nadie que sepa lo que hice, y que esa será, por fin, la casa más limpia de Las Acacias: una en la que no quede ni un solo testigo de la única mancha que la lejía no quita.